Ser bachiller

La ceremonia de promoción, que dura cerca de dos horas, acaba y sobre la tarima se arman sesiones grupales para fotos que con suerte se colgarán en la sala de alguna casa. El calor abochorna en este auditorio de techo alto del colegio Maestro Gabriel que esta mañana de jueves se ha inundado de bachilleres del colegio República Argentina.

Juan Bautista Arríen, representante de Unesco en Nicaragua.

 

Amalia Morales

La ceremonia de promoción, que dura cerca de dos horas, acaba y sobre la tarima se arman sesiones grupales para fotos que con suerte se colgarán en la sala de alguna casa. El calor abochorna en este auditorio de techo alto del colegio Maestro Gabriel que esta mañana de jueves se ha inundado de bachilleres del colegio República Argentina. Decenas de muchachos enfundados en togas y birretes rojos, que dieron a hacer por 400 pesos, suben en tropel al estrado. Abajo, cual paparazzis aficionados, papás orgullosos en saco y corbata, y mamás entaconadas y abuelas emocionadas, acompañadas con hermanas y tías embutidas en trajes de gala a mediodía, estiran los brazos, enfocan y capturan risas con lágrimas en las pantallas de celulares y cámaras digitales. Los mechones verdes del pelo de Judith Murillo, alisados para la ocasión, sobresalen debajo del sombrero académico. Su maquillaje es breve. Sus ojos ríen más que esa hilera de dientes blancos que asoman por su boca apenas pintada.

Parece el último juego de un campeonato en el que los jugadores, ya agotados por la jornada, llegan dispuestos a darlo todo. No hay más presión por exámenes. Para Murillo quedaron atrás los desencuentros con el profesor evangélico de matemática, que a veces predicaba más de lo que enseñaba. Tras cada foto hay cambios de poses, nuevas espaldas detrás de las que cruzar los brazos. Se exhiben cartones que certifican la aprobación de quinto año. En esos eternos minutos de fotos a algunos les cuesta mantener la sonrisa. Los cuerpos se cuecen debajo del gabán rojo. Corren gotas de sudor por frentes y patillas. Es quizá la última vez que muchos de estos, que rondan los 17 y 18 años, vuelvan a coincidir. Es la despedida. El fin de la secundaria.

Y ahora, ¿qué sigue?

Para Judith Murillo, 17 años, habitante del barrio La Primavera, lo que sigue es trabajar y estudiar. Así. En ese orden. A Judith le gustaría invertir las cosas: primero ir a la universidad y después trabajar, como harán muchos de los cincuenta mil bachilleres que salen cada año de secundaria en el país. “Me gustaría estudiar administración turística y hotelera, pero no tengo recursos para seguir una carrera”, dice. Pensó en prematricularse en la Universidad Politécnica (Upoli), pero le faltaron los 450 córdobas para la prematrícula. Y en la UNAN, “me dijeron que ya estaban llenos los cupos”.

Judith es la última de cinco hermanos. Ninguno fue a la universidad. Tampoco sus papás. Algunos son técnicos. Una de sus hermanas trabaja en la Zona Franca.

Gracias a una beca que un hermano le gestionó en el Instituto Nacional Tecnológico (Inatec), este año sacó seis niveles de inglés en cursos dominicales. Espera que su poco inglés le sirva para entrar a trabajar en Sitel, un centro de llamadas donde es requisito saber ese idioma y que se ha convertido en la opción laboral de miles de universitarios. Antes de entrar a la “maquila rosa”, como también se les llama a estos call center, Judith va a acomodarse en el área de atención al cliente de Invercasa, donde otro familiar le va a conseguir trabajo en enero.

Cuando trabaje dice que va a seguir con el inglés los fines de semana. Trabajar, primero, estudiar, después. Esa es la fórmula de esta morena delgada que alguna vez viajó a Costa Rica, y otra vez, una semana a España, y desde entonces sueña con ser aeromoza.

INGENIERO DEL CANAL

La fórmula no es la misma para todos los bachilleres. Para muchos, el paso natural es la universidad. Frank Joel Herrera, 17 años, bachiller del colegio Pureza de María de Villa Venezuela, quiere ser ingeniero. “Voy a estudiar ingeniería industrial en la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería)”, dice Frank quien hará el examen de admisión en enero. “Estoy en los cursos sabatinos de matemática en el RUPAP (Recinto Universitario Pedro Arauz Palacios)”. Dice que no fue el mejor, pero tampoco es el peor alumno de matemática. “Soy bueno, sí”, dice convencido, apoyando los codos en una de las mesas de la zona de comidas rápidas en Multicentro Las Américas, en Managua.

No fue tan fácil decidirse por Industrial. Al principio quería Ingeniería en Sistemas, pero averiguó el pénsum de las dos y halló más ambiciosa la industrial. “La ingeniería en sistemas se centraba mucho en las computadoras, pero el industrial se encarga de más cosas, de la economía, voy a ver contabilidad, cosas relacionadas con la economía, dibujo técnico, hasta voy a llevar un semestre de ingeniería en sistemas… también voy buscando por si logra construir el canal, trabajar en eso”. Reconoce que le falta el inglés. Hizo un par de niveles, pero cuenta que no era un buen colegio.

Frank es parlanchín. Habla de la universidad, de sus planes con la seguridad de un adulto y de la época recién pasada del colegio. Recuerda que fue presidente del colegio porque le gustaba organizar cosas, y que cuando llegó a estudiar allí, le apodaron el “monstruo” porque sacó 40 de 40 en el examen de matemática. Nunca más se repitió la nota. Se ríe. Insiste en que es un estudiante bastante bueno. Se tiene.

[doap_box title=»Un ejército de bachilleres» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]

55,000 bachilleres egresarán este año de los colegios de secundaria, según datos del Ministerio de Educación.

30,000 serán absorbidos por los cupos que ofrecen las universidades públicas, según han dicho las autoridades del Consejo Nacional de Universidades (CNU).

506,835 personas se matricularon este año en secundaria regular y también en la modalidad secundaria de jóvenes y adultos, según cifras del Mined.

02 de cada 100 muchachos que entran a la escuela primaria terminan la escuela secundaria.

1,807,000 se matricularon este año en las distintas modalidades del Ministerio de Educación, según arrojan datos del Ministerio de Educación.

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Las universidad que reciben presupuesto del 6 por ciento deberían ampliar la oferta técnica y “adecuarse mejor a la realidad” y a la demanda de los estudiantes, considera Cefas Asensio, experto en Educación.

Universidades como la UCA (Universidad Centroamericana) y la Upoli, son algunas de las que han ido ampliando el universo de carreras técnicas superiores.

Asensio insiste en algo que es casi un lugar común: el país debe invertir en educación. “Son sumamente necesarios los profesionales, pero también los técnicos”. Por eso se debe revisar el currículo escolar, “hay que desarrollar el emprendedurismo” y apoyar pequeñas iniciativas que les permita a los jóvenes “no solo esperar que los empleen, sino que les de idea de hacer su propio negocio”, dice Asensio, quien también recomienda incentivar, “los concursos de proyectos innovadores de Ciencia y Producción que buscan como despertar la creatividad, la investigación científica y técnica”.

A la par, Asensio recomienda invertir más en la formación docente. Recuerda que más de la mitad de los maestros de secundaria son empíricos. En ese sentido, Juan Bautista Arríen, representante de Unesco, espera cambios a mediano y largo plazo con la implementación de medidas que el Gobierno ha anunciado para el año entrante.

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Esta tarde, después de Las Américas irá al parque de la “infancia feliz”. “Voy a Chayolandia con las chavalas”. Sale con las mismas compañeras del colegio. Con algunas comparte las mismas preocupaciones por los exámenes de admisión. En su colegio aunque la mayoría de alumnos eran de estrato medio bajo, algunas se irán a estudiar fuera del país. Hay una excompañera que se irá a estudiar a Panamá.

JUGADORA DE BALONCESTO

Por un asunto económico, muy pocos piensan en irse del país al finalizar la secundaria. Muchos ni siquiera quieren irse muy lejos de sus ciudades.

Es el caso de Iony Jerrelle Slate Ellis, 18 años, del barrio Punta Fría, en Bluefields. Iony acabó la secundaria en el colegio San Marcos de esa ciudad costeña. Ahora que salió de clases sus días transcurren en ayudar a su mamá con algunos quehaceres domésticos, en cuidar a su abuela mal que está enferma de la rodilla, y en jugar baloncesto. El día de la promoción a Iony le entregaron un reconocimiento por ser la mejor jugadora de baloncesto del colegio. Juega en la selección del colegio, en la de Bluefields y también en una selección que no sabe si es nacional, pero que la obliga a viajar a Managua y a otros países de Centroamérica.

La semana entrante vendrá a jugar a la capital. Aquí está su hermana que estudia medicina en la BICU (Bluefields Indian and Caribbean University). Ambas practican este deporte desde los 12 años.

No se considera tan alta, pero se describe como un poco más alta que el tamaño promedio de sus amigas.

Iony como Judith Murillo también sueña con viajar por el mundo. Por eso dice que va a estudiar administración turística y hotelera en la BICU.

Mientras habla por teléfono se oye el ruido de parlantes. Cuenta que está en el barrio Fátima, a varias cuadras de su casa. Anda en el acto de promoción de otra amiga. Entre jugar y estudiar, Iony prefiere lo segundo. “Mis papás me han dicho que primero hay que estudiar para ser alguien en la vida”.

EN MATAGALPA ME QUEDO

A nueve horas de Managua, en San José de Bocay, Xiomara del Carmen Zamora, 17 años, tampoco piensa en la capital como su futura residencia. “He ido y no me gusta”, dice Xiomara sobre la capital. “Quiero estudiar Ciencias de la Educación en la UNAN de Matagalpa”, dice y cuenta que el 2 de enero va a emprender con su mamá un viaje de siete horas en bus, de San José hasta Matagalpa, para inscribirse. En ese viaje va a invertir parte de los mil pesos del bono que le dio el gobierno a los bachilleres de colegios públicos.

Xiomara viste bluyín negro y una camisa blanca en la que se lee en el extremo derecho: “Xiomy” —como le dicen sus amigos del colegio—, y al otro lado del pecho está el emblema del instituto de Bocay Salvador Mendieta.

En estos primeros días de diciembre ha estado reuniéndose con sus amigos de colegio, ultimando detalles de la promoción. Dice que de 24 solo 16 van a subir. Al resto no le gustan los colores morado y negro que escogieron para la toga y el birrete.

Si se va a estudiar a Matagalpa se quedará a vivir donde una tía. Su pariente le ha dicho que si no estudia, ella le ayuda a conseguir trabajo. Aunque Xiomara confía en lo que aprendió.

“Tuve excelentes” maestros, sobre todo, “el de español, matemática y biología, eran muy buenos”. De irse a Matagalpa, además del apoyo de su mamá, de quien depende económicamente, va a contar con una beca de la Alcaldía de San José de Bocay. Ella y otros cuatro estudiantes tendrán ese beneficio.

BACHILLER TÉCNICO

Trabajar y estudiar o estudiar y trabajar, no es un debate para José Ezequiel Calero Villalta, 18 años, quien ahora que concluyó su bachillerato técnico en el Instituto Manuel Olivares, hará las dos cosas. “Hay más beneficios en este colegio”, dice José Ezequiel, un chavalo alto, delgado, que usa gafas y zapatillas deportivas de marca.

Los papás de José Ezequiel emigraron hace ocho años a Estados Unidos. Ambos se quedaron sin trabajo y con tres hijos que mantener decidieron irse. Dejaron a sus hijos al cuidado de una tía. El mayor de los hermanos de José Ezequiel ya vive aparte, tiene dos hijos y una esposa. Él y su hermana están bajo el dominio de su tía y sus papás con quienes habla casi a diario y quienes le costean sus estudios. Su hermano está en el último año de contabilidad en el Rucfa, y fue él quien lo influenció a optar por una carrera técnica cuando finalizó tercer año.

“Tengo un técnico y puedo ir a cualquier empresa y me agarran aunque sea como auxiliar, pero si voy solo como bachiller no me agarran”, razona este chavalo que en sus ratos libres cuida a dos perros, un pitbull y un labrador, y juega futbol.

José Ezequiel ha influenciado a otros para estudiar carreras técnicas paralelo al bachillerato. Su novia, Jennifer Santana, también entró y se graduará el año que viene. Aunque cada vez es mayor la demanda de educación técnica, los bachilleres apuntan sus cañones para la universidad.

Frank Herrera dice que se ganó una beca para estudiar una carrera técnica con la Fundación Victoria el año entrante, pero la rechazó porque el horario le chocaría con el de la universidad.

En el caso de Xiomara, ella nunca ha contemplado la escuela técnica y tampoco recuerda que sea una opción para sus amigos. “Tal vez unos tres, pero la mayoría piensa en la universidad”, dice esta muchacha de cejas arqueadas y voz pausada, que a esta hora se habrá colgado la toga, el birrete y la estola negra y morada, y será un bachiller más.

“TRONCO” DE PROFESORES

Amalia Morales

Soplaban vientos de prosperidad en la Nicaragua de los sesenta. En años de dictadura el país se abría al Mercado Común Centroamericano, MCC. Emergió una industria incipiente, surgieron nuevas empresas, aumentaron las exportaciones. Entró en juego la ayuda económica de la Alianza para el Progreso del Gobierno estadounidense. Había trabajo. No había muchos profesionales. Los bachilleres que se desgranaban de colegios como el Ramírez Goyena, el Primero de Febrero, que eran pocos en comparación con los miles que salen ahora, eran absorbidos por esa estructura económica pujante, explica Juan Bautista Arríen, profesor, exfuncionario del Ministerio de Educación (Mined) y representante de UNESCO (Organización de Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura) en Nicaragua.

Arríen recuerda que en esos años hubo  una coyuntura económica propicia para emplear a los bachilleres que salían de los colegios, pero también reconoce que un bachiller de entonces “estaba mejor preparado que ahora”.

Incidían varios factores en ello. Uno, sin duda, según Arríen, es que la educación estaba concentrada. Eran pocos los que podían acceder al sistema educativo. No cree que llegaran a 4,000 los bachilleres. Ahora rondan los 55,000. 

Sin embargo, los pocos que se preparaban iban a colegios como el Ramírez Goyena, el Primero Febrero, y privados como La Salle, El Centroamérica. Las clases eran impartidas por maestros salidos  de la normal de varones  Franklin Delano Roosevelt, en Jinotepe y de la escuela normal de señoritas doña Salvadora Debayle  en San Marcos. Llegaron al país profesores de la talla del chileno Fidel Coloma.

“La docencia estaba en manos de un profesorado que tenía pegada… eran tronco de profesores”, dice Arríen.

Entre esos profesores eminentes recuerda a Edelberto Torres y el matemático Alfonso Carrillo, que vestía de traje blanco. Ambos, por su rigurosidad y conocimientos tenían gran prestigio en la comunidad. 

“Los muchachos tomaban más en serio el bachillerato. Estudiaban más”, apunta. “Esa fue una época realmente muy rica, que coincidió con toda esa coyuntura económica”. Era común que los bachilleres de colegios públicos rindieran más que los egresados de colegios privados.

En la misma línea, Cefas Asensio Flórez, experto en educación, recuerda que el perfil del bachiller incluía estudios sólidos de inglés, y en algunos colegios también recibían hasta dos años de francés, de tal manera que un bachiller de antaño sabía expresarse en otros idiomas, redactar cartas. “Se les daba herramientas para incorporarse rápidamente al trabajo”, dice Asensio Flórez.

MÁS MADUROS

Otra característica de entonces, es que había bachilleres más maduros. Recuerda que  a los 24 años, cuando empezó a dar clases en el colegio Centroamérica de Granada, le llamó la atención hallarse con estudiantes de 19 y 20 años. En esa época nadie iba a preescolar o eran muy pocos. Ahora se empieza a estudiar desde preescolar. Y muchos chavalos se bachilleran a los 15 y 16 años. 

“La calidad era mejor, pero esa calidad educativa estaba concentrada, porque a la par teníamos un analfabetismo del cincuenta y tanto por ciento, por tanto no puedo decir que la calidad de educación del país era mejor”.

El representante de UNESCO cree en los años ochenta cambió todo. La coyuntura de la guerra trastocó todo y la figura del bachiller “se fue desbalanceado por otras prioridades”. Pese a ello la educación se masificó, se amplió bastante la cobertura. “Se sembraban escuelas”, dice Asensio Flórez, pero no se invirtió en calidad docente. Arríen cree que poco a poco se ha ido recuperando la calidad. “Han cambiado muchos las cosas”. Sin embargo, cree que a la secundaria hay que dotarla aún de “identidad”.

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