Recuerdo bien la primera vez que vi a Vicente Padilla. Era 1996 y relevaba por Chinandega contra el Bóer, con las bases llenas y sin outs.
Subió al box y se deshizo rápido de la situación: dio un ponche y luego obligó a un batazo para doble play, para sacar el inning sin carreras.
Y cuando fuimos a buscarlo para entrevistarlo, se había ocultado en el doguot, definiendo ahí lo que sería una constante en su carrera.
Entrevistar a Padilla se volvió una dificultad. Pero entonces, teníamos dos opciones: apreciar su trabajo o molestarnos por su actitud.
Me decidí por lo primero. Quizá porque respeto, es algo que había aprendido en mi casa mucho antes de intentar ser periodista.
Desde entonces, he visto un Padilla a veces amable y a veces huraño. Pero yo decidí respetarlo. Y eso haré ahora que no estará en la Selección.
Estoy entre los miles de nicaragüenses a quienes les hubiese gustado contar con Padilla en la gira a Panamá, pero él ha decidido no ir.
Padilla no garantizaba el boleto en el torneo clasificatorio, pero creo que pudo habernos dado mejores oportunidades de ganar.
Sin embargo, estoy entre quienes respetan su decisión. Creo que es lo mínimo que puedo hacer, cuando no lo ayudé a obtener sus logros.
Aquí nos molestamos por la manera como Denis Martínez maneja su dinero y por la marca del carro que compra “Chocolate” González.
Pero ese es un derecho que ellos tienen. Lo mismo sucede con Padilla. Su obligación primaria es con su familia y luego su carrera.
Lo que pasa es que nos hemos acostumbrado tanto a legislar sobre la vida de los demás, que por lo general, descuidamos la nuestra.
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