Mauricio Paguaga Rivera nació el 11 de junio de 1974 en Jalapa-Nueva Segovia. Vivió su infancia y juventud en su pueblo natal. En septiembre de 1993 se traslada a la ciudad de León, donde se estableció y realizó estudios en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-León) obteniendo el título de licenciado en Ciencias de la Educación.
Participó con la publicación de una antología de tres escritores somoteños: Poesía y Prosa de Somoto.
Ha publicado un libro de cuentos intitulado Esto fue lo que pasó. Cuenta con tres obras inéditas. Actualmente reside en Estelí, es miembro del Foro Nicaragüense de Cultura.
El niño que remaba
Mauricio Paguaga Rivera
A Don Fernando Silva
I
El niño remaba en su bote, hacía mandados, pescaba y soñaba, desde entonces armaba versos y los enjuagaba en el lago.
II
Ya de grande fue timonel de una barcaza.
III
Armaba cuentos, los sacaba con anzuelo de las aguas del río.
IV
Remaba solo, hacia el olor lejano de su madre muerta.
V
Vivió en el río toda la libertad de un niño y remando hacia el horizonte, se volvió hombre.
VI
Cuentos y poemas ha escrito con sabor a cangrejo de río.
VII
Ese es don Fernando, el doctor, el diputado, el magistrado, el güegüence.
Oyanka
Mauricio Paguaga Rivera
Se quedó acostada, quieta y enamorada, presa de una maldición
que ni ella sospechaba. Se durmió sobre el valle, en aquella
extensa planicie, mas nunca despertó.
Se quedó esperando a que volviera su amor Joseph de Cantarero,
pero aquel se quedó dormido en un camposanto del que ahora no
quedan ni ruinas.
Cuenta la leyenda, que solo un beso del amante podrá despertar la
cordillera, empotrada en las raíces de la tierra, como la bella del
cuento de hadas; su sueño podrá ser interrumpido solamente por
los labios del elegido, sobra más de un loco que sube a lo alto del
cerro y besa la tierra, sin lograr efecto alguno.
Dormida se quedó y el valle profundo fue tomando sus formas,
sus senos tentadores se fueron llenando de hierba, hasta convertirse
en los dos cerritos erectos de la cordillera; su pubis, formándose,
fue un espeso bosquecito de lianas y orquídeas donde nace un
manantial, que solo vierte agua en ciertas fechas del año.
Todo su cuerpo extensa cordillera, sus piernas se tienden a lo
largo del valle y su cabellera está echada sobre los grandes arrozales.
Oyanka está dormida.
La villa de los poetas
(O la subversión silenciosa)
Mauricio Paguaga Rivera
I
Sucedió en un país de esos, lejano y olvidado, donde las madres
paren poetas que luego mueren anónimos o asesinados por un
tirano. Llegó al poder un hombre, que en toda su vida odió la
libertad y el desparpajo, al que estaban acostumbrados los
poetas. Bajo su mandato se dictó una ley que prohibió publicar y
leer escritos que surgieran de las manos de cualquier poeta,
mayor o menor, excelente o mediocre.
II
Cuando se puso más dura la cosa, el gobernante dictador mandó a
registrar y decomisar todo escrito que pareciera subversivo, casa
por casa, rincón por rincón, de la pequeña nación. Entonces,
embargó todas las obras pequeñas y grandes, poemas sueltos o en
colecciones de cada poeta del país. Luego mandó a construir una
fogata gigantesca e hizo la chamusquina más grande del mundo.
III
A medida que las hojas de los libros se consumían en el fuego y
que las palabras se fundían con las cenizas, a cada habitante de
aquella nación se les fue consumiendo la lengua, hasta que
terminaron desesperados por una mudez absoluta.
Hombres y mujeres se quedaron sin palabras. Los niños
aprendieron a cantar como las aves. Los políticos, unos croaban por
puro sincretismo y otros balaban y rebuznaban, siempre a las tres.
IV
El presidente se tornó una cacatúa y su mujer dormía de cabeza
sobre la solera de su casa, era el murciélago más desgarbado y feo
que pudo haberse visto. (Ya hecha murciélago, decir feo es redundar).
V
Los poetas decidieron irse lejos, sobre las escarpadas montañas, a
vivir en silencio y como eremitas para nunca jamás. Las palabras
se habían quemado, con ellas también se quemó el lenguaje,
la libertad. Y comenzó el odio al ruido.
VI
Decidieron amarrarse a ese lenguaje lateral, del que dice todo
callando, al silencio de la telepatía y los ojos de los iniciados.
Se volvieron contemplativos y complejos en la enmarañada
búsqueda de un lenguaje silente, que los enclaustraba en la
memoria de quienes recordaban una tarde de verano, al menos.
Cuando un demente dictador, amparado en el eslogan de amor,
paz y bienestar social, mandó a quemar las palabras, cuando los
niños iban a los parques con sus padres y los enamorados se
juraban amor eterno.
VII
La villa de los poetas taciturnos, por las noches invernales se
calentaba con la añoranza de aquella hoguera. Habían decidido
lanzar sus plumas al viento para no escribir jamás. Pero otro arte
con grandes capacidades de comunicación habían adquirido.
Un arte que a más fuego y silencio, más subversivo.
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