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El Qunu de la infancia de Mandela y el de su funeral

Hace casi 90 años el niño Nelson Mandela correteaba por las calles y el paisaje verde y ondulado de Qunu y, desde entonces, poco ha cambiado en este pueblito del sudeste de Sudáfrica.

Sudáfrica/AFP

Hace casi 90 años el niño Nelson Mandela correteaba por las calles y el paisaje verde y ondulado de Qunu y, desde entonces, poco ha cambiado en este pueblito del sudeste de Sudáfrica.

«El pueblo de Qunu estaba situado en un valle verde, estrecho (…) Allí no vivían más que unos pocos cientos de personas», explica Mandela en sus memorias, «El largo camino hacia la libertad».

En la actualidad Qunu, compuesto de grupos de viviendas dispersos, tiene varios miles de personas que estos días asisten con aparente indiferencia a la invasión de periodistas de todo el mundo.

Sigue sin haber muchos árboles, como ya explicaba Mandela, posiblemente por culpa de los bueyes y cabras que se ve pastar a sus anchas.

De hecho, la parte última del cortejo que este sábado trajo a Mandela a Qunu tuvo que pararse para ceder el paso a una manada de esos animales que quería cruzar la carretera.

Cuando Mandela era niño, uno de los ritos iniciáticos de la vida civil en Sudáfrica era la asignación de un nombre europeo. Le llamaron Nelson, «quizás tuvo algo que ver con el gran almirante inglés», decía Mandela. La escuela de hoy se llama Milton Mbekela y es más grande, pero sigue investida del aire de las escuelas rurales.

Cerca de la escuela está la tienda de comestibles, la única, cuyas existencias están protegidas por una reja, uno de los pocos signos del cambio de los tiempos.

«Este no es un lugar seguro», explica Alí Hamad, de 23 años, paquistaní, miembro de quizás la única familia inmigrante de Qunu, orgulloso de vivir «en el mismo sitio que Mandela».

Roor Thwala tiene 53 años y es el guarda de una clínica que no existía cuando Mandela era un niño y que él inauguró en 2001.

La clínica atiende a 100 personas al día. En cambio, al padre de Mandela nunca le visitó un médico, relata Mandela. «Estaba claro que no iba a durar mucho en el mundo», explica sobre el día en que llegó enfermo a casa y murió, cuando el líder sudafricano tenía 9 años.

Thwala dice que «el pueblo es muy diferente» y señala todos los lugares en los que antes no había casas y hoy sí.

Su infancia, la de Mandela y la de los niños de Qunu de la actualidad está hecha de escuela y mucho vagabundeó por los espacios abiertos del pueblo, aunque las cercas y los alambrados son muchos más hoy. «De pequeño sólo sabía que Mandela estaba en la cárcel, nada más», explicó.

No hay muchos indicios de que los vecinos estén tratando de ganar un dinero a costa de los periodistas y otros visitantes. Tan solo un par de carteles en la calle principal ofreciendo alojamiento y una parada de recuerdos y comida.

La patría perdida

Dicen que la infancia es la patria de los hombres y la de Mandela transcurrió en Qunu.

Tras la muerte de su padre, la madre de Mandela decidió que su porvenir estaba en otro lado y lo mandó a criarse con «el regente» de la tribu. Luego vendría un periplo extraordinario: los años de formación y trabajo en Johannesburgo, el activismo político, la cárcel, la presidencia y los honores.

Pero Mandela nunca olvidó Qunu y volvió y se construyó una casa en cuya tierra será enterrado el domingo.

El líder sudafricano guardó muy vivo en la memoria el día en que se fue del pueblo siendo un niño.

«Empaqueté las pocas cosas que tenía y una mañana temprano me fui en un viaje al oeste hacia mi nueva residencia».

«Qunu era todo lo que conocía y lo amaba del modo incondicional en que un niño ama su primera casa».

«Estaba más de luto por el mundo que dejaba atrás que por mi padre …».

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