Ante la actual crisis económica de Estados Unidos (EE. UU.) hay quienes plantean la situación de esta simplista manera: “La producción total de bienes y servicios no crece lo suficiente como para combatir el principal problema, el desempleo. Y lo que se necesita es que la Reserva Federal siga dando toda la liquidez que pueda, que el Gobierno gaste más y que se busquen soluciones a los problemas de Europa”.
El problema es que —por los últimos 12 años— EE. UU. ha estado, precisamente, impulsando una agresiva expansión monetaria, manteniendo una tasa de interés artificialmente baja y gastando desmesuradamente. Sin embargo, la gran frustración del sistema sigue siendo la “tímida” recuperación económica, y el crónico desempleo. Sugerir, pues, que se siga haciendo lo mismo es indicio de una bancarrota del pensamiento económico.
La realidad es que tanto las políticas monetarias y fiscales como las fuerzas del sistema de mercado y de libre empresa, han desgastado su potencial de efectividad para mantener libertad económica, igualdad de oportunidades, crecimiento y estabilidad.
Veámoslo de esta manera: La impresionante acumulación de riqueza en EE. UU. no ha conducido a un crecimiento económico igualmente extraordinario. Por el contrario, ha producido una reducción en los ingresos reales bajos y medianos debido —en parte— al grado de concentración de la riqueza. Y es que, por un lado, la demanda agregada depende de los patrones de la distribución del ingreso y, por otra parte, la producción de bienes y servicios está gobernada por los patrones de la demanda del consumidor. De esta manera, la extrema disparidad de los ingresos reduce los niveles de producción y con ello la riqueza nacional.
Hoy día, los grandes inversionistas encuentran poco incentivo para asumir la compleja tarea de planear, organizar, dirigir y controlar una empresa que produzca bienes y servicios cuando estos podrían simplemente apostar en los crecientes precios de bonos y acciones y otras inversiones especulativas (disponibles en el mercado financiero internacional) y pagar solo una fracción de los impuestos que de otra manera pagarían por sus ingresos. Aún los bancos, como beneficiarios de la expansión monetaria, amontonan el dinero, evitando el riesgo de prestarlo a las empresas y se unen a las hordas de especuladores.
Esta cultura especulativa produce un sistema financiero inestable, que inevitablemente “explota” al final de cada período de expectativas y ganancias artificialmente infladas. Esto contribuye a un mayor deterioro de las inversiones y los gastos de consumo a medida que el desempleo aumenta y las recesiones recurren con mayor severidad.
Como consecuencia de esto, se depende cada vez más en productos importados. Ya sean artículos de lujo o importaciones de artículos ordinarios de consumo. Esta dependencia debilita al dólar, tiende a elevar los precios de los bienes producidos por competidores domésticos y reduce los ingresos fiscales.
Los déficits presupuestarios de los EE. UU. han alcanzado niveles críticos. El Gobierno pretende solucionar este problema con la ampliación de la deuda externa, la imposición de nuevos gravámenes y la emisión de moneda. Sin embargo, todo lo que esto logra es aumentar la inestabilidad del sistema. Mientras tanto la crisis humana del desempleado, persiste.
Las municipalidades y gobiernos estatales hacen frente a sus déficits por medio de la opresión económica de sus residentes., etc.
Obviamente, la repuesta no está en “más de los mismo”, sino en el ingenio de ver más allá de un acercamiento fragmentado y cortoplacista a un problema complejo que agobia a la economía de ese gran país norteamericano.
El autor es Economista y escritor
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