Max L. Lacayo
Cada mes de diciembre, la mundialmente reconocida revista Time nombra a su Persona del Año, basando esta decisión en lo que ellos definen “como el individuo que, para bien o para mal, tuvo el mayor impacto en las noticias y en la vida de los demás” durante los últimos doce meses.
Según la citada publicación, el papa Francisco fue escogido hombre del año 2013 por practicar la verdadera humildad desde el trono más encomiado de la Tierra; por posicionarse en el propio centro del actual diálogo universal con respecto a la bonanza, la pobreza, la justicia, la igualdad de oportunidades, la globalización, la tentación del poder, etc.
Esto, por supuesto, tiende a mantener a la persona seleccionada al frente de las noticias y —por ende— se suscitan numerosas, contrastantes opiniones acerca de esa celebridad. Es así que aparecieron los elogios, las difamaciones y hasta las conjeturas sobre cómo las palabras del papa Francisco derrocarían la economía “neoliberal” (término que, de manera indeterminada, se usa para referirse a la economía de mercado o capitalismo y —a veces— de manera peyorativa para condenar las políticas de liberalización económica y sus defensores).
Cuando este papa habla de las tradicionales doctrinas sociales de la Iglesia, hay quienes asumen que está hablando de una nueva filosofía social. Cuando habla sobre nuestra indiferencia ante el pobre, nuestra “cultura de lo temporal” o de que la cultura de la prosperidad se ha convertido en un callejón sin salida, sus palabras son percibidas —por algunos— como si estuviera dictando políticas o estableciendo nuevas teorías económicas.
Y no faltan los fundamentalistas que lo tildan de marxista cuando exhorta a combatir la pobreza y promueve justicia social. Por su parte, en una exposición balanceada, la editora administrativa de Time dice: “Uno pudiera (también) argumentar que el papa es Teddy Roosevelt protegiendo al capitalismo de sus propios excesos, o que él simplemente nos está diciendo lo que otros papas anteriores nos han dicho, solo que Francisco lo dice de una forma que al parecer la gente está escuchando diferente”.
De ninguna manera las advertencias del papa —sobre las enormes polarizaciones económicas y sociales de estos tiempos y las preocupantes concentraciones de capital— son hechas desde una postura socialista, idealista liberal o por apoyo al artificioso socialismo latinoamericano del siglo XXI.
Francisco es esencialmente sensitivo al abismo que existe entre su mismo entorno y las miserias que plagan a los más necesitados de la Tierra. Tan así que lo han movido a renunciar los lujos que acompañan su posición como supremo representante de la Iglesia católica. Así es como el papa Francisco ha elevado la esperanza del pueblo nicaragüense que clama por su presencia en nuestro suelo.
Existen, sin embargo, algunos innobles que pretenden manipular las intenciones del papa y sin fe en nuestra capacidad de resolver los problemas socioeconómicos y políticos que nos aquejan, intentan promover la viciada idea de encuentros, alianzas y consensos con un cruel y corrupto dictador.
Vale pues recordar a los prelados la virtud de emular al papa en su sentido de humildad, en su condena a las tentaciones del poder, en su lucha de proteger al capitalismo de sus excesos, ya que este sistema es el gran enemigo de la pobreza aunque —por sí solo— no puede combatir los vicios y abusos provenientes de la condición humana, incluyendo el corporativismo y el sistema dictatorial que hoy explota y oprime a los nicaragüenses. El autor es economista y escritor.