Rigoberto López Pérez

Rigoberto, apenas descargó su revólver sobre el tirano, recibió del cabo Lindo un fulminante culatazo en la nuca. Y al instante, caído en el suelo, prácticamente muerto, le dispararon 54 balazos de todo calibre.

Rigoberto, apenas descargó su revólver sobre el tirano, recibió del cabo Lindo un fulminante culatazo en la nuca. Y al instante, caído en el suelo, prácticamente muerto, le dispararon 54 balazos de todo calibre.

El sargento Pedro Gutiérrez, de la escolta presidencial, fue el primero en dispararle. Le acertó cinco tiros en la cara, vaciándole a propósito los ojos. El cuerpo del poeta, después de ser identificado en el piso de la Casa del Obrero de León (enladrillado como tablero de ajedrez), fue arrastrado por los guardias hasta un jeep que lo condujo al cuartel de León, para ser fotografiado; luego lo tiraron en la acera del teatro González, donde a puntapiés le quebraron el brazo izquierdo, a la vez que por vejamen irracional le lanzaban en el rostro colillas de cigarrillos encendidos. Rumbo a Managua, al día siguiente, desapareció para siempre de la faz de la tierra.

Un joven, políticamente inexperto, salta como una chispa. Se abre camino desde la frustración consciente de la política en reflujo, hasta la cumbre de la acción militar, para golpear el corazón del tirano personalmente, como un esgrimista que arremete un golpe a fondo de florete. No obstante, toda la estructura represiva permanece intacta, y encuentra, entonces, un motivo para aplastar, aún más, los tiernos brotes de rebelión popular. Cae sobre el país una prolongada noche de torturas.

El hombre de acción por excelencia, Rigoberto, el conspirador más silencioso y eficaz de nuestra historia, fue entrenado por Adolfo Alfaro, quien confía el peso del atentado en los hombros de un solo hombre. De un joven solitario, que lleva a cabo su misión superando obstáculos con su imaginación, gracias a la sangre fría personal de un artista de la cuerda floja que flota en el aire sin alguna red de protección.

Para Rigoberto, su acción (sin escape posible), para acabar con un asesino odiado por su crueldad y por la traición, que le había servido para alzarse como dictador corrupto y corruptor, más que una inmolación, era un honor ciudadano, un deber, fruto de su decisión. Su estoicismo le asemeja a Martí que conscientemente exclama: “Para mí la Patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber”. 

El día anterior, como si fuese a un experimento de laboratorio, acudió Rigoberto a la Casa del Obrero. Improvisó un baile con una música secreta en mente, midió la distancia con la combinación de pasos de un bolero silente, hasta llegar a cinco pies de la mesa de honor. Su pecho formaría allí un triángulo con los brazos hacia el blanco, abriría las piernas al ancho de los hombros, su mano izquierda sobre-empuñaría la derecha, la rodilla rozaría el suelo, y apuntaría el cañón de dos pulgadas del revólver 38 chato, gatillo corto, a la altura de la ingle del tirano, por debajo del chaleco, como había entrenado.

Era un actor escrupuloso que ensayaba la puesta en escena del drama íntimo que iba a interpretar. La noche del 21 de septiembre, Rigoberto se vistió a propósito de guayabera blanca y pantalón azul. Los colores de la bandera de la patria comentaría orgullosa doña Soledad, su madre, luego que saliera de prisión donde la obligaran a presenciar con angustia impotente las torturas a que sometieron, en la Loma de Tiscapa, al resto de sus hijos, a Salvador y a Margarita (de 15 años).

Cada 21 de septiembre la familia abre las puertas de la casa para que la población pueda ver las pertenencias del patriota. Falta el traje blanco, con el cual se hizo fotografiar en compañía de Adolfo Alfaro en El Salvador, y la carta original que Rigoberto dejara de despedida a su madre. Ambos objetos, patrimonio de la patria, los tomó prestados Humberto Ortega, y no los devolvió jamás.

La acción de Rigoberto —a pesar que se inscribe como expresión voluntariosa— va a desarrollar en el inconsciente colectivo el espíritu valeroso de la rebelión ciudadana contra la dictadura.

Al final, el último Somoza enfrentaría centenares de miles de Rigoberto López Pérez. El autor es ingeniero eléctrico.


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