Joaquín Roy
Una “relación muy especial”, puede estar ya en la unidad de cuidados intensivos: la que implica a España con América Latina. Las primeras recientes señales de dificultades en las relaciones entre España y la compleja Latinoamérica de hoy comenzaron a atisbarse en las dificultades de encaje de los inmigrantes latinoamericanos en España, atacados por la crisis económica de la primera década del presente siglo.
La reconversión de España en país receptor de inmigración (notablemente, pero no de forma exclusiva, procedente de Latinoamérica) se había apoderado de los medios de comunicación como la gran noticia del cambio de centuria.
Se corregía, de esa manera, la tónica histórica de la emigración española hacia América, efectuada por motivos económicos, políticos y de Estado. El desvanecimiento de la burbuja inmobiliaria fue un golpe contundente que todavía se nota.
España, de “Madre Patria” se convertía en madrastra desagradecida, al invitar a los nuevos llegados a abandonar el nuevo hogar. La “relación especial” era impotente para enfrentarse a los argumentos financieros.
En el camino inverso, el activismo de las inversiones españolas en América Latina, ya desde los noventa, recordaba que las nuevas carabelas llegaban pilotadas por ejecutivos de la banca, compañías telefónicas y empresas energéticas.
Las nacionalizaciones de compañías petrolíferas en Argentina, eléctricas en Bolivia y financieras en Venezuela (entre muchas otras actividades) se entrelazaron con la insólita bronca del Rey Juan Carlos para que el presidente venezolano, Hugo Chávez, se callara.
La “relación especial” entre España y América fue perdiendo enteros, incapaz de servir de escudo cuando concretas circunstancias la hicieran conveniente, como sucede ahora en Panamá.
Curiosamente, la imagen general de España y los españoles no ha sido afectada en la última década en la percepción latinoamericana, como lo demuestran los periódicos de sondeo del Latinobarómetro y las propias opiniones de viajeros y residentes a ambas orillas del Atlántico.
La memoria histórica ha estado contribuyendo asiduamente al mantenimiento de la imagen de esa “Madre Patria”, como expresión frecuentemente vacía de significado denso. Pero, los argumentos intrahistóricos han sufrido también el paso de los tiempos y han sido afectados por la propia transformación de las sociedades latinoamericanas.
La huella familiar del recuerdo por el “abuelo gallego”, aunque superviviente en la presencia hogareña, ya no tiene la misma fuerza de antaño, aunque se mantiene el respeto. Pero el paso de los tiempos y la maquinaria de las conductas económicas y políticas están siendo crueles en el mantenimiento de este vínculo tradicional.
El sutil o explícito descenso de la ayuda tradicional española a América Latina no está pasando desapercibido para los observadores latinoamericanos. Desaparecidos o reducidos en número, los emigrantes tradicionales (hambrientos, refugiados políticos, eclesiásticos caritativos) han sido sustituidos por trabajadores más cualificados escapados de la crisis peninsular, en busca de empleos acordes con su adiestramiento.
Los ejecutivos de empresas con notable impacto mediático han ocupado definitivamente el espacio antaño monopolizado por las autoridades coloniales, sin que la comparación frecuentemente, haya proporcionado mejora en la percepción pública.
Conviene sopesar que los sectores de la actividad empresarial española tiene un riesgo de atención pública muy elevado. Imponen efectos directos en las economías de los ciudadanos (telefonía, suministro de energía, finanzas), con lo que al surgir problemas resulta fácil encontrar culpables, frecuentemente usando los reflejos de enfrentamiento ante el “imperialismo”, antes identificado con otros entes políticos (principalmente norteamericanos).
La supervivencia y transformación del populismo latinoamericano ha hecho el resto. En ese contexto estalla ahora la crisis del Canal de Panamá. En realidad, es un problema de la financiación de la continuación de las obras de la ampliación del sistema de esclusas.
Para numerosos observadores, el incidente reveló en sí, la confirmación de una tónica derivada de la “relación especial” entre España y América Latina. Se trata del liderazgo de un consorcio liderado por Sacyr, una compañía española que se había apoderado de la concesión de los trabajos.
Había superado a otros pretendientes presididos por intereses norteamericanos, como si de reescribir la historia se tratara. Aunque la maraña de cálculo del coste que llevó a la concesión del proyecto es complicada, se puede admitir que parte del éxito se debió al papel jugado por esa “relación especial”.
Los primeros pasos de la controversia llevan ya ingredientes de populismo (por parte del gobierno panameño), competencia con otros intereses (principalmente norteamericanos, impelidos por cierta envidia de actividad en el “patio trasero”), críticas internas acerca de la tradicional picaresca española, y reflejos de la crisis moral que atenaza a España, atrapada en corrupción.
Depende ahora de la evolución que tome el desacuerdo entre el consorcio y el gobierno panameño para que este capítulo confirme la contumaz difuminación de ese vínculo especial o, por el contrario, una dimensión peculiar de su supervivencia.
El autor es Catedrático “Jean Monnet” y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de [email protected]