Deuda de gratitud con Roberto Clemente

Es peligroso tener ídolos, como los dogmas, que anulan la inteligencia y destruyen la razón, es mejor tener héroes. Nicaragua está en deuda con uno de los grandes. A pesar del estadio con su nombre, el país lo ha olvidado casi por completo: Roberto Clemente, la primera estrella latina de Grandes Ligas y un magnífico ser humano. Valiente, digno, generoso y sincero, solía decir que cuando alguien pudiendo hacer el bien no lo hacía, desperdiciaba su tiempo en la Tierra.

Es peligroso tener ídolos, como los dogmas, que anulan la inteligencia y destruyen la razón, es mejor tener héroes. Nicaragua está en deuda con uno de los grandes. A pesar del estadio con su nombre, el país lo ha olvidado casi por completo: Roberto Clemente, la primera estrella latina de Grandes Ligas y un magnífico ser humano. Valiente, digno, generoso y sincero, solía decir que cuando alguien pudiendo hacer el bien no lo hacía, desperdiciaba su tiempo en la Tierra.

Fiel a su filosofía se opuso tenazmente a la injusticia que le rodeó en su tiempo, con desafiante dignidad se enfrentó al racismo norteamericano de 1950, el cual sufrió doble, por negro e hispano. Muchos confundieron su orgullo étnico y su inmutable franqueza con la banalidad de la arrogancia deportiva. Nuestro héroe era un hombre rico y famoso, que bien pudo disfrutar al lado de su familia de sus merecidos laureles, pero escogió arriesgarse por nosotros.

Clemente desapareció el 31 de diciembre de 1972, cuando su avión sobrecargado de víveres cayó al mar. Para evitar que Somoza se la robara, personalmente decidió traernos la ayuda a las víctimas del terremoto de Managua. Acababa de finalizar el Mundial de Beisbol en nuestro país y él mismo había dirigido al equipo puertorriqueño. El entrañable locutor radial Sucre Frech decía que Clemente tenía “algo” especial por Nicaragua, porque solo cuando jugaba contra nuestra selección es que salía al terreno a dar instrucciones.

Con más gratitud que nosotros, Estados Unidos le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad en 2003 y desde su partida rebautizaron con su nombre el prestigioso premio que reconoce la excelencia deportiva y humanitaria de los jugadores en Grandes Ligas. Este año el honor fue para Clayton Kershaw, el pícher de Los Dodgers de los Ángeles, por obtener el Cy Young y su destacada labor en favor de los huérfanos en África.

Clemente jugó 18 temporadas, sus cifras reflejarán por siempre cómo los destellos de un diamante, su gloria deportiva: Average de bateo .317, doce Guantes de Oro, 4 veces Campeón Bate de la Liga Nacional, el bateador número 11 en conectar 3,000 hits, dos veces Campeón Mundial con los Piratas de Pittsburg y el jugador más valioso de la Serie del 71, que según algunos expertos la ganó él solo.

Para Davis Maraniss, a Clemente no lo dibujaban por completo sus espectaculares estadísticas: “Él era arte y belleza en movimiento, verlo batear un jonrón o disparar una línea perfecta desde el fondo del jardín derecho hasta el plato era algo inolvidable”.

Para terminar con la perversidad política que hoy nos avergüenza, de la cual somos más culpables que víctimas, los nicaragüenses deberíamos incorporar a la conciencia nacional su paradigma. Para construir un país que no desprecie la vida, donde el trabajo digno y el respeto a la ley sean los caminos al bienestar. Donde robar o prostituirse políticamente dejen de ser los penosos atajos al “éxito”.

Reconstruir la conciencia nacional con el ejemplo de los héroes puede evitar que Nicaragua siga siendo un país rico con millones de pobres. Una pordiosera con cuatro millonarios manejada por un incompetente. El escritor Vasili Grossman la definió así: “La conciencia nacional es una fuerza potente y maravillosa. No porque sea nacional sino porque es humana. Es la manifestación de la dignidad del hombre, de su amor por la libertad y de su fe en el bien”.

El autor es psicólogo.

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