¿Cómo no va ser la coordinación un emblema vital en la música? Una de esas demostraciones de agradable singularidad y combinación la dan dos conciertos de dos conjuntos especializados en la difusión de las notas clásicas: la orquesta para cinco guitarras: Armando Morales Barillas, quinteto al fin y el Cuarteto Casals, integrado solo por contrabajo, algunas veces auxiliado por el cello.
Celebro el nombre que le pusieron a la orquesta pues el que lleva es el de uno de los más representativos. Al matagalpense Morales se le recuerda por su amor por la guitarra en función épico clásica en el reflejo de los lauros. Su ejecución descubría el espectáculo bélico en la época en que los españoles la afrontaron estoicamente. Armando le sacaba tambores y trompetas a la guitarra cuando tocaba El sitio de Zaragoza, una de sus predilectas. Ahora hay para él cinco guitarras.
A esa formación en otra parte del mundo se suma el Cuarteto Casals para contrabajo que llama la atención en el aspecto de atraer la fineza de la melodía en cuerdas que son profundas y sirven para darle una connotación seria, severa y hasta graciosa al acompañamiento. Como una muestra de la habilidad tocaron en España el concierto para contrabajo de Giovanni Botecini.
Se convidó a la imaginación a posar en la fiesta caprichosa de las apoyaturas, acentuación de notas sin que el solista haya incurrido en algún retardo armónico en la exposición de las que son puramente digitales y extravagantes en un instrumento de considerable volumen y limitada extroversión. Había que ver cómo se agotaban los esfuerzos para sacarlo de su indómita gravedad. En dos formas instrumentales, tanto para la guitarra como para el contrabajo, hubo sentimiento y una demostración respetuosa de la concepción original de los autores.
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