Anagilmara Vílchez y Amalia del Cid
Los 22 “árboles de la vida” que hay en la Avenida Bolívar fueron instalados en una zona sísmica. Las estructuras metálicas están amarradas a un terreno que es atravesado por una de las principales fallas geológicas de Managua.
El sistema de fallas “Los Bancos”, como se le conoce, es la grieta que pasa por la Asamblea Nacional y sus alrededores, “constituyendo una amenaza para la capital”, señalan informes del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter).
En la mitología de los habitantes amazónicos, los seres que dieron origen a la creación “instalaron un árbol de la vida”, gracias al ave “Mas hiri-Tari”. El pájaro sagrado era como la semilla del árbol que hacía brotar la vida y el alimento. Eso dice el texto La trama de las imágenes, del antropólogo Enrique Bautista Quijano.
El “árbol de la vida” —apunta— representaba la integración cósmica, ya que hunde sus raíces en el mundo de los muertos, “sin los cuales ningún conteo es posible”; pero “eleva el tronco hacia el cielo y extiende las ramas formando un frondoso emparrado que abarca a la humanidad, a todas las humanidades posibles”.
La visión celta del “árbol de la vida” es parecida. Para ellos comunicaba los tres niveles del cosmos: el subterráneo (raíces), la superficie de la tierra (tronco) y el cielo (ramas más altas). Por lo tanto, lo veían como “el eje del mundo”.
[/doap_box]
“Es una zona de alto riesgo y el problema de construir sobre las fallas es que al producirse un movimiento sísmico se puede dar lo que en ingeniería se conoce como asentamiento diferencial (desnivel en el terreno por hundimiento causado por la falla). Eso provoca la destrucción y el derrumbe de las obras”, asegura Edmundo Zúñiga, expresidente de la Asociación Nicaragüense de Arquitectos e Ingenieros (ANIA).
Según Zúñiga, antes de “plantar” los “árboles de la vida” se debió realizar un cálculo en base al peso de la estructura, cuyo esqueleto de metal mide al menos 14 metros de alto por seis de ancho y pesa unas cuatro o cinco toneladas. Esto, según él, para evitar que la base de concreto que sostiene a los “árboles” falle ante un sismo que supere los siete grados en la escala de Richter, provocando que la armazón de metal se incline por su propio peso.
DEPENDE DEL TERRENO
William Martínez, quien es geólogo desde hace 37 años, asegura que el terreno de esa zona es “blando”, porque precisamente ahí es donde están enterrados los escombros de la antigua Managua.
Según él, las estructuras metálicas en este tipo de suelo se comportan mejor, porque “la tendencia es que la vibración sea más fuerte y se prolongue, mientras en el terreno sólido la onda entra rápido y sale rápido y por lo tanto vibra menos, por eso es que la estructura de metal se comporta muy rígida y tiende a quebrarse”.
Considera que los estudios previos que debieron realizar quienes diseñaron e instalaron los “árboles”, para conocer la naturaleza y las características del subsuelo, determinarán qué tan firmes son las bases de esas estructuras.
“Siempre y cuando la fundación sea la apropiada no hay problema. Todo está en función de si lo han anclado adecuadamente o no”, aclara el geólogo.
“Para mí no hubo o no existe ningún estudio previo de parte de la Alcaldía, ni por parte de Urbanismo ni de Ambiente ni de Infraestructura”, asegura Omar Lola, concejal del Partido Liberal Independiente (PLI), quien lamenta el secretismo con que el Gobierno central y la comuna capitalina han manejado este asunto.
De cualquier forma —dice Martínez— el impacto a los “árboles de la vida” dependerá de la falla geológica que se active en Managua en caso de un sismo. Y de ser así “lo que le afectaría (a las estructuras de metal) sería la aceleración (el movimiento del terreno)”.
En la mitología de los habitantes amazónicos, los seres que dieron origen a la creación “instalaron un árbol de la vida”, gracias al ave “Mas hiri-Tari”. El pájaro sagrado era como la semilla del árbol que hacía brotar la vida y el alimento. Eso dice el texto La trama de las imágenes , del antropólogo Enrique Bautista Quijano.
El “árbol de la vida” —apunta— representaba la integración cósmica, ya que hunde sus raíces en el mundo de los muertos, “sin los cuales ningún conteo es posible”; pero “eleva el tronco hacia el cielo y extiende las ramas formando un frondoso emparrado que abarca a la humanidad, a todas las humanidades posibles”. La visión celta del “árbol de la vida” es parecida. Para ellos comunicaba los tres niveles del cosmos: el subterráneo (raíces), la superficie de la tierra (tronco) y el cielo (ramas más altas). Por lo tanto, lo veían como “el eje del mundo”.
Ver en la versión impresa las páginas: 2 A
