Nuevamente el Partido Liberal Independiente (PLI) vuelve, después de sesenta y nueve años, a ser referencia política en la historia de Nicaragua.
Por tanto, la responsabilidad que tenemos que asumir nos obliga a tener presente la filosofía y principios de nuestros fundadores y de quienes con posterioridad mantuvieron la dignidad e integridad moral ante el acoso de gobiernos dictatoriales.
Hoy tenemos por delante dos acontecimientos fundamentales, por un lado la restructuración o renovación de las directivas a nivel nacional y por otro las mal llamadas reformas constitucionales.
De cara a la restructuración del partido, se puede salir con una organización fortalecida o debilitada, según el proceder de las autoridades que llevan a cabo este mandato del Comité Ejecutivo Nacional.
Si todo se conduce de acuerdo a los Estatutos y con la participación amplia de las bases y el respeto a la voluntad de las mismas, el resultado será positivo para el partido, pero si las asambleas se desarrollan de otra manera y como consecuencia surgen impugnaciones u otras demostraciones de descontento, el partido tendría que repensar si se está alejando de su verdadera filosofía y deponiendo sus auténticos principios.
Con respecto a las mal llamadas reformas constitucionales, nuestra situación es más delicada y de mayor cuidado, porque todos los nicaragüenses tienen sus ojos puestos en la Bancada Alianza Partido Liberal Independiente y de la decisión que se adopte en el Plenario dependerá que el PLI se mantenga con dignidad en la palestra política nacional o sufra la deserción de una militancia que avergonzada quedaría a la espera de un liderazgo creíble.
Espero, deseo y confío que sepamos estar a la altura de las circunstancias y que quienes tenemos, unos más y otros menos, poder de decisión sepamos demostrar que nos importa el partido y que sentimos como verdaderos PLI el peso de la historia que nos acompaña.
Ya es bastante doloroso que se diga que el PLI está fraccionado en pedazos y que los liberales, por los apellidos, no somos capaces de entendernos, aún cuando los principios y postulados del liberalismo los proclamamos todos, esta situación tiene que cambiar y si tenemos buena voluntad y somos serios en la defensa de la democracia tendremos que buscar la forma de reencontrarnos, sin resentimiento, todos los liberales.
Las cosas han cambiado y las bases hablan por sí mismas y estas con sus dirigencias tienen que dialogar, porque ahora la obediencia se logra a través de la persuasión y no por imposición, a los liderazgos se les respeta pero no se les teme, porque esta nueva modalidad nos hace más libres y menos dependientes.
No es fácil ser político en las actuales circunstancias, porque pocos creen en nosotros y la razón está en que muchas veces hacemos lo que en nuestros discursos le criticamos a otros y eso nos hace más censurables, las personas quieren vernos consecuentes, que haya correspondencia entre lo que decimos y hacemos.
Esta es la razón por la cual si militantes y dirigentes de un partido político hacemos todo lo contrario de lo que se espera de nosotros, no se debería castigar con señalamientos y acusaciones al partido sino a la persona, porque en una organización política hay también personas honestas, trabajadoras y demócratas, que no merecen compartir la censura que otros se han ganado.
A toda la militancia liberal y no liberal, a los sin partidos, a los indiferentes, a cada ciudadano en concreto debe importarnos el cambio del sistema político que se nos trata de imponer a través de las reformas constitucionales, porque nuestra libertad está amenazada, nuestra familia está amenazada, nuestro credo religioso con el panteísmo está amenazado y nuestra democracia también está amenazada, solo unidos, sin buscar provecho sobre otros y generando confianza podremos enfrentar e impedir que se siga construyendo los cimientos para una larga y dinástica dictadura. El autor es diputado y Vicepresidente Nacional del Partido Liberal Independiente.
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