Agonía, muerte y funeral de Darío

De la mano de escritos de testigos de la muerte de Rubén Darío, fotografías y testimonios de estudiosos de la vida y obra del poeta, LA PRENSA revive el dramático final del Príncipe de las Letras Castellanas Relata Carlos Cuadra Pasos, en su libro Cuando el cadáver llegó a la Catedral y ya dentro de ella, la gente se apresuraba a coger flores de las andas, hojas, pétalos, y se los llevaban con devoción, como reliquias de un santo”.

09/02/2014

 

José Adán Silva

Fueron seis meses de sufrimiento en los que ardió de rabia, dolor y odio contra los médicos, la sociedad y sus autoridades. Alucinó en su agonía, luchó y protestó a más no poder contra los médicos que lo atendían, se quemó en fiebre, sangró y emanó líquidos, y cuando finalmente comprendió la inminencia de su partida, aceptó recibir el sacramento de la extrema unción, heredar sus bienes y despedirse del mundo que luego habría de rendirle honores póstumos.

¿Cómo fue el final de los días de Rubén Darío? “Más dramáticos y tristes que una novela de terror no podían ser”, dice el doctor Carlos Tünnermann Bernheim, un profundo estudioso de la vida y obra del poeta nicaragüense.

De entre tantas versiones, detalles y rumores que se dijeron y escribieron sobre el final de Darío, Tünnermann da mayor crédito a la crónica testimonial escrita por el periodista y escritor Francisco Huezo (1862-1934), amigo de Darío hasta su muerte, quien revela con toda claridad el drama que sufrió el bardo en el crepúsculo de su vida, al que llegó, dicho sea de paso, con total conciencia pese a lo menguado que estaban sus dones intelectuales.

Vuelta a casa a morir

En 1915, Darío ha decidido regresar de Europa a su tierra buscando la paz y el descanso, puesto que en el llamado Viejo Continente se vivían agitados tiempos de un conflicto político iniciado con la Primera Guerra Mundial en 1914.

A su paso a América, Darío enferma gravemente de los pulmones en Nueva York y sufre de dolores y malestares en Guatemala, hasta donde llega a traerlo su esposa Rosario Murillo de regreso a Nicaragua.

Tras ser recibido con honores bajo el título de Príncipe de las Letras Castellanas, elogios que molestan el irascible estado de ánimo de Darío, el poeta llega a Managua a gestionar salarios vencidos que le debe el Gobierno, a contactar a viejos amigos y buscar alivio a sus males de salud, pese al miedo y odio que sentía por los médicos.

Según el relato de Huezo, al 19 de diciembre de 1915, Darío ha sufrido noches de fiebre hasta de 39 grados, dolores estomacales que los médicos achacan a cirrosis hepática, causada por la enfermedad del alcoholismo que ha padecido el poeta.

Relata Carlos Cuadra Pasos, en su libro Cabos Sueltos de mi Memoria , que cuando Rubén Darío murió, los médicos y algunos parientes cercanos, se disputaron horriblemente los restos mortales del poeta, peleando por el corazón y el cerebro. “Se hicieron locuras en presencia del genio ya apagado de Darío. Al preparar el cadáver para un largo velatorio, le arrebataron el cerebro, con el fin de buscar en aquella masa de materia, la cuerda de la lira insigne. Lo irrespetaron al extremo de llegar a un momento de no saberse dónde estaba el auténtico cerebro del poeta”, relata Cuadra Pasos en su testimonio. Francisco Huezo en su crónica relata que el corazón se lo quedó el doctor Debayle: “Fue colocado el corazón en un vaso de cristal con formalina. Se lo reservó el doctor Debayle. Las otras vísceras fueron depositadas en un menudo ataúd y el señor Murillo (Andrés, su cuñado) les dio sepultura en el Cementerio de Guadalupe, al lado de los restos de doña Bernarda de Sarmiento, tía de Darío”. Sin embargo, el cerebro desapareció y en un pleito por su búsqueda y recuperación, terminó en la estación policial hasta que el presidente de la República intervino y ordenó devolvérselo a la viuda, Rosario Murillo, quien lo habría reclamado con un dramático telefonema al director de la Policía: “Sr. director, es un escándalo y profanación que el cerebro de Rubén esté en las oficinas públicas, escándalo y profanación”. La historia no terminó ahí, puesto que luego, Murillo donó el órgano a un médico de Granada, pero las versiones posteriores, según Carlos Tünnermann, indicaban que el cerebro donado en realidad era de una mujer segoviana que había muerto de una enfermedad llamada macrocefalia, en el hotel San Vicente, y que el verdadero cerebro de Darío quedó muchos años oculto en la clínica del doctor Debayle, hasta que fue entregado muchos años después para sepultura en la Catedral de León, donde reposan los restos del poeta.

Su estado físico, descrito en la crónica de Huezo, es deplorable: “Flojas las mejillas, hundidas, hinchados los párpados, el cabello entreverado de canas, un círculo de calvicie, como una tonsura, le dan aspecto de un alto monje oriental clavado en la roca del dolor, cuando no el de un semidiós vencido, por obra milagrosa de la pena. Habla con trabajo: ‘Me siento fatal, fatal. Ya lo ves. La noche ha sido pésima. Tengo fatiga, una desesperante fatiga. Por otra parte, estas náuseas y este dolor en el estómago. Mucho tormento además, lo agrio del paladar, estos gases ácidos, me desesperan…’”.

Su miedo instintivo a los médicos

De acuerdo con los diversos testimonios, Rubén Darío tenía el vientre hinchado y sufría de dolores intensos en el bajo vientre, en su etapa de enfermedad terminal.

Viendo que no mejoraba su condición de salud, sino que empeoraba, Darío sugiere, vacilante, llamar de León al doctor Luis H. Debayle, “El Sabio”, para que lo trate como lo decida la ciencia, pero aún con ello, no deja de mostrar su desconfianza hacia los métodos médicos: “¡Bueno, está bien! Ya he dicho más de una vez que no creo en los médicos. Le tengo horror a la dicotomía, tan en boga en París, y tan combatida por la prensa, por razones de humanidad y de piedad. Pero que venga, que me vea y que me haga lo que dicen. Quisiera que solo él procediera, sin que me tocara otra persona. Lo repito, no creo en los médicos. Le tengo horror instintivo a su ciencia y sobre todo a sus aparatos teatrales. Son pocos los sinceros e ingenuos, los modestos y sabios de verdad. En la mayoría, tropieza uno con farsantes, farsantes cuchilleros, asesinos feroces”.

Esta relación de miedo y odio, de esperanza y desprecio, se mantuvo entre Darío y los médicos hasta el final de sus días, el 6 de febrero de 1916. Su temor a los médicos no era infundado: lo engañaban para tratarlo y una polémica intervención quirúrgica para sacarle pus a su hígado falló en su diagnóstico y a criterio de Tünnermann, aceleró la muerte del poeta.

Un episodio narrado por Huezo describe uno de esos momentos: “Llevó la cuchilla el doctor Luis H. Debayle, auxiliado de su colega el doctor Escolástico Lara. Lo operaron para extraerle el agua del estómago. Aplicó el trocar el primero de los facultativos y le extrajo catorce litros de suero”.

“Darío, sereno al principio, creía que era una simple inyección la que le pondrían. Al convencerse de que era una operación, se puso furioso. ‘Creí, dijo a Debayle, que era una simple inyección la que me pondrías. No pensé que me engañabas’. He cumplido, contestó el médico. Ya ves el resultado. Y le señalaba la cantidad de suero que salía por el tubo, un suero pálido, rubio. Creció la cólera del poeta.‘¡Yo no he venido a ser sacrificado’, exclamó! Lo que procuramos es salvarte de la muerte. No te muevas, agregó el médico, porque el trocar puede desviarse y hacerte daño interiormente. Siguió hablando el poeta, pero ya no se movió y la operación terminó sin novedad. Fue poco dolorosa. Sin embargo, al final tuvo accesos de furor y hubo momentos en que increpó rudamente al médico, lanzándole frases sangrientas, llenas de llamas”.

Alucinaciones y mal genio

Dice la crónica de Huezo que en sus últimos días, después de haber retornado de Managua a León en un tren expreso dispuesto por el gobierno del presidente Adolfo Díaz, Rubén Darío alternó sus días entre súbitos cambios de humor, atizados por las fiebres y dolores recurrentes, en cuanto no estaba abierto y amable, estaba iracundo y desesperado; criticaba sin miramientos a los poetas locales, decía verdades hirientes a sus amigos, se lamentaba del trato médico y se quejaba de la comida, de la dieta líquida a la que había sido sometido, del carácter (débil a su criterio) de su esposa y hasta de las visitas.

Producto de las altas fiebres, llegó a alucinar y ver fantasmales personajes en su aposento humilde, donde le dio albergue el matrimonio de Francisco Castro y Fidelina, una casa modesta del barrio San Juan que el cronista describe así: “Es una habitación sencilla, de paredes blancas, de un solo piso. Tiene dos cuartos y el portón. No tiene cielo raso, ni está empapelada. Muebles, un canapé de piel y una chaise longue. El catre es un catre negro comprado por la esposa en los almacenes de la metrópoli. Ni cuadros, ni obras de arte”.

Hasta ahí, lo persiguen los fantasmas:

“Hay momentos en que delira. Durante ellos, tiene visiones de personas muertas. En ocasiones abre los ojos y dice a su esposa: —Procura que no vuelva a entrar en e1 cuarto el viejo que acaba de salir.

—¿Qué viejo es ese? Yo no he visto a ninguno.

—El viejo airado y calvo, de ojos brillantes que ha estado sentado a la orilla de mi cama. Me agravia, me daña su gesto.

En otros momentos exclama:

—Acabo de ver a una hermosa persona, apuesta y noble. Qué semblante, qué dulzura de alma. Vino a visitarme. Entró con precaución para que yo no despertara. Es tía Bernarda, la que he reconocido por madre, gentil y buena. Qué suavidad inefable viene de ella. Y agrega en francés —¡Bien, trés bien! ma chére. Algunas horas después se despierta asustado:

—Echa afuera a esa vieja de ojos torvos y dolorosos. Tiene andar de alimaña y se goza en mi amargura. Me es conocido su semblante, pero he olvidado su nombre. Que no vuelva a entrar. Dile al portero que no se lo permita. Es bruja o Euménide. Duele su mirada como la de los satanases del Dante. ¡Horrible mujer!”.

Reconciliación con Dios y adiós

Antes de morir, Darío sufrió varios colapsos, sus sábanas quedaban empapadas de sangre negra que le provocaba una afección hemorroidal, la náuseas la provocaban desmayos y los dolores abdominales, junto a las polémicas prácticas médicas para tratar de extraerle pus y líquidos del hígado (Darío juraba que su dolor era por colitis y no hepática), le hacían gritar y quejarse de dolor.

El Gobierno, la Iglesia católica y las autoridades locales dispusieron aún en vida, darle todos los honores de príncipe y jefe de ministro de Guerra cuando finalmente exhalara.

Cañonazos, redoblar de campanas, llantos colectivos, homenajes en plazas y atrios, flores en las calles, canéforas y musas desfilando, fueron parte del adiós que el país le dio, cuando el 6 de febrero de 1916, a las 10:15 de la noche, tras 42 horas de inconsciencia, Rubén Darío, después de un breve estremecimiento, exhala el último aliento de su vida.

1867 Es el año en que nace Félix Rubén García Sarmiento, el 18 de enero, en Metapa, hoy Ciudad Darío, en Matagalpa. Se crió en la ciudad de León, a donde fue a vivir con una tía y donde conoció el mundo de las letras. Al momento de su muerte, el 6 de febrero de 1916, el llamado Príncipe de las Letras Castellanas tenía 49 años.

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