Pasiones y amores de Rubén Darío

En Rubén Darío los sentimientos amorosos y la admiración por la mujer despertaron muy temprano. Cuenta el propio Darío, en su autobiografía, que en la escuela de primeras letras de la señorita Jacoba Tellería fue sorprendido haciendo con una precoz chiquilla “las bellaquerías detrás de la puerta”, como en el verso de Góngora.

Rafaela Contreras. LA PRENSA/Archivo

En Rubén Darío los sentimientos amorosos y la admiración por la mujer despertaron muy temprano. Cuenta el propio Darío, en su autobiografía, que en la escuela de primeras letras de la señorita Jacoba Tellería fue sorprendido haciendo con una precoz chiquilla “las bellaquerías detrás de la puerta”, como en el verso de Góngora.

“MI PRIMA INÉS”

Más tarde, su sensualidad afloró hacia los 13 años, cuando en la casa de la tía-abuela Bernarda se enamoró de una prima lejana suya, a quien él da el nombre de Inés en su cuento, Palomas blancas y garzas morenas de Azul … “Mi prima Inés, escribe, era rubia como una alemana”… “Inés despertó en mí los primeros deseos sensuales”. En esa época, Darío escribía versos en los álbumes de las niñas que asistían a las fiestecitas de adolescentes de la casa de la tía Rita Darío de Alvarado. Allí conoció a Fidelina Santiago y a Mercedes Manning, a quienes dedicó poemas. También conoció a las hermanas Rafaela y Julia Contreras. Rafaela Contreras Cañas sería, años después, su primera esposa.

La primera mujer que despertó en Darío una pasión erótica fue la adolescente norteamericana Hortensia Buislay. Ella era una niña trapecista que trabajaba en un circo, que llegó a León hacia 1880. Rubén asistía a las funciones todas las noches. Como no tenía dinero para pagar la entrada se unía a los músicos y entraba como parte de ellos cargando la caja del violín o las partituras. Cuando el circo levanta su carpa y se va de León, Rubén quiere irse con el circo para estar cerca de Hortensia y se ofrece como payaso, pero no pasa la prueba.

CON ROSARIO MURILLO

A los 14 años Darío se traslada a Managua y trabaja como secretario en la Biblioteca Nacional. Ya es famoso y le llaman el “poeta-niño”.

Se hospeda en casa del doctor Modesto Barrios, quien le lleva a las fiestas y tertulias literarias de la vieja Managua. En una de ellas conoce a Rosario Emelina Murillo Rivas. Es una niña de unos 12 o 13 años, alta y esbelta. Darío la describe así: “Rostro ovalado, color levemente acanelado”… “boca cleopatrina”, ojos verdes, cabellera castaña, “cuerpo flexible y delicadamente voluptuoso, que traía al andar ilusiones de canéfora”.

Rosario cantaba y tocaba muy bien el piano. Para Rubén, ella era la encarnación de la diosa “Afrodita”, diosa de la belleza y el amor. Se enamora locamente de ella. Se hacen amigos y por las tardes van a la costa del lago de Managua a contemplar las olas y el paisaje. De ella recibe Rubén “el primer beso de labios de mujer”.

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Será Francisca Sánchez, la compañera de Rubén en España y Francia por varios años. Fue esta la relación sentimental más estable de Darío. Ella le decía “Tatay” y también “conejo” y él a ella “coneja”. Diecisiete años convivió Rubén con Francisca Sánchez del Pozo y fue para él, como lo dijo el propio Darío en el famoso poema que le dedicó su “lazarillo de Dios en mi sendero”.
Con Francisca tuvo tres hijos, pero solo sobrevivió el último. La primera fue una mujercita de nombre Carmen, quien murió de viruela a los nueve meses de nacida; luego nació el primer Rubén Darío Sánchez, a quien Rubén llamó “Phocas, el campesino”. Murió de pulmonía a los dos años. El segundo Rubén Darío Sánchez, a quien Rubén llamaba “Güicho” le sobrevivió y fue su heredero universal. Se casó con una dama leonesa de apellido Salgado, de donde provienen los Darío Salgado. Murió en México en 1948.

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Rubén está decidido a casarse con Rosario. Sus amigos se ríen y lo embarcan rumbo a El Salvador. Pocos meses después, regresa de El Salvador y reanuda su noviazgo con Rosario, a quien en el cuento de Azul llama “garza morena”. Sin embargo, llega a sus oídos algo que ha ocurrido con Rosario durante su ausencia. Rubén sufre “la mayor desilusión que pueda sufrir un hombre enamorado”. Así lo dice en su autobiografía. Entonces decide irse del país. Le aconsejan que se vaya a Chile. Tiene apenas 19 años de edad.

Regresa de Chile a los 22 años, después de publicar Azul , que le abrió las puertas de la fama.

Reanuda su noviazgo con Rosario Murillo. Darío sigue perdidamente enamorado de ella. Quiere casarse, pero no tiene un trabajo estable. Sale otra vez para El Salvador. El presidente Meléndez, que es partidario de la unión centroamericana, lo nombra director del diario “La Unión”.

Darío visita el hogar de doña Manuela Cañas viuda de Álvaro Contreras, político hondureño y famoso orador. Doña Manuela tiene dos hijas: Rafaela y Julia. Julia se casa con Ricardo Trigueros, hijo de un rico banquero salvadoreño. Darío se enamora de Rafaela.

Rafaela es una joven de baja estatura, cabello castaño, grandes ojos negros y tez morena, graciosa y con un gran don de simpatía. Rafaela es escritora, escribe cuentos modernistas con el seudónimo “Stella”. Los entrega al periodista costarricense Tranquilino Chacón, quien trabaja en el periódico La Unión, del que Darío es director. Son cuentos de estilo modernista y Darío los publica sin saber que Rafaela es la autora.

SU MATRIMONIO CON RAFAELA CONTRERAS

El 21 de junio de 1890 Rubén y Rafaela contraen matrimonio civil en San Salvador. Al día siguiente hay un almuerzo en honor de los recién casados, al que asiste el general Carlos Ezeta, amigo de Rubén y jefe del Estado Mayor presidencial.

Esa noche hay una fiesta en la Casa Presidencial y se produce una rebelión militar. El presidente Meléndez, protector de Darío, cae muerto de un infarto al saber que el golpista es Carlos Ezeta, el militar de su mayor confianza. Rubén rehúsa colaborar con Ezeta y sale para Guatemala. El presidente de Guatemala, general Barillas, le nombra director de El Correo de la Tarde. Llega Rafaela y se celebra la boda religiosa en Guatemala.

Al dejar la Presidencia Barillas, se cierra El Correo de la Tarde y Darío se queda sin trabajo. Los recién casados deciden trasladarse a Costa Rica, donde Rubén solo consigue trabajos esporádicos en los periódicos de San José. Nace su primogénito: Rubén Darío Contreras, de quien proceden los Darío Basualdo y Darío Lacayo. El primogénito de Darío creció en San Salvador, en el hogar de sus tíos Trigueros Contreras, quienes se encargaron de su educación.

Darío recibe en San José su nombramiento como secretario de la Delegación de Nicaragua que deberá ir a España a las conmemoraciones del IV Centenario del Descubrimiento de América, en 1892. Después de cumplir su misión en España, Darío regresa a Nicaragua y estando en León, en enero de 1893, recibe la infausta noticia de que su esposa Rafaela está gravemente enferma en San Salvador.

Darío tiene la corazonada de que ella ha muerto. El fallecimiento ocurrió por causa de un exceso de cloroformo en una operación quirúrgica. Darío se encierra en su habitación por varios días y se dedica a la bebida. Así concluyó el breve matrimonio de Rubén con Rafaela Contreras, que de haber sobrevivido hubiera sido la esposa ideal para el poeta, ya que ella también era escritora.

MURILLO, SU “MUJER FATAL”

Rubén se recupera, se traslada a Managua. Paseando en coche por la calle El Triunfo, ve en la puerta de su casa a Rosario Murillo. Reanudan el noviazgo a los escasos dos meses de la muerte de Rafaela. En marzo de 1893 se casa con Rosario Murillo bajo la amenaza de Andrés Murillo, hermano de Rosario, en una “historia de violencia y engaño”, como dice Rubén en su autobiografía.

Andrés Murillo acusa, sin fundamento, a Darío de faltar al honor de su hermana, Darío lo niega. Pero todo está preparado: cura y testigos. A Rubén le dan de beber mucho whisky. Al poco tiempo, Rubén y Rosario salen para Argentina donde Darío ha sido nombrado, por gestiones del presidente Rafael Núñez, cónsul de Colombia en Buenos Aires. Llega hasta Panamá con Rosario. Esta se enferma y regresa a Nicaragua. Rubén no la volverá a ver en muchos años.

Después de vivir cinco años en Argentina, donde publicó Los Raros y Prosas Profanas , y ya reconocido como jefe del nuevo movimiento literario modernista, Rubén pasa a España en 1898 como corresponsal de La Nación de Buenos Aires.

En el verano de 1899 conoce a Francisca Sánchez del Pozo, campesina española analfabeta, hija del jardinero de la Casa de Campo en Navalsáuz de los reyes de España, en las sierras de Gredos (Ávila). Francisca tiene 24 años. Rubén la visita varias veces y, finalmente, le propone que se venga a Madrid a vivir con él. Ella acepta. Rubén y Amado Nervo le enseñan a leer.

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