Amalia Morales
Caminaba como un cadejo. No importa dónde anduvo primero y qué ha visto por último. La cosa es que Juergen Marienscheck, 45 años, alemán, profesor de idiomas, flaco, madrugador, se había movido como una hormiga por Nicaragua antes de fijar su domicilio en la reserva natural Cerro El Arenal, en Matagalpa, donde hace casi cuatro años comenzó a plantar un hotel de montaña.
Si tuviera que marcar en un mapa los lugares recorridos, este alemán, que vino al país a impartir clases y a trabajar con un organismo de su país, podría tachar fácilmente Peñas Blancas, al norte y al sur en la frontera, río San Juan, y allí El Castillo y Solentiname, también Bluefields, Corn Island en el Caribe, y en el Pacífico, El Ostional, La Flor, Poneloya, Laguna de Apoyo, El Chocoyero.
Pero Juergen, quien viene de una familia con bosque en un pueblo de Bavaria, se inclinó siempre por lo verde y lo fresco, por la montaña.
Fue subiendo y bajando cerros del norte, conociendo más este país que el suyo, “caminando”, como él dice, a veces solo, a veces con su mujer, Anabelle, con quien halló el pedazo de montaña que llama Aguas del Arenal, por la reserva y por el agua abundante que nace de ríos y quebradas.
En cuatro años ha moldeado con árboles, plantas de café, cítricos, flores, cinco cabañas y una casa principal, que no pueden alojar a más de 20 personas, en las que el agua helada se entibia mediante un sistema de energía solar y por las noches calladas se iluminan a través de una pequeña hidroeléctrica.
Dice Juergen que al principio anotaba lo que iba invirtiendo en las diez manzanas. Y dejó de hacerlo cuando pasó de 150,000 dólares.
[doap_box title=»Datos básicos de la reserva y el hotel» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
La reserva Cerro El Arenal tiene un bosque y un clima de nebliselva parecido al del Mombacho en Granada. Los picos más altos de la reserva, el Picacho y la loma El Porvenir alcanzan una altura por encima de los 1,500 metros sobre el nivel del mar. Es un área frecuentada por aves migratorias como los quetzales, que están en peligro de extinción. Es también un refugio de mamíferos como tigrillos, monos, jabalíes, guartinajas. También se ven algunas serpientes como boas y corales.
La reserva es considerada un pulmón en la región y una de las mayores reservas de agua.
Para llegar hasta Aguas del Arenal hay que seguir las frías carreteras de Matagalpa-Jinotega. A la altura del kilómetro 142 y medio, en la entrada hacia la comarca Aranjuez, se sigue la trocha de 3.8 kilómetros, que va hacia el empalme de El Porvenir y de ahí son pocas cuadras al sur y al oeste. En realidad, la manera más fácil de llegar es preguntando por el hotel del alemán, o del “Chele”.
Los precios oscilan entre los 25 dólares, una habitación matrimonial, y 50 dólares una cabaña para cuatro personas, con el desayuno incluido, y los recorridos que el turista quiera.
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LEER, DESCANSAR, ESTAR EN PAZ
Hasta Aguas del Arenal se puede llegar con distintos propósitos. Desde actos básicos como respirar aire puro, estirar las piernas en los senderos o hibernar enterrado en un par de frazadas, porque allí el silencio y el clima fresco lo permite, la temperatura en esta época ronda los 20 grados, y en diciembre y enero baja hasta 15 grados, o menos.
“Cada persona hace algo diferente. Muchos pasan en la cabaña sentados, leyendo, hay otros que quieren caminar… Me han llegado cheles más de la honda aventurera a los que les gusta cortar café”, dice Juergen, recuerda a un austriaco que se ganó una cerveza después de cortar a la perfección media lata de café.
Algunos solo llegan a leer en la terraza o a escribir. No hay conexión a internet es mínima la señal a celulares.
Para los que caminan hay varios senderos. Uno de ellos sigue el curso del río y muere en la represa, donde sin reparos se baña Theo, el hijo de Juergen, de 7 años, uno de los guías que ha aprendido de su papá lo básico de la flora y la fauna que hay en la reserva.
Theo cuida también un vivero, vende cipreses y fija el precio según “la belleza” de la planta.
Si se tiene suerte durante la caminata se pueden ver ardillas o ser perseguidos por enormes mariposas morfas de alas azules tornasoles.
Juergen dice que con algunos turistas ha explorado picos de El Arenal. Hace poco fue con un grupo a una de las partes más altas y descubrieron quetzales. Estos pájaros poco se ven en la región. “Conozco guías turísticos que nunca han visto un quetzal”, dice Juergen.
A los que buscan un turismo más didáctico, Juergen dice que se les explica el proceso del café, se les muestra desde el almácigo hasta la planta con la fruta roja si es temporada, y se les explica un poco más acerca de la reserva.
El final del camino se puede coronar con una taza de café orgánico que se cosecha en la finca.
“Tratamos de ser autosostenibles”, dice Juergen. En la finca además del café se cosechan algunos cítricos como limón, naranjas, y frutas silvestres como jocote y ciruela.
AGUA LIMPIA
Una de las bondades de El Arenal es el agua. De esa reserva de 1,428 hectáreas sale parte del líquido que se bebe en Matagalpa y sus alrededores.
Para aprovechar el agua abundante, Juergen instaló un sistema de turbinas que genera tres kilovatios de energía para la finca. Asegura que no se contamina ni una gota de agua, que al contrario, el sistema de turbinas oxigena el agua que regresa al río donde se bañan algunos visitantes.
Este proyecto turístico-ecológico ha sido estudiado por estudiantes de la UNAN (Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua) Matagalpa, y próximamente lo expondrán en una feria en la capital.
PERSONALMENTE
Entre Anabelle, Juergen y el pequeño Theo son atendidos los visitantes que en promedio se quedan de dos a tres días. Ellos se encargan de acomodar a los visitantes, cocinar, hacer las visitas guiadas y la infaltable conversación que diluyen las tardes a la orilla del fuego de la chimenea, uno de los atractivos nocturnos de la finca.
En menos de un año, la finca ha sido visitada por nacionales y extranjeros. Han pasado por ahí diplomáticos, cocineros, escritores. Y la gente se enamora de distintas cosas. Recuerda Juergen que hubo un cocinero que se prendió de las tortillas de harina (pancakes) de la finca. Entre risas, cuenta que una mañana le dijo al turista “vení ve cuál es el secreto” y sacó la harina de una caja. Se carcajea al recordar la anécdota y la sorpresa del visitante. “Son divinas los pancakes de Juergen”, dice Theo.
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