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El Dictador
En una escena de la recién estrenada película El Dictador (Larry Charles, 2012), el eterno gobernante Wadiya, general Haffaz Aladeen, participa en una Olimpíada organizada por el mismo y hecha a su medida para llevarse todas las medallas. Así se le ve en la competencia de cien metros planos saliendo antes que nadie de la meta, dando convenientemente el pistoletazo cuando ya tiene suficiente ventaja, disparando luego para eliminar a los competidores que se le acercan, y finalmente se ve a los jueces servilmente acercarle la meta a donde él esté para que no quede duda de su triunfo. La competencia soñada de algunos que conocemos.
Sentido del humor
Se ha puesto de moda este tipo de humor tan chabacán, que desgraciadamente no se queda en las películas y se nos mete en la vida misma. ¿Acaso el comandante Ortega no hace lo mismo que el general Aladeen? Decide que la competencia comienza cuando ya tiene suficiente ventaja, si por casualidad algún competidor se le acerca, lo elimina con inhibiciones o sentencias, y los miembros de su tribunal electoral le ponen la meta donde él quiera y se sienta cómodo. Reconozcámosle eso al menos, el comandante Ortega tiene sentido del humor también, chabacán, pero humor al fin.
Ficción y realidad
Es que si nos ponemos serios, cómo encontrarle sentido a unas competencias o elecciones donde las reglas y resultados se ajustarán al gusto del general o comandante que las organiza y dirige con el único propósito de ganarlas él mismo. ¿Qué podemos pensar de aquellos que se prestan a “competir” cuidando de no mostrar mucho interés, no vaya a ser que se enoje el “Supremo” y mejor jugar a dejarlo-ganar porque es el dueño de los bates y las pelotas? Sinceramente, yo veo mucho más seriedad en esa parodia de El Dictador que en lo que está ocurriendo en Nicaragua y mucha más racionalidad en Sacha Baron Cohen en su papel del esperpéntico Aladeen, que en muchos de los que aquí actúan, ya sea como dictadores, serviles u opositores.
Idea tonta
¿Qué se puede hacer? Si yo fuese la oposición y no quiero dejar el lugar para que salga otro zancudo y lo ocupe, y porque considero que la personería jurídica es más importante que la patria y la dignidad, según parece, pues al menos participaría bajo la figura que yo llamaría “protesta pasiva”. Significaría uno, cumplir con todos los requisitos. Poner candidatos, llenar las formalidades que se le exigen. Dos, dejar sentado que si no se cumple con la ley por igual y no se cambian estos árbitros de probada deshonestidad, no puede haber elección. Y tres, si no hay tales cambios, que nada indica que los habrá, concentrar el día de la votación a candidatos, fiscales y miembros de mesas y consejos en un solo lugar, donde se expongan ante observadores y medios de comunicación la imposibilidad de competir en elecciones justas con estas condiciones y dejar a Ortega y su gente votando solos. Ya a esas alturas no podría meter oposición de relleno ni eliminar a los partidos de las boletas electorales. Tal vez es una idea tonta, que la digo yo porque no tengo cargo ni partido. Porque lo inteligente es agarrar los cargos que te dejen.
Byron Jerez
Esta semana reapareció el tristemente célebre Byron Jerez dedicándome una furiosa carta en campos pagados de dos medios escritos. Sobre sus ofensas y reclamos de inocencia no tengo mucho que decir porque ni siquiera vale la molestia, pero sí tres anotaciones que quiero compartir con ustedes: 1) Llama la atención su defensa a lo que llama “Presidente Constitucional de Nicaragua, Comandante Daniel Ortega”. Dios los cría, el diablo los junta. 2) Muestra valentía (cara de barro, le dicen en mi pueblo) al hablar de justicia y moral con tantos crímenes que carga en su conciencia, y 3) Debo, sobre todo, agradecerle sus ataques, pues siendo él quien es, enaltecen y le dan sentido a mi trabajo. Sus felicitaciones, honestamente, esas sí habrían dolido.
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