José Adán Aguerri
En los últimos años, Nicaragua en relación con la región ha sido el país que más ha crecido porcentualmente en su PIB con salarios mínimos acordados de manera tripartita. Y aunque hemos crecido más, somos el país con el menor PIB centroamericano. En el año 2012 nuestro PIB representó en comparación con Guatemala 21 por ciento y 23 por ciento con Costa Rica, las economías más grandes de la región.
El aumento de salario mínimo de septiembre del año 2013 en relación con el incremento anterior de marzo fue de 5.5 por ciento y en ese mismo período el incremento de la canasta básica fue de solo 1.9 por ciento, lo que aseguró la recuperación del poder adquisitivo de los trabajadores en la formalidad.
La canasta básica ha sido uno de los elementos principales en el discurso de la negociación de salario mínimo, pero debemos profundizar en ella. Nuestra canasta básica está compuesta por el mayor número de productos en la región centroamericana ya que en el resto de países de Centroamérica el ciento por ciento de los productos que integran la canasta básica son alimentos, mientras que en Nicaragua este grupo solo alcanza el 43 por ciento (23 productos de 53 son alimentos), es decir, nuestra canasta incorpora además de alimentos productos del hogar, tarifas y artículos del vestuario. Por ello no es comparable con las canastas de la región.
Y es por eso que a finales del año 2011 nuestra canasta básica era la de mayor costo en toda Centroamérica (US$$438 en aquel momento) siguiéndole en orden de importancia y en un porcentaje del costo de Nicaragua: Honduras, 87.2 por ciento; Guatemala, 80.2 por ciento; Costa Rica, 77.7 por ciento, y El Salvador, 58.4 por ciento.
Lo anterior hace que Nicaragua sea la economía con el PIB más pequeño de Centroamérica, pero con el costo de la canasta básica más grande de la región.
Asimismo una de las grandes dudas en torno a la canasta básica es si pretende representar el comportamiento del gasto real o ser un ideal. Esta interrogante surge porque en la actualidad el patrón de consumo de la población es muy diferente del que plantea la canasta básica.
El número de personas por hogar estimado para la canasta básica en nuestro país es de seis, aunque cuando solo se toma en consideración un hogar en el sector urbano esta cifra es cercana a cuatro, lo que implicaría un costo menor. Además de que el costo de referencia es para un hogar de seis personas que incluye cuatro adultos y dos niños, en donde al menos dos personas deben cubrir el costo.
En cuanto a salario mínimo los incrementos hechos desde el año 2008 han superado el comportamiento de la canasta básica, de forma que el salario mínimo ha protegido más, en relación con la inflación, a los que ganan menos, incrementando por ende su salario real, sin embargo, las escalas salariales empiezan a juntarse y presionan al resto de trabajadores con mayor preparación, quienes se ven desincentivados.
La Ley de Salario Mínimo define dos negociaciones anuales y como variables para la revisión salarial el crecimiento del PIB y la inflación, aunque la variable correcta con la cual se ajusta el costo de vida es la tasa de inflación. Es por ello que vemos correcta la decisión del Gobierno de reformar la Ley de Salario Mínimo. La negociación debe ser una sola y no debe seguir siendo un candado la suma del crecimiento y la inflación. En un escenario ideal los incrementos salariales deberían estar en función de los incrementos en la productividad y el crecimiento de la demanda por mano de obra.
Una canasta básica y salarios mínimos, más allá de las condiciones de mercado, debilitan el sector formal y fortalecen el desempleo abierto, subempleo y la informalidad de nuestra economía y arriesgan el objetivo de seguir haciendo crecer el PIB como lo hemos hecho en los últimos años.
El autor es presidente del Cosep.
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