¿Existe en Nicaragua algún negocio o profesión que permita en poco tiempo convertir a alguien en un rico propietario?
En realidad ningún negocio lícito ni profesión ejercida con honestidad permite acumular prontamente una envidiable fortuna.
La política sí abre el camino a cualquiera hacia la prosperidad y el progreso.
El éxito del profesional de la corrupción está en saber venderse al mejor postor.
El pueblo sabe identificar a los corruptos de la política, porque dejaron de vivir en el barrio proletario en que vivían desde que eran niños y se mudaron a un reparto elegante y exclusivo; dejaron de comer en restaurantes populares y se ahitaron en los selectos bufetes de los hoteles de lujo, que ofrecen sus galas culinarias a quienes pueden pagarlas; ni siquiera conservan la bicicleta en que se movilizaban, porque ahora les da vergüenza haber sido pedalistas obligados por la necesidad, ahora se desplazan en lucientes y costosas camionetonas; viajan al exterior con el jefe, con el caudillo, y se hospedan en hoteles de 500 dólares la noche y allí disfrutan de todo lo que es posible pagar con los dólares extraídos del botín del Estado.
La política no ofrece riesgos a quien sabe aprovecharse de ella y es un medio seguro para hacer fortuna.
Todo está estructurado para los que saben aprovechar la oportunidad.
La impunidad, llamada discretamente inmunidad, es la patente de corso que sirve para saquear los bienes del Estado sin correr el menor riesgo.
Los poderes del Estado, los tribunales de justicia, la burocracia, las estructuras del partido, todo está diseñado para garantizar el aprovechamiento del poder en beneficio personal.
¿Quién ha visto en la cárcel a algún alto funcionario de la élite política que cínicamente se ha enriquecido?
A lo más que llega es a permanecer en su casa por cárcel, con todas las comodidades, donde recibe visitas todos los días y hasta sigue cobrando lo que ganaba en el cargo que desempeñaba, mientras lo investigan.
En Nicaragua la tradición política es que los partidos tienen como finalidad última y necesaria apoderarse del botín estatal para repartirlo entre los correligionarios.
Esto es lo que significa lo que los políticos llaman “la conquista del poder”.
Cualquier método se justifica para obtener el botín del Estado.
En este juego todo vale: promesas, mentiras, fraudes electorales, revoluciones, golpes de Estado.
Todo, todo vale.
La corrupción se fundamenta en una filosofía muy simple: “Lo que es de todos no es de nadie y lo que es de nadie se puede tomar sin ningún riesgo ni cargo de conciencia”.
La política es el negocio de gobernar.
Se gobierna para disponer a conveniencia de los dineros que el Estado recauda con los impuestos. Producen los impuestos los que trabajan.
Los gobernantes son los zánganos de la colmena que aprovechan el trabajo de las abejas obreras.
Esto es el sencillo esquema de la corrupción, porque la corrupción permite a los zánganos que exploten todo lo que puedan a los que trabajan, aunque la colmena, o sea el Estado, nunca progrese. Esto no les importa a los corruptos.
La corrupción es como una hermandad que carece de ceremonia de iniciación, de pases secretos y de liturgia que oriente su funcionamiento.
Cualquiera puede ingresar en ella. El ingreso es voluntario. Se comienza como activista del partido, trabajando intensamente por el candidato que tiene más posibilidades de ganar las elecciones. Hay que estar cerca de él, servirle al pensamiento.
Tarde o temprano es que el jefe lo considere un correligionario disciplinado y leal. Entiéndase bien, leal no al partido, leal al jefe, al caudillo. Este lo colocará en algún cargo burocrático del partido, luego vendrá la designación para concejal, alcalde, diputado, magistrado y hasta ministro puede llegar a ser gracias al generoso dedo del jefe.
El autor es periodista.
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