Mucha sed de aventuras

Pese a sufrir enfermedades tropicales y un par de accidentes de avión, Ernest Hemingway disfrutó tanto de sus dos safaris en el continente africano que dejó escrito: “Nunca conocí una mañana en África en la que no me despertase feliz”.

Las graves heridas del segundo safari provocaron el declive físico y psicológico que arrastró a Ernest Hemingway al suicidio el 2 de julio de 1961. LA PRENSA/AGENCIAS

Pese a sufrir enfermedades tropicales y un par de accidentes de avión, Ernest Hemingway disfrutó tanto de sus dos safaris en el continente africano que dejó escrito: “Nunca conocí una mañana en África en la que no me despertase feliz”.

Tras resultar herido en la I Guerra Mundial (1914-1918), casarse dos veces (primero con Hadley Richardson, y luego con Pauline Pfeiffer), vivir en París y sucumbir al encanto de España y el toreo, Hemingway tenía 34 años y sed, mucha sed de nuevas aventuras.

El escritor estadounidense, que en aquella época ya brillaba como una estrella internacional emergente en el firmamento literario, sintió entonces la llamada de África y su naturaleza salvaje, que a la postre inspiraron algunas de sus obras más famosas.

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En la habitación del New Stanley, primer hotel de lujo abierto en la ciudad de Nairobi. el novelista pergeñó algunos de sus libros africanos, como Las verdes colinas de África (1935), una novela que reseña las experiencias de un grupo de cazadores, entre ellos el propio Hemingway, su esposa y Percibal.

Esos textos sedujeron a Hollywood, que los adaptó al cine en las películas The Macomber Affair (1947) y Las nieves del Kilimanjaro (1952), protagonizadas ambas por Gregory Peck.

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El novelista dio rienda suelta a sus emociones y, acompañado de su segunda esposa, Pauline, tomó un barco el 22 de noviembre de 1933 en Marsella (Francia) con rumbo a la ciudad costera de Mombasa (Kenia), adonde arribó 17 días después.

Fue el comienzo de un safari —del que se cumplen ochenta años— que duró unas diez semanas y zambulló al autor en la sabana de Kenia y Tanganica (actual Tanzania), donde sació su pasión por la caza.

No todo fue disfrute en la sabana, ya que contrajo la disentería a los pies del Kilimanjaro, el monte más alto de África, un imprevisto que forzó su evacuación aérea a Nairobi, donde se alojó en el New Stanley, primer hotel de lujo abierto en la ciudad.

El 28 de febrero de 1934, Hemingway terminó su primer safari con tan buen sabor de boca, que se planteó volver a África al año siguiente, pero sus planes tardaron en cumplirse dos décadas.

Acompañado esta vez por su cuarta esposa, Mary Welsh, el escritor regresó a Kenia el 22 de agosto de 1953, más viejo, canoso, con problemas de alcoholismo y convertido en una celebridad mundial.

MOMENTOS FATALES

Su segundo safari sí quedó eclipsado por nada menos que dos accidentes aéreos sucesivos. El primer infortunio ocurrió el 23 de enero de 1954, en un vuelo turístico —regalo navideño a su esposa— de Nairobi al Congo en el que la avioneta se estrelló cerca de las Cataratas Murchison (Uganda), aunque el matrimonio escapó casi ileso.

Sin reponerse aún del susto, la pareja tomó otro avión al día siguiente con el fin de alcanzar la ciudad ugandesa de Entebbe para recibir atención médica, pero el aparato explotó en pleno despegue.

Esta vez, Hemingway y Mary se salvaron de milagro, aunque la peor parte se la llevó el literato al sufrir una fractura craneal, múltiples heridas internas y quemaduras.

La segunda —y atropellada— aventura africana de Hemingway concluyó en marzo de 1954 e inspiró una obra autobiográfica póstuma, Al romper el alba (1999).

En octubre de ese año, recibió el Premio Nobel de Literatura, que no pudo recoger en Estocolmo porque todavía padecía el dolor de los accidentes en África.

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