La poesía nica en 166 antologías (1878-2012) (Academia Nicaragüense de la Lengua, 2013) del escritor Jorge Eduardo Arellano (JEA) es mucho más que un recuento de antologías.
Las entradas contienen nóminas completas de antologados, extractos de prólogos y/o comentarios sobre las antologías y observaciones de Arellano, que nos dan una visión a vuelo de pájaro de nuestra poesía que nos permite apreciar de dónde viene, dónde está y hacia dónde va.
REFLEXIONES PRELIMINARES
En su prólogo, JEA cita al inglés Harold Bloom, según el cual, el antólogo debe seleccionar textos caracterizados por el “dominio del lenguaje metafórico, la exuberancia en la dicción, el poder cognitivo y sobre todo la originalidad” (entendida como el estilo personal de un escritor que ha encontrado su propia voz).
Las herramientas del antólogo son sus conocimientos (lo leído, lo aprendido), sus experiencias (como escritor, como ser humano) y una sensibilidad literaria madurada que le permita alcanzar el más alto grado de objetividad posible.
Sus principales enemigos son los gustos y prejuicios, el amiguismo y el “enemiguismo” y los compromisos (políticos, laborales, tribales o familiares).
ANTOLOGÍAS BÁSICAS
El primer intento serio por crear en Nicaragua una antología canónica fue 100 poemas nicaragüenses (1963), publicada en el número 4 de la revista El Pez y la Serpiente (dirigida por Pablo Antonio Cuadra). Además de nombres fundamentales, incluyó poemas como Canto de guerra de las cosas de Joaquín Pasos y Hora cero (fragmento) de Ernesto Cardenal que serían de rigor en futuras antologías.
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Complemento importante de la labor canónica de El Pez y la Serpiente fue Poesía nicaragüense de Cardenal (editada originalmente en Cuba, en 1973), que incluye básicamente los mismos autores, algunas voces jóvenes (Peña, Gordillo, Uriarte, Najlis, Arellano, Fernández, Belli, Rugama) y nuevos poemas fundamentales (Alejandro Hamilton-Sonata de Salomón).
Hay dos antologías extensas que amplían las anteriores: Antología General de la Poesía Nicaragüense de JEA (1984/1994) y El siglo de la poesía en Nicaragua (2005) de Julio Valle-Castillo (el cual se autoexcluyó, práctica poco frecuente entre nuestros antólogos).
Dos décadas de poesía joven nicaragüense de JEA, publicada en el Boletín Nicaragüense de bibliografía y documentación Núm. 61 (1989) fue un primer intento de crear un canon de poemas de la generación del sesenta. Algo similar hicieron Marta Leonor González y Juan Sobalvarro con respecto a la siguiente promoción en Poesía de fin se siglo (2001).
MENOS CANTIDAD, MÁS CALIDAD
En 1948, María Teresa Sánchez publicó la primera edición de Poesía nicaragüense , con 165 poetas, de los cuales unos 25 siguen vigentes.
Esta obra demuestra que el fenómeno de la profusión de poetas no es nuevo (como dijo Yllescas: “La poesía en Nicaragua es una de las ciudades más pobladas del mundo. Bélgica, París, Nueva York, Londres, Río, le quedan chiquitas”) y que el tiempo es implacable en su trabajo de valoración, selección y eliminación.
Pero en el pasado, el público lector podía distinguir con más claridad a los poetas con oficio, de los poetas “caseros” (semejantes a los pintores domingueros).
Como secuela de la burocratización de la cultura en los ochenta, el mundo polémico y beligerante de los cafés literarios de antes de la revolución fue reemplazado por un entorno de organizaciones culturales (estatales y no estatales) con oportunidades de reconocimientos, publicaciones y cargos administrativos (mayoritariamente ad honórem) para las personas dedicadas a las letras.
Esto ha creado un ambiente de mutua dependencia con ausencia de apreciaciones críticas (excepto a sotto voce) y exceso de alabanzas, lo que Iván Uriarte llama “la crítica del elogio”, para desconcierto del lector potencial, sin orientación ante una oferta lírica que supera con creces la demanda.
La democratización de la literatura es reflejo de la meta-modernidad, caracterizada por el desprecio a los planteamientos intelectuales. Es la rebelión de las masas anunciada por Ortega y Gasset, los 15 minutos de fama previstos por Warhol; la telerrealidad y la cultura de Facebook, Twitter y YouTube.
LEER MÁS, ESCRIBIR MENOS
En el presente siglo se advierte entre nuestros antólogos una tendencia cada vez más generalizada, sobre todo con respecto a los miembros de la generación del sesenta y siguientes, a preferir los poemas de juventud, usualmente breves.
Algunas antologías ofrecen notas biográficas rigurosamente documentadas, pero las selecciones, más de poetas que de poemas, dan una idea muy devaluada de la calidad general de nuestra poesía.
Un ejemplo de esta tendencia es la recién publicada antología, Nicaragua: el más alto canto (2012; Fondo Editorial Instituto Nicaragüense de Cultura) de Héctor Avellán.
En esta voluminosa colección (111 antologados, un 75 % de los cuales son poetas vivos) brillan por su ausencia poemas verdaderamente paradigmáticos como El espectro de la ros a (J. Cabrales), Elegía a la muerte de mi padre (Ligia Guillén), Darío en la gran cosmópolis (JEA), Un beso sobre la tumba es vida (Rosario Murillo) y De lo urbano y lo sagrado (Yolanda Blanco), entre muchos otros, por lo que no podemos decir, junto con su autor, que incluya los poemas imprescindibles de cada poeta.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B
