Perder la confianza es considerado el principio del fin de cualquier relación, sea una relación entre hombre y mujer, entre patrón y empleado/a, o entre los ciudadanos y el Estado, que les debería representar a los ciudadanos.
En el caso más complejo entre los ciudadanos y el Estado, son los políticos y las instituciones quienes deben de justificar esta confianza que la población les está otorgando en cualquier democracia funcional.
En un mundo ideal, el día de las elecciones los votantes ofrecen un voto de confianza a la clase política. Los votantes confían en el sistema electoral y en la persona, que quieren que los represente durante el siguiente período legislativo.
Independientemente del resultado real de las elecciones del domingo en Nicaragua e independientemente de cómo se ve la participación final, nadie puede negar que este voto de confianza no era algo dado por el pueblo de Nicaragua.
Hablando en general, hay dos modos posibles de reaccionar para quien está perdiendo la confianza. La primera reacción y la más probable es enfrentar a su contraparte con la sospecha. Asumiría que la mayoría de ustedes ya ha experimentado algo así en su vida privada. Lo que ha pasado en Nicaragua después de las elecciones del 2008 posiblemente es comparable con una experiencia así .
Si el lazo entre la persona que pierde la confianza y la contraparte desconfiada es lo suficientemente fuerte —lo que generalmente es una buena señal y puede, en caso de Nicaragua, ser explicado por la lucha por la libertad de la gente en 1979 y el estado establecido posteriormente— en este caso las relaciones más bien podrían continuar.
Está dañada, pero sigue con vida. Pero cada uno debería estar alerta y consciente que ahora se debe de tomar una decisión definitiva. Si la contraparte desconfiada no está haciendo nada para recuperar la confianza, la relación sufrirá un daño enorme, hasta irremediable. El procedimiento de las elecciones del 2011 seguramente no representa una acción a favor de reconstruir la confianza, más bien pasa lo contrario.
En la segunda opción, otra reacción ocurre: una profunda resignación y separación en la mente. Lo que en un matrimonio posiblemente terminaría en un divorcio, lleva a condiciones muy precarias en una democracia. La participación tan increíblemente baja en las elecciones del domingo solo parcialmente refleja la frustración y la negación que son ubicuos en Nicaragua. La confianza en elecciones transparentes y limpias desvaneció.
Esto probablemente es la última señal de advertencia para los actores políticos en este país para poner la democracia en marcha. Reformas institucionales como la implementación de controles solo pueden ser parte de una solución más amplia que debería abarcar todos los partidos políticos. Se requiere nada menos que un cambio en la actitud política, que ofrece respeto a cada hombre y cada mujer, electores finalmente, que están en el centro de cada acción y preocupación política.
Nicaragua está llena de recursos naturales, y tiene todas las posibilidades de convertirse en un poder económico en la región, siempre y cuando la libertad esté garantizada para que los ciudadanos y los políticos se puedan expresar libremente.
En el mundo hay muchos ejemplos de oportunidades no aprovechadas. No permitan que Nicaragua se convierta en otro pedacito de esta cadena de desgracia.
La estabilidad a largo plazo y el desarrollo económico no se basan en elecciones no transparentes, sino en instituciones que tienen la confianza de la gente.
Esto incluye elecciones limpias en primer lugar.
El autor es director de proyectos para Centroamérica de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad.
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