A los analistas políticos les preocupa el rumbo que podría tomar El Salvador, dependiendo de quién gane la segunda vuelta electoral que tendrá lugar el 9 de marzo próximo: el candidato izquierdista radical Salvador Sánchez Cerén, del FMLN, o el del derechista partido Arena, Norman Quijano.
También se hacen conjeturas acerca del viraje que se podría producir en Costa Rica, si en la segunda ronda de la elección presidencial se impusiera el candidato de izquierda, Luis Guillermo Solís, del Partido de Acción Ciudadana (PAC), el cual se ha opuesto a los tratados de libre comercio y quizás trataría de desviar al país del camino económico que ha venido siguiendo hasta ahora.
Sin duda que es importante lo que ocurriría en esos dos países centroamericanos, según que sus próximos gobiernos sean de izquierda o de derecha. Pero la verdad es que nada catastrófico tiene que pasar como consecuencia del cambio de gobierno, en países donde se respetan las instituciones democráticas y funciona un sistema electoral justo y transparente, que permite a la ciudadanía elegir libremente al candidato del mismo partido que ha gobernado en el último periodo, si lo ha hecho bien, o quitarlo del poder si es que no ha sido capaz de responder a las expectativas de la mayoría que lo eligió.
Las ejemplares elecciones que tuvieron lugar el domingo pasado en El Salvador y Costa Rica, confirmaron precisamente lo que aseguramos el sábado anterior: que los sistemas electorales de esos dos países se distinguen esencialmente del de Nicaragua en que son limpios, justos, honorables y confiables, mientras que el de aquí es inconfiable, ventajista y fraudulento a favor del partido gobernante y del caudillo que detenta el poder.
En El Salvador, tres de los cinco magistrados que integran el Tribunal Electoral fueron propuestos por el actual partido de gobierno, el FMLN. El mismo presidente de dicho tribunal, Eugenio Chicas, es un antiguo comandante de uno de los grupos armados que se fusionaron en ese partido radical de izquierda homólogo del FSLN de Nicaragua. Pero no hubo ninguna manipulación en las elecciones del domingo pasado, a pesar de que el candidato oficialista, Sánchez Cerén, no pudo ganar en primera vuelta por un escaso número de votos.
De manera que, aunque en política cualquier cosa puede ocurrir y la democracia de El Salvador no está todavía definitivamente consolidada, se puede confiar en que si el FMLN vuelve a ganar la elección presidencial las instituciones democráticas serán respetadas. Y que en todo caso se harían respetar y en las siguientes elecciones el pueblo salvadoreño votaría libremente para cambiar de gobierno si tal fuese su voluntad.
En Nicaragua, en cambio, no hay elecciones libres sino fraudes y farsas electorales. Daniel Ortega y su partido no respetan las instituciones democráticas y aplican al pie de la letra la recomendación de Tomás Borge, de que por ninguna razón entregarán el poder. De manera que por ahora no se vislumbra en Nicaragua la posibilidad de que pudiera ocurrir esa maravilla de la democracia que sucede en Costa Rica, donde por la vía electoral la izquierda puede sustituir a la derecha en el gobierno, y en El Salvador, donde mediante el voto popular la derecha puede desalojar a la izquierda del poder.
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