Mandela

La infancia de Rolihlahla Mandela fue de las más tranquilas y simples que uno pueda imaginarse. Creció en una tierra idílica de colinas verdes, arroyos cristalinos y cabañas con redondos techos de paja: Umtata, entonces capital del sudafricano territorio del Transkei, que empezaba al pie de las montañas de Drakensburg y se extendía hasta las costas del Océano Índico. Ahí los días de Rolihlahla se iban en sacar a pastar ovejas y becerros, jugar a las escondidas, deslizarse por los “toboganes” de las colinas, batirse en grandes duelos con espadas de palo o robar mazorcas en los plantíos para asarlas bajo las estrellas.

Nelson Mandela, el “Madiba” de los sudafricanos.

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En la escuela, niños sudafricanos escuchan la historia de Nelson Mandela.

Redacción Domingo

La infancia de Rolihlahla Mandela fue de las más tranquilas y simples que uno pueda imaginarse. Creció en una tierra idílica de colinas verdes, arroyos cristalinos y cabañas con redondos techos de paja: Umtata, entonces capital del sudafricano territorio del Transkei, que empezaba al pie de las montañas de Drakensburg y se extendía hasta las costas del Océano Índico. Ahí los días de Rolihlahla se iban en sacar a pastar ovejas y becerros, jugar a las escondidas, deslizarse por los “toboganes” de las colinas, batirse en grandes duelos con espadas de palo o robar mazorcas en los plantíos para asarlas bajo las estrellas.

Su madre, Nosekeni Fanny, fue la tercera de las cuatro esposas de su polígamo padre, Hendry Mphakanyiswa, también conocido como Henry Mgadla Mandela, un líder de la tribu sudafricana thembu. De ella escuchó leyendas del pueblo Xhosa que se transmitían de generación en generación; de él, historias de guerreros que se oponían a la opresión de los blancos.

Pero Rolihlahla no enfrentaría esa opresión sino hasta varios años después. Su infancia transcurrió sin sobresaltos en un mundo totalmente africano, ancestral, narra Richard Stengel, periodista, escritor y coautor de Mandela en su libro El largo camino hacia la libertad. “Creció entre negros por eso no tenía sentimientos de inferioridad”, asegura Stengel en un documental de la cadena internacional televisiva History Channel.

Sin embargo, tenía solo siete años cuando ese mundo blanco que aún no conocía tuvo un gran impacto en su vida. Un profesor negro decidió cambiarle el nombre por uno “más conveniente para la sociedad blanca”, cuenta el periodista Allister Sparks en la biografía de Mandela de History Channel.

El profesor, dice Sparks, le preguntó su nombre, a lo que el niño respondió:

—Me llamo Rolihlahla Mandela.

El maestro se revolvió un poco y dijo:

—Yo te llamaré Nelson.

Esa noche, el pequeño volvió a casa y anunció su nuevo nombre, uno que su madre no fue capaz de pronunciar, relata Stengel. Pero estaba escrito. A partir de entonces el mundo lo conocería como Nelson Mandela.

Atrás dejó su nombre Rolihlahla, cuyo significado literal en la lengua Xhosa es “tirar de la rama de un árbol” y en sentido coloquial quiere decir: “alborotador”. ¿Casualidad o destino? Cómo saberlo…

Educación thembu

La vida que Nelson conocía cambió drásticamente a sus nueve años de edad. Su padre murió y el niño fue separado de su madre y su aldea para ser llevado al “Gran Lugar”, la casa real thembu, donde estuvo bajo la custodia del regente Jongintaba Dalindyebo, quien le ofreció la oportunidad de educarse. Fue ahí donde aprendió de historia, filosofía y de los procedimientos de la democracia africana, relatan sus biógrafos.

“Los huéspedes se reunían en el patio delantero de la casa del regente, y este abría la sesión agradeciendo a todos su asistencia y explicando el porqué de la convocatoria. A partir de ese momento no volvía a decir palabra hasta que la reunión tocaba a su fin. Todo el que deseaba intervenir podía hacerlo. Era la democracia en su forma más pura. Existía una estructura jerárquica entre quienes tomaban la palabra, pero se escuchaba a todo el mundo, jefes, súbditos, guerreros y sacerdotes, comerciantes y granjeros, terratenientes y trabajadores”, contaría muchos años después, convertido ya en uno de los hombres más respetados del mundo.

El regente lo crió como a su propio hijo y lo envió a la Universidad de Fort Hare, el único centro académico superior para negros en toda Sudáfrica. Nelson fue elegido representante de los estudiantes, cargo que no aceptó pues consideraba que las votaciones no habían sido justas. Lo expulsaron por negarse a tomar su puesto.

Acababa de dar un primer gran paso en lo que sería su misión de vida: la lucha por la justicia. Pero eso él no podía saberlo.

Con diferentes personajes famosos. Arriba, con la princesa Diana; a la derecha con Michael Jackson y abajo con Fidel Castro.

Circuncisión

A los 16 años de edad, Nelson Mandela se sometió al tradicional rito Xhosa que marca la transición de la niñez a la edad adulta. Junto a otros 25 jovencitos participó en este proceso que finaliza con circuncisión.

Los muchachos pasaron varias semanas en las montañas, con las caras pintadas de blanco y los cuerpos cubiertos de hierbas, mientras los ancianos de la tribu dirigían la iniciación, con el fin de prepararlos para su vida de adultos y su participación en los consejos de la tribu, cuenta Mary Benson, activista sudafricana y biógrafa de Nelson Mandela.

Pero nada lo preparó para lo que le esperaba en Johannesburgo. Llegó a la ciudad evadiendo el matrimonio que el regente había arreglado para él y se encontró frente a frente con la verdadera realidad de Sudáfrica.

Era un mundo de injusticias. Un país de africanos gobernados por una minoría blanca. Un país donde el color de la piel definía el estilo de vida, la escuela a la que se asistía, el autobús que se tomaba y la zona en la que se habitaba. Los negros se enfrentaban a su disminuida condición y “por primera vez en su vida, Mandela se vio a sí mismo como un hombre negro en una sociedad blanca”, según el documental de History Channel.

En 1944 el joven Mandela se unió al Congreso Nacional Africano (ANC), que por entonces era un grupo de activistas que luchaban por terminar con las injusticias raciales a través de boicots, cartas y peticiones. Mandela les pareció un muchacho brillante con potencial de líder, “un sueño hecho realidad”.

Con la ayuda de Walter Sisulo, importante hombre de negocios y activista del ANC, Mandela empezó a trabajar en un despacho de abogados y por la noche continuaba sus estudios de leyes.

El apartheid

A los 28 años comenzó a tener una posición relativamente cómoda. Se casó con una prima de Sisulo y juntos procrearon a su primer hijo. Tenía casa y una vida bastante normal. Pero fue entonces cuando la injusticia racial recrudeció en Sudáfrica.

En 1948, el Partido Nacional ganó las elecciones —en las que solo les estaba permitido votar a los blancos— con la promesa de una total y definitiva separación de razas que garantizaría para siempre la supremacía blanca.

A través de brutales medidas y leyes represivas se empezó a instalar el sistema apartheid. Entre las normas estaban “la Ley de Clasificación Racial, que obligaba a clasificar a toda persona que no fuera de origen europeo, la Ley de Matrimonios mixtos, que prohibía uniones entre personas de razas diferentes y la Ley de Áreas, que forzaba a las personas de determinada raza a vivir en zonas designadas”, señala Alejandra Martins, periodista de BBC Mundo.

Los negros comprendieron que ahora eran enemigos en su propio país. Y, según Richard Stengel, “Nelson vio oscuros nubarrones amenazadores en el horizonte y cuando concentró su mente la concentró en sus propias ambiciones políticas”.

La cárcel

“He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. He soñado con un ideal de sociedad democrática en la cual todas las personas viven juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal para el que he vivido. Es un ideal por el que espero vivir, y si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Estas fueron las últimas palabras del alegato de cuatro horas de Nelson Mandela, en 1961, ante el tribunal que lo juzgaba por alta traición y que terminaría condenándolo a cadena perpetua, en 1964.

Se quitó los lentes, miró al juez a los ojos y repitió la última frase: “Un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.

Desde 1952, Mandela ya era considerado “una espina” para el gobierno sudafricano. Ese año lanzó la campaña “Defiance” (rebeldía), en la que instaba a los africanos a desobedecer las leyes injustas. Y tras la masacre de Sharpeville, en la que 60 hombres, mujeres y niños fueron acribillados a balazos por “fuerzas del orden”, pasó a luchar desde la clandestinidad.

Tras escuchar su sentencia, Mandela fue trasladado a Robben Island, una isla rocosa, rodeada por un mar violento, a 12 kilómetros de las costas de Ciudad del Cabo, la Alcatraz de Sudáfrica. Pasó los siguientes 27 años en prisión, donde se ganó el respeto de reos y guardas.

Un hombre libre

En 1985, el gobierno sudafricano le ofreció la libertad a cambio de que renunciara públicamente al uso de la violencia. Mandela se negó.

“Mi padre les envía el siguiente mensaje: ‘Yo no puedo y no quiero llegar a ningún compromiso con el gobierno, mientras ni yo ni ustedes, el pueblo, vivamos en libertad. La libertad de ustedes y la mía no pueden separarse’”. La carta, enviada desde prisión, fue leída por Zinzi Mandela, ante una multitud eufórica, en un estadio de Soweto, relata Martins.

Su fama y su imagen seguían creciendo. El gobierno temía que el hombre muriera en la cárcel y la leyenda naciera en el pueblo.

Nelson Mandela fue liberado el domingo 11 de febrero de 1990, a las 3:00 de la tarde, por el presidente F.W. De Klerk (con quien compartió el Premio Nobel de la Paz en 1993). No hubo cargos ni condiciones. El gobierno de De Klerk tenía la esperanza de que el líder llevaría paz y estabilidad a un país que estuvo cerca de caer en una guerra civil.

Cuatro años más tarde, con una mayoría abrumadora, Mandela se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica. En esas elecciones los africanos estrenaron su derecho al voto.

El nuevo presidente se dedicó a un arduo trabajo: unir al país. Sin rencores. Sin venganzas. “ Un hombre que despoja a otro de su libertad es un prisionero del odio, y está atrapado detrás de los barrotes de sus prejuicios. Ambos han sido privados de su humanidad. Cuando salí de la prisión, sabía que esa era mi misión: liberar tanto a los oprimidos como a los opresores”, explicó en su libro El largo camino hacia la libertad.

Al terminar su mandato, aún contando con la simpatía de su pueblo —blancos y negros—, Mandela dejó la Presidencia.

La persona

Por azares de la vida, Nelson Mandela se casó tres veces, la última a los 80 años. Tuvo seis hijos.

Sus amigos lo describen como una persona justa, disciplinada (cuando estuvo en prisión siempre se levantó a la 4:30 de la mañana, para hacer ejercicios y arreglar su cama), brillante, astuta en la política e increíblemente determinada en sus objetivos. Cualidades que lo llevaron a convertir la suya en una de las historias más extraordinarias del siglo XX.

Hoy, el hombre que creció en un remoto territorio de Sudáfrica es llamado “Madiba”, título honorífico otorgado por los ancianos de su clan, y se asegura que no existe una ciudad en África que no tenga un colegio, un parque, una calle o una escuela con el nombre de Mandela.

A sus 95 años, es un hombre amado y respetado tanto en su país como en el mundo, que paso a paso ha seguido los avances y retrocesos de su salud. Desde hace más de mes y medio, el líder sudafricano está hospitalizado, tras haber sido ingresado por una infección pulmonar recurrente.

Miles de personas llevan flores y rezan por el hombre que dirigió a Sudáfrica cuando el país estaba a punto de partirse en mil pedazos. Muchos lloran y con cada lágrima parecen decirle: “Aún no es tiempo, Madiba”.

 

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