La guerra es un hecho tribal y primitivo

“No veo ningún obstáculo para ser candidato en las próximas elecciones presidenciales”, dijo (el dictador sirio) Al Asad para quien, obviamente, el homicidio no es algo sacrílego y que clama contra la humanidad, seguramente argumentará —como los homicidas “legales”— que ejerce el derecho a la defensa propia, ya que la represión que desató asesinó a 115 mil personas. La familia Al Asad gobierna Siria desde los años setenta.

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Alejandro A. Tagliavini

“No veo ningún obstáculo para ser candidato en las próximas elecciones presidenciales”, dijo (el dictador sirio) Al Asad para quien, obviamente, el homicidio no es algo sacrílego y que clama contra la humanidad, seguramente argumentará —como los homicidas “legales”— que ejerce el derecho a la defensa propia, ya que la represión que desató asesinó a 115 mil personas. La familia Al Asad gobierna Siria desde los años setenta.

Pero la solución contra este tirano no es la violencia: ninguna guerra, a lo largo de toda la historia humana ha obtenido resultados positivos por mucha propaganda que haga el oficialismo. Ni siquiera la emblemática y hollywoodense Segunda Guerra Mundial (SGM) consiguió su objetivo de “terminar con la tiranía”, sino que, a un costo elevadísimo en vidas humanas, destrucción del mercado y cercenamiento de libertades, sustituyó a un tirano, Hitler, por otro, Stalin, quien desparramó el marxismo y la guerra fría por todo el planeta.

Amnistía Internacional denuncia crímenes de guerra en los ataques con drones. Por caso, el de Manama Bibi que estaba recogiendo verdura en Pakistán cuando un proyectil la pulverizó delante de varios nietos. “Nos preocupa que estos ataques hayan resultado en muertes ilícitas”, afirma el análisis, como si hubiera homicidios lícitos cuando, para la ley moral natural, no los hay. Entre 2004 y el pasado septiembre, Washington realizó unos 370 ataques de ese tipo en Pakistán, y se calculan hasta 600 civiles muertos. Y todo este delirio de muerte no consigue, finalmente, los objetivos deseados, como no lo hizo la SGM. Precisamente, la “primavera árabe” ayudada por los bombardeos de la OTAN es un gran fiasco. Todo empezó en Túnez que hoy, con el dictador Ben Alí derrocado, es una “prisión a cielo abierto”, con detenciones masivas de críticos al gobierno islamista del partido Ennahda, además de asesinatos y una recesión económica sin precedentes.

Mientras que la Libia “liberada” por los bombardeos de la OTAN está casi tan mal, y va para peor, que con Gadafi, Egipto retrocede a las peores épocas de Mubarak. La reciente propuesta de una ley restrictiva del derecho a manifestarse ha hecho aflorar las tensiones en una alianza gobernante heterogénea que va desde “liberales” hasta estamentos vinculados a Mubarak. Desde el 3 de julio la represión asesinó unas mil personas y otras 200 han muerto en ataques terroristas. Entretanto, los militares quieren ampliar sus prerrogativas constitucionales.

En fin, resulta increíble que a esta altura del desarrollo de la ciencia, la tecnología y el conocimiento humano todavía haya quienes promuevan ideas primitivas y tribales como la incoherencia de creer que “la violencia se puede detener con violencia” (¿?). De pequeño, creía lo mismo, era esperable viniendo de una familia de generaciones de militares. Pero luego, toda la evidencia empírica y científica me mostró que los métodos pacíficos son los únicos eficientes para detenerla. Como el imperio soviético, creado por la SGM y derrotado por la paz.

Al grito de “asesinos” fueron recibidas las autoridades en el funeral por las víctimas de Lampedusa, es que son quienes sostienen la ley Bossi-Fini, que criminaliza a los inmigrantes —que escapan de la primavera árabe— y a quienes los ayudan, demostrando con los hechos que, lejos de querer ayudarlos, según justificaban los ataques de la OTAN, los desprecian.

El autor es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California.

https://twitter.com/alextagliavini (@alextagliavini)

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