El fin de semana pasado se conocieron dos importantes noticias procedentes de Cuba y Venezuela, los dos principales países del Alba y del socialismo del siglo XXI que en realidad es el mismo viejo comunismo del siglo pasado, solo que enfundado en otro uniforme.
De Venezuela llegó la información de que el presidente Hugo Chávez va a acelerar la construcción de una nueva sociedad basada en las comunas populares, las cuales son concebidas como una nueva modalidad de la dictadura del proletariado que fue característica de los países comunistas ya desaparecidos y que aún prevalece en Cuba.
El sistema de comunas “supone la desaparición del Estado tal y como lo conocemos”, explica una analista de la sociedad civil venezolana. Es “un nuevo modelo autoritario y discriminatorio”, en el cual “el Estado transfiere la gestión pública a los ciudadanos, organizados en consejos comunales, formados por militantes chavistas”. Y en lo económico, la comuna es un sistema de propiedad social donde una parte de la producción va para el Estado, otra para la comuna y donde “no hay ganancia individual”.
Pero el comunismo ya fracasó y demostró su inviabilidad en todas partes del mundo donde se impuso. El éxito de China se debe a que su economía es capitalista. En la misma Cuba, se están impulsando reformas que, aunque tibias, son de claro contenido y orientación capitalista.
Precisamente la otra noticia significativa procedente del ámbito del socialismo del siglo XXI, es el anuncio del régimen comunista cubano de que una poderosa empresa capitalista brasileña se hará cargo de la zafra azucarera en un gran ingenio de la provincia de Cienfuegos.
La industria azucarera ha sido históricamente la base de la economía de Cuba, pero fue arruinada por el comunismo. La producción de azúcar, que ya en 1952 había llegado a más de siete millones de toneladas, el año pasado fue de apenas un poco más de 1.3 millones. Bajo el comunismo, en los años setenta del siglo pasado se llegó a igualar el registro de siete millones de toneladas anuales. Pero el crecimiento era ficticio, pues se debió a que la extinta Unión Soviética comunista por “solidaridad” compraba todo el azúcar que producía Cuba, pagándolo a un precio que estaba muy por encima de la cotización internacional. De manera que al desaparecer la Unión Soviética se terminó el subsidio y la producción azucarera cubana se degradó, cerraron más de setenta grandes ingenios, decenas de miles de trabajadores fueron lanzados al desempleo y la producción cayó el año pasado a tan solo un poco más del millón de toneladas.
Ahora, como parte de su plan de reformas procapitalistas el gobierno comunista de Raúl Castro ha aceptado la inversión privada extranjera en la industria azucarera. Es un pequeño paso, todavía, pero sin duda que apunta claramente hacia lo único que puede salvar económicamente a Cuba, que es el sistema capitalista; mientras, paradójicamente, Hugo Chávez se empecina en llevar a Venezuela hacia el desastre comunista.
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