“RUSH” (Pasión y Gloria)

La trama de “Rush” se centra en la rivalidad entre el volátil corredor británico James Hunt (Chris Hemsworth) y Nikki Lauda (Daniel Brühl), genuina leyenda de las carreras de autos. Ambos se presentan como polos opuestos.

Por Juan Carlos Ampié

 

La trama de “Rush” se centra en la rivalidad entre el volátil corredor británico James Hunt (Chris Hemsworth) y Nikki Lauda (Daniel Brühl), genuina leyenda de las carreras de autos. Ambos se presentan como polos opuestos. Hunt es fiestero e irresponsable. Lauda estudia fastidiosamente la mecánica de sus autos y la geografía de sus pistas. Hunt es atractivo y mujeriego. Lauda es fríamente consciente de su apariencia ratonil. En el fondo, se presentan como dos filosofías distintas a la hora de enfrentar la vida. Hunt es el impulso que no mira atrás y no mide las consecuencias. Lauda es la reflexión que no toma un paso sin antes estudiar todas las ramificaciones posibles. Uno es fuerza, el otro es intelecto.

Quisiera decirle que la película de Ron Howard profundiza sobre esa dicotomía, pero el director es, en el fondo, un entretenedor, y toma el camino de la menor resistencia. Reuniéndose con Peter Morgan, su guionista en “Frost/Nixon” (2008), Howard nos presenta un melodrama deportivo convencional. La película es el retrato de una amistad/rivalidad, con secuencias de carrera que destilan la labor de sus protagonistas en un miasma impresionista. El director de fotografía Anthony Dod Mantle hace un trabajo ejemplar a la hora de registrar sus imágenes, pero el grueso del trabajo sensorial lo realizan los ingenieros de sonido. Es una experiencia sonora envolvente, que demanda ser vista —o más bien, escuchada— en la sala de cine.

Hay un par de ideas que el guion enuncia, pero que el director decide activamente no explorar. En el mercado de la celebridad, sea deportiva o artística, la “estrella” se despoja de su humanidad para convertirse en objeto de venta. El corredor es intercambiable con su carro. Hay una intimación en esa dirección cuando la víctima de un monstruoso accidente es sometida a una aterradora terapia que recuerda a una reparación mecánica. El cuerpo humano es, simplemente, una máquina más. También hay una ligera alusión al desprecio por la vida en favor a la economía del espectáculo, cuando las autoridades del circuito de Fórmula 1 dan luz verde a una fatídica carrera en terribles condiciones atmosféricas. “Los derechos de transmisión ya están vendidos”, es la explicación sumaria. Y el machismo triunfalista inscrito en la mitología deportiva le da el último empujón a la fatalidad.

En lugar de explorar esos ejes que meterían mucha estática emocional, Howard se concentra en una trayectoria narrativa de prueba, tormento y superación. El epítome de la falta de sutileza es un montaje que muestra a Hunt, en el pináculo de su fama, enfrascado en una jornada de sexo, drogas y rock-and-roll. El juicio moral es dispensado por la banda sonora, reproduciendo “Fame”, el clásico himno de denuncia a la disolución escrito por David Bowie y John Lennon.

La película es narrada por Lauda, pero el dispositivo es aplicado sin disciplina. Vemos eventos de la vida de Hunt que su rival no pudo haber conocido. La voz en off desaparece por buena parte del metraje y regresa para recapitular el destino final de los personajes. Mi conocimiento de las carreras de autos se reduce a la vieja serie de anime “Grand Prix”, así que el evento focal de la película —una carrera en Nürburgring— me tomó por sorpresa. Aún así, quedé deseando que la película fuera más ambiciosa en su alcance. Si nos apegamos a su visión de la vida, quería que fuera hecha por Lauda y no por Hunt.

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