Guillermo Menocal Gómez confiesa que sus obras son testimonios de las épocas que le ha tocado vivir. La Prensa/A. Zúniga

El sultán y su novia

Sé perfectamente que Guillermo Menocal proviene —y en esa materia es un delincuente confeso— de la poesía. Lo conocí poeta, y a pesar de los pesares y de sus microcosmos narrativos, que constituyen el macrocosmos de este libro.

Sé perfectamente que Guillermo Menocal proviene —y en esa materia es un delincuente confeso— de la poesía. Lo conocí poeta, y a pesar de los pesares y de sus microcosmos narrativos, que constituyen el macrocosmos de este libro.

Es por ello el mismo poeta auténtico que me mostraba sus producciones literarias con humildad y envidiable sencillez, y con recatada devoción se las entregaba a Pablo Antonio Cuadra, para su publicación en La Prensa Literaria. Su dependencia poética la explica así, en “Nota del autor”, en este libro:

“Si bien es cierto que hace unos tres años decidí no escribir más poesía es, entre otras razones, para evitar repetirme en los mismos temas, y porque encontré más libertad y mejor recurso para caracterizar en el relato breve; reconozco que fue la poesía la que me llevó afortunadamente a este género tan fascinante, estricto y enérgico; y no es que la desdeñe (a la poesía), pues ella vive en mí y pueden verla, sentirla y tocarla acaso en la mayoría de mis trabajos en prosa”.

[doap_box title=»El viajero que relata» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]

Ahí lo encuentra la “Carta-Prólogo” de Horacio Peña señalando que “Guillermo Menocal es el viajero que vuelve, no tan solo a su ciudad, sino a las cosas y a la gente que poblaron sus calles, barrios y rincones… La primera parte de este libro, se inicia con la llegada del viajero a la ciudad. Deja su equipaje en la habitación, sale a la calle, y comienza, o recomienza el viaje, Guillermo se va a la búsqueda del tiempo perdido, de la vida que se dejó en esa ciudad y que ahora trata de volver a hacer suya”.

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LOS RELATOS DE PERSONAJES

Pero antes de continuar refiriéndome al sultán, optaré por referirme a su novia, La Gran Sultana, metáfora que me facilita ubicar a Guillermo en un medio –su hábitat— que conoce bíblica y paganamente; su entorno urbano-histórico, y por supuesto regodearme en al menos algunos de nuestros antecedentes literarios, que incluyen a verdaderos maestros en ese género, con diversos rumbos y formas, entre quienes no puedo dejar de mencionar –sin agotar el inventario— a Ernesto Mejía Sánchez, con sus prosemas; José Coronel Urtecho, con sus noveletas; Mario Cajin

a-Vega con Lugares ; Enrique Alvarado Martínez, con sus Anécdotas granadinas ; Sergio Ramírez Mercado con De tropeles y tropelías, y muy para la ocasión, Francisco Pérez Estrada y sus Estampas de Granada , gigantes todos ellos de la brevedad, tradición que con voz muy propia continúa y recrea Guillermo Menocal.

He titulado esta presentación El sultán y su novia, pues desconozco a ciencia cierta los detalles de la relación íntima entre Sultán y Gran Sultana —pues apenas los he corroborado con la lectura de estos escritos—, y consultando el diccionario de la RAE, que dice: “Sultana. Mujer del sultán, o la que sin serlo goza de igual consideración”, me sentí con licencia de interpretar que en este caso –dada una definición tan generosa— La Gran Sultana podría ser, sin menoscabo del gozo, mujer, amante o novia de nuestro volcánico sultán, lo cual me hizo por lo demás admirar el grado de modernidad y liberalidad que existían en los sultanatos, tan copiados el día de hoy.

Consigno ahora, tomado de internet, de dónde le viene el apelativo a la ciudad: “Por su belleza que hace de esta ciudad una perla de la arquitectura colonial, la llaman ‘La Gran Sultana’.

Este nombre fue utilizado por primera vez en 1882 por la escritora española Baronesa de Wilson —cuyo nombre era Emilia Serrano García del Tornell—, quien la nombró así por el volcán Mombacho, pues vio una relación idílica entre el sultán y su novia Granada”.

Pero volvamos al tema. Habíamos dejado al sultán en la Estación de Granada, siendo recibido multitudinariamente —casi en olor de santidad—, y ya era conducido en andas por eminentes críticos y antólogos internacionales, mencionados por Víctor Chavarría en los párrafos finales de las páginas 23 y 24, cosa que señalo para que se sepa que dichas personalidades no son personajes inventados por Víctor Chavarría. Lo que a lo mejor es ficción, es que los cronistas, que siempre están haciendo su oficio, dicen que llevaban una pancarta, con estos versos, atribuidos a Guillermo Menocal:

Se acuesta la Gran Sultana

por las noches mahometana

y se levanta ya cristiana

cuando llega la mañana.

A la vez que entonaban el corrido “Granada”, de Tino López Guerra, cuyo principal estribillo dice:

Granada, linda Sultana

reliquia de mi nación

eres una moza castellana

que tiene muy nica el corazón.

Y alejándose de cronopios y de famas, Guillermo Menocal se desprendió disimuladamente de aquel momento glorioso, para adentrarse, en parte, en las entrañas del imperio, y en mayor parte en la agridulce, a veces sórdida y a ratos, hilarante y apacible Gran Sultana.

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