JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
Cada primero de enero, una tradición se toma al mundo de la música imperecedera. Ocurre en Viena con puntualidad, en sintonía siempre —y es requisito de la gala— con un acaecimiento histórico paralelo con el plectro de los autores expuestos en concordancia con las efemérides, lo cual traza en la cuna de año nuevo, los signos de una tarjeta reverente y trascendente.
Esta vez correspondió al maestro Daniel Baremboim dirigirse a unos mil quinientos millones de diletantes de 78 países del mundo desde el atril de la Orquesta Filarmónica de Viena que trajo una muestra del almanaque centenario: el comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1916) y la conmemoración natalicia de Richard Strauss, la estrella del poemario sinfónico con motivo de los 150 años del nacimiento.
Hubo otros atractivos de solemne data: poner con categoría de joya de estreno en la organización, un vals de Josef Strauss con el cual se celebró el acuerdo de paz tras la guerra austro-húngara, llamado “Las palmas de la paz”.
Como si físicamente estuviésemos presentes vivimos la seducción desde la distancia a través de la televisión pública ORF.
El consagrado director estiró los brazos lo más que pudo en una demostración extrema de sus laureadas habilidades en la “Musikverein” que debe lucir —aún— las huellas de aquellos portes
El concierto no solo fue sinfonía, páginas echadas al viento para que también se recordara con el mensaje de la ilustración en la deliciosa oxigenación que hace de Viena la capital de la armonía.
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