Ojalá Ortega siga los pasos de Mandela. Y el resto de los nicaragüenses también. Todos tenemos mucho que aprender de él: su capacidad de diálogo, su apertura al adversario, su espíritu conciliador. Desmond Tutu, arzobispo de Sudáfrica y su amigo, reveló que cuando en sus conversaciones privadas él le mencionaba alguno de sus adversarios, Mandela comenzaba a buscarles los puntos buenos. Esta actitud le permitió lograr una reconciliación entre blancos y negros, que tras los terribles años del apartheid parecía imposible.
Para un verdadero diálogo tiene que haber un mínimo de apertura a la positividad del otro. Ningún diálogo es posible cuando se demoniza al adversario o se le ve totalmente negativo. Entonces lo que hay es negociación; juego de tercia, de fuerzas y mañas, pero no diálogo que acerca y abre puertas a la concordia.
Los obispos nicaragüenses acaban de tener un encuentro cordial con Ortega y anunciado su esperanza en iniciar un diálogo constructivo. No todas las reacciones han sido positivas. “Ortega seduce a obispos con diálogo”, dijo un titular. El atribuir una especie de debilidad moral a obispos de gran integridad refleja la suspicacia que existe en nuestra cultura —en toda ella, no solo en la periodística— hacia el diálogo. Reclamamos diálogo, pero cuando ocurre nos incomoda.
El origen de este síndrome ha sido, precisamente, nuestra tendencia maniquea a considerar al adversario como absolutamente malo e incapaz de redención. Mandela tenía sobradas razones para rechazar ardientemente a sus opresores blancos: lo habían encarcelado 27 años, habían masacrado y discriminado a su pueblo. Y sin embargo, no solo dialogó con ellos, sino que los invitó a sentarse en su mesa para desarrollar juntos el país. Su apertura realizó el milagro y hoy se le venera, con razón, como un gigante de la paz.
Hay que dialogar sin ser ingenuos; “astutos como serpientes”, dijo Cristo. Pero hay que dialogar. Hasta la fecha el diálogo con Ortega ha traído buenos frutos. Cosep lo ha hecho, con las consabidas incomprensiones, y ha cosechado un entendimiento entre el empresariado y el Gobierno que ha sido positivo para el país. Ojalá lo puedan hacer los obispos, y con ellos todos los sectores relevantes.
El diálogo no es panacea mágica pero puede cambiar muchas cosas. La grita contra la inicial falta de consultas de las reformas constitucionales tuvo cierto efecto: se abrió un diálogo corto y limitado donde pudieron expresarse las principales objeciones. Y esto también tuvo su efecto. Ortega hizo cambios, que aunque algunos califican de cosméticos, son importantes: entre ellos quitarle fuerza de ley a los decretos administrativos del ejecutivo, no incluir a los Gabinetes de Familia, no exigir que las bases de datos de los servidores estuviesen solo en Nicaragua, etc.
Puede argumentarse que todo, incluyendo el encuentro posterior con los obispos, es puro teatro o táctica: dos pasos adelante un paso atrás. Quizás. Los acontecimientos del próximo mes probarán si Ortega está en plan de verdadero diálogo. Porque falta todavía discutir las reformas en la próxima legislatura, que es la que en definitiva aprobará, modificará o rechazará sus contenidos.
Si Ortega concede a la discusión suficiente tiempo, y sigue tomando en cuenta las consultas, demostrará sinceridad y espíritu dialogal. Si por el contrario busca apurarlas, para que pasen sin mayor discusión en enero, estará desvirtuando su actuación e invitando a pensar que no es digno de confianza. La pelota está en su cancha. Es su oportunidad para seguir los pasos de Mandela, quien conquistó el aprecio mundial no dominando, o arrinconando rivales, sino estrechándoles las manos. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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