Adolfo Acevedo Vogl (*)
En el proceso de desarrollo, la estructura productiva deviene cada vez más compleja y diversificada. La capacidad de generar constantemente nuevas actividades dinámicas es, en este punto de vista, la esencia del desarrollo exitoso.
En efecto, cuando uno examina los cambios en la estructura productiva y del empleo en aquellos países que han logrado avances muy importantes en su nivel de desarrollo, medido por su ingreso per cápita, uno encuentra detrás un proceso de diversificación productiva.
También uno encuentra que mientras más avanzó cada país en diversificar su estructura productiva hacia productos de mayor contenido tecnológico y mayor densidad de encadenamientos y dinamismo de la demanda, más rápido fue el ritmo de crecimiento de la productividad y del ingreso per cápita.
El contraste entre lo sucedido con el sector agropecuario en Nicaragua y Costa Rica nos ayudará a comprender mejor la importancia de este esfuerzo de diversificación de la actividad agropecuaria y exportadora. A diferencia de Costa Rica, donde la agricultura no tradicional de exportación alcanzó un protagonismo muy significativo, la agricultura nicaragüense continúa manteniendo un perfil tradicional.
Así, mientras Costa Rica impulsó en las últimas décadas un proceso de diversificación de su sector agropecuario hacia productos no tradicionales, en Nicaragua el uso del suelo agropecuario continúa concentrado, en una gran medida, en ganadería, granos básicos, café, caña de azúcar y musáceas, los mismos rubros tradicionales desde hace más de un siglo.
Al mismo tiempo, la actividad agropecuaria costarricense ha estado asociada a mayor productividad y rendimientos, y a una mayor intensidad de capital físico y humano por trabajador. Esto se refleja en ingresos laborales reales mucho más altos en ese país.
Resulta interesante examinar la dinámica que se ha generado entre la expansión de cultivos no tradicionales en la región norte de Costa Rica y la migración de trabajadores nicaragüenses. El modelo económico de la zona norte de Costa Rica pasó de basarse en la producción de granos, tubérculos y ganado para el mercado nacional a un modelo que incorpora también grandes extensiones de cultivos de exportación y que funciona principalmente con mano de obra nicaragüense.
Los migrantes indocumentados nicaragüenses trabajan sobre todo en las fincas de naranja, merced a los muchos pasos informales que existen y al débil control migratorio, mientras que aquellos en condición migratoria regular, luego de trabajar en las plantaciones de naranja, se trasladan hacia el sur a las de caña y café, así como a las zonas turísticas donde trabajan en la construcción.
La pregunta que surge de inmediato es qué impide que el sector agropecuario nicaragüense experimente un proceso de diversificación como el experimentado por el país vecino. Más que cualquiera de los países de la región, Nicaragua enfrenta el reto de acelerar la diversificación de sus exportaciones de productos no tradicionales, un mayor procesamiento agroindustrial y los servicios de apoyo y conexos, los cuales generen empleos de mayor calidad y remuneración.
Nicaragua posee el potencial de producir una gran variedad de frutas, vegetales, raíces, tubérculos, especies, plantas medicinales, animales y productos forestales y productos de gran dinamismo, pero que no forman parte de la cartera de productos que exporta el país.
Se ha sugerido que estos cultivos más intensivos en mano de obra representan el segmento de producción agrícola donde Nicaragua tiene ventaja comparativa.
Sin embargo, los requerimientos de capital y de tecnología para la diversificación de cultivos hortícola y frutícola de alto valor implicarían unos costos de inversión y unas necesidades de asistencia técnica que no son accesibles para la mayor parte de los productores nicaragüenses, ni lo estarán en ausencia de un sistema de instituciones financieras y de asistencia técnica de fomento como las que promovieron la modernización, intensificación y diversificación productiva agropecuaria en el periodo 1950-77.
Al mismo tiempo, las exigencias de estos rubros en términos de infraestructura de transporte y comunicaciones, energía, riego, y de canales de comercialización, y de servicios de apoyo complementarios son también mucho mayores, y de mucha mayor calidad, que lo que el país puede ofrecer en este momento.
El impulso de un proceso de diversificación productiva de cierta envergadura demandaría que, al igual que ocurrió en el periodo 1950-1970, se llevase a cabo un ambicioso y dinámico programa de inversión pública, coordinado con este proceso, y se estableciesen mecanismos de coordinación de las acciones e inversiones complementarias entre diferentes agentes que serían necesarias.
Este proceso representará también mayores exigencias en términos de personal calificado de nivel técnico y superior, y el desarrollo de la capacidad de investigación para promover continuas adaptaciones y mejoras tecnológicas en los procesos productivos.
Finalmente, este proceso también presentará requerimientos a la política macroeconómica: tasas de interés real que alienten la inversión de recursos en estas inversiones y un tipo de cambio real alto.
El tipo de cambio competitivo es el que determina los incentivos para la producción de una amplia gama de productos transables, para su colocación en el mercado externo o el interno. Al ampliar la gama de productos potencialmente rentables se acrecientan también las posibilidades de crecimiento de la producción y del empleo.
(*) Economista
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