IV

Una vez me lanzaron allá arriba donde nacen los depredadores. Yo era un cobarde porque maldecía ser oruga y tenía espanto de ser un roble. Me negaba a que me azotaran los vendavales. Entonces fui un elegante y respetado ejemplar de saco y mocasines.

Una vez me lanzaron allá arriba

donde nacen los depredadores.

Yo era un cobarde porque maldecía ser oruga

y tenía espanto de ser un roble.

Me negaba a que me azotaran los vendavales.

Entonces fui un elegante y respetado ejemplar de saco y

mocasines.

De posesión me dieron

una mujer convulsa y ninfómana,

dos hijos que se mutilaron las alas

para quedarse anclados en el sillón de la sala

como viejos barcos de piratas

sin doblón de oro en sus entrañas

y un hermano que se fue.

Mi trabajo era arrancar uñas, taladrar dientes y romper

testículos.

Dios guiaba mi mano.

¿Quién iba a negar el poder de Él?

Yo era lo que Dios quería que fuera,

eso dijo mí guía espiritual.

Era milagroso escuchar las confesiones

con solo enseñarle una bolsa plástica o el sonido del taladro.

El sonido era como el ronroneo de un gato que precisa de cariño.

Y la bolsa, una capucha diáfana para medir el valor.

A veces los gritos me transmitían mucha fatiga,

pero nada era en vano, porque siempre había un nombre o un

número

que me despertara misericordia.

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