Pedro Alfonso Morales
Ella cayó en la soledad y la tristeza que es abandono. Dos funestos hablantines la arrojaron al precipicio. Tal vez pronunciar su nombre les quitaba prestigio y aumentaba necesidad. En el suelo suspiraba del dolor que le provocaron sin clemencia.
Por desidia de las lenguas maternales o por los espíritus comerciales y materiales de los habladores, sufría. —¡Ah —se dijo— mi desgracia se arruina en las bocas ajenas y el comercio!Ella se levantó, sacudió su polvo antiguo y su dolor reciente. La razón de tanto pesar que provocaba en los demás, no la halló. Y cuando oyó música en grabadoras, televisores, radios, equipos de sonido, Ipod, altavoces, vinilos con esencia de platos vinta ge, y en móviles equipados con reloj, calendario, juegos, calculadora, cámara fotográfica, vídeos y otros menesteres técnicos, cayó estremecida sin remedio, muerta con la boca abierta. Allí en la plenitud de la calle de los habladores, cayó desparramada, sin aliento.El nombre de las cosas modernas la recogió, pero la dejaron tirada a la orilla de las casas, olisqueada de insectos.
Y la patearon las moscas, la royeron los bichos y el tiempo que pasaba fugaz sin decir adiós. Allí duró a la intemperie, al fuego del Sol y al frío de la noche, pudriéndose en su desgracia de palabra abandonada. Ahora, putrefacta, nadie la reconocía en su indolencia, raída en su vestir, malgastada por el uso y el abuso de los hablantes que gritan las palabras. Al amanecer, se percibió el hedor entre los vecinos del barrio. Doña Turulata, hija de la Mula, una señora malhablada, que lanzaba patadas, fue la primera que advirtió el olisco desde temprano. No sabía a qué atinar las pestilencias de su nariz, pero intuía un tufillo a cacho quemado, a tripas reventadas, a chamusquina de palabras en desuso, a lengua muerta y desvencijada.
—¡Algún perro muerto tiraron por ahí en la madrugada! —dijo la señora, tapándose la nariz con un pañuelo, buscando el lugar de donde provenía la diabla y la sentina.
—¡Ya buscamos por todos lados y nadita hallamos en la calle ni en los patios de las casas! —le contestó, don Locadio, un hombre alocado, pero no tanto como la gente creía, pues de vez en cuando, para su propia conveniencia, se hacía el baboso con las tontas para aprovecharse.
—¿Ya buscaron debajo de las aceras y en los manjoles? —preguntó doña Serafina, que de serafina no tenía un pelo, pues era arrebatada y algunas veces se les zafaban las tejas de la mollera. —¡Ya buscamos hasta en las charcas y cochinadas que dejan las lavanderas! —contestó, don Locadio, acercándose a la acera donde se percibía más fuerte el hedor
Y más loco quedó el arrebatado, cuando descubrió a la muerta. Allí estaba con la cabeza morada, las piernas flacas, puro hueso, las manos peladas, los ojos llorosos, gimiendo de sed. El hombre la tomó en sus manos y la enseñó a los demás y se rieron. La pobre palabra victrola pedía un ataúd para su muerte.
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