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“El paraíso terrenal”

José, el concierto, pocos días antes del accidente fatal que lo llevaría a las puertas del Hades, conoció a Moisés Isaac Ghittis, el día anterior a partir hacia Sur América.

Mariano Marín

José, el concierto, pocos días antes del accidente fatal que lo llevaría a las puertas del Hades, conoció a Moisés Isaac Ghittis, el día anterior a partir hacia Sur América. A pesar de haber estado con él en pocos momentos, por razones indefinidas, se trabaron en una gran amistad. Le dejó de recuerdo una tela de lino, un poco raído, y le dijo que la guardara que nunca la usara, y que solo si un día, pero solo si un día, tenía gran necesidad, la vendiera. Que iba a ganar mucho más de lo que se imaginaba. También le dejó un pergamino con una fórmula extraña, en un lenguaje extraño. José lo guardó todo en una cajita de madera en su cuarto al fondo de La Casa de los Leones. Dos días más tarde, paseando por la costa del lago y dando de abrevar a su macho, con el que hacía los mandados de Don Raimond D’Lopez, se encontró a un hombre parecido a Isaac, y le llamó la atención. Era un poco extraño. Su facciones eran un poco suaves para ser hombre, y un poco recias para ser mujer. Tendría una edad no mayor de cuarenta años como Isaac y sus ojos eran profundos y tal vez tristes, pero fríos. En general sus líneas eran impersonales. Fácilmente se podía olvidar su rostro. Le contó que había llegado a la ciudad la noche anterior y que del cansancio se quedó dormido en la costa por una línea de árboles de mango antes del final del camino hacia las isletas. Le contó que venía de tierras lejanas. De un lugar, en medio de dos grandes ríos, cercano a un bellísimo bosque que ahora se especulaba fue el lugar donde, quizás existió lo que conocemos hoy como “El Paraíso Terrenal”. Su padre había sido rey de una gran ciudad, una muy antigua ciudad. Tal vez en un momento pensó que así podría haber sido Granada.

Este hombre se quedó por invitación de José en su cuarto a pernoctar por tiempo indefinido, que era el tiempo que tenía para seguir su interminable viaje por el mundo. A José le recordaba mucho a Isaac. Llevaba un salbeque al hombro y caminaba con unas sandalias, que le contaba, eran el calzado de los sumerios. Según José, les contaba a sus amigos en las noches con Justo Salablanca, tenía el don de la ubicuidad. Les contó que su nombre, para poder decirlo en español, era Gilberto Gámez, pero que no se decía así, pero se parecía mucho. Era algo así como Gilgamé o Gamesh. Decía que por las tardes se ponía frente al lago y mira hacia el este. Hablaba o rezaba en un idioma desconocido e imposible para él de repetirlo. Eran como murmullos melodiosos. Algunas tardes, dicen gente que vivió en la Casa de los Leones, que en el patio trasero se respira un perfume de sándalo o patchuli o jazmín, a las horas que él meditaba o rezaba.

Don Raimond se recordó que un día le solicitó algo, y él como autómata, sin conocerlo ni preguntarle nada, le obedeció como si fuera un rey. A José le hablaba de las batallas de Alejandro Magno.

(Continuará)

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