Los peces fantasmas del lago

Sus recuerdos son claros aún, pero los años y los vicios han hecho mella en los detalles y ahora duda de la precisión de su memoria. Así que no sabe cuándo fue, ni la edad que tenía, pero en sus archivos mentales está la imagen de un niño de calzones chingos y descamisado, de pie sobre un tronco semienterrado en la rivera del río Las Lajas, sosteniendo en sus manos un cordel al final del cual cuelga un anzuelo sumergido en el caudal transparente.

Para buscar mejores peces, los pescadores se atan a un neumático y se meten lago adentro, por horas bajo el sol, buscando los grandes peces que se han ido extinguiendo del lago Cocibolca. LA PRENSA/U.MOLINA

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José Adán Silva

Sus recuerdos son claros aún, pero los años y los vicios han hecho mella en los detalles y ahora duda de la precisión de su memoria. Así que no sabe cuándo fue, ni la edad que tenía, pero en sus archivos mentales está la imagen de un niño de calzones chingos y descamisado, de pie sobre un tronco semienterrado en la rivera del río Las Lajas, sosteniendo en sus manos un cordel al final del cual cuelga un anzuelo sumergido en el caudal transparente.

Ya sabía, por la experiencia heredada de sus parientes, cuáles eran los mejores peces que podía atrapar en esa zona y el valor de ellos en la comarca. Así que soñaba con que un buen día, con mucha suerte, se enganchara de su anzuelo uno de aquellos gigantes peces sierra que desde el tronco en que solía pararse a pescar, veía pasar del río al lago y del lago al río.

Los veía pasar de todo tamaño y no les temía, porque a lo único que le enseñaron a respetar fue al tiburón cazador del lago y a los cuajipales. El tiburón, recuerda, podía ser más grande que un hombre y el cuajipal, aunque más pequeño, podía ser más traicionero, así que a menudo le advertían: mucho ojo con el tiburón y el cuajipal.

Aquellos eran otros tiempos en La Virgen: la vía era de tierra, no había luz eléctrica y eran pocas familias las asentadas en este poblado histórico que casi siempre parece aletargado bajo el sol inclemente y el viento fuerte que sopla desde el lago.

Por aquellos años la mayoría del villorrio vivía de la pesca y las labores agrícolas, de sus orillas partían lanchitas aguas adentros y “cardúmenes” de muchachos corrían a las playas y ríos de los alrededores a lanzar cuerdas y atarrayas para pescar mojarras, chulines y, con suerte, guapotes.

Los “viejos”, como les llamaban a los pescadores adultos con muchos soles de experiencia en la faena, impresionaban a los niños cuando regresaban a la costa con enormes peces gigantes que ante los ojos infantiles, eran capaces de tragar a un hombre en dos mordiscos.

“¡Qué animales salían de este lago!”, exclama Enrique Jiménez, nombre legal del popular “Chirrico”, un veterano personaje de La Virgen, pescador y hacelo-todo, que conoció aquellos años de abundancia del lago Cocibolca y que hoy puede dar fe con resignación de un hecho: los peces grandes que él conoció de niño y luego pescó de adulto, ahora se han ido quién sabe adonde.

Sentado sobre un tronco enterrado en la arena de la playa, viendo a lo largo la costa y las olas agitadas del lago, ahora enumera: guapotes, sábalo real, gaspar, pez sierra, róbalo, tiburones, cualquiera de ellos podía medir más de un metro de longitud, algunos llegaban a pesar más de setenta libras y eran bravos y fuertes como terneros. Solía ser común atraparlos.

Otra vez la memoria le falla.

—¿Cuándo fue la última vez que pescó uno así de grande?

—No me acuerdo fijate—, dice —pero creo que ya hace más de veinte años que no veo un pez sierra o un sábalo real.

“TODO SE ACABA EN LA VIDA…”

De este trío de pescadores que hoy vinieron a esta playa solitaria y agreste de Cuajiniquil, en el municipio de Cárdenas, departamento de Rivas, quien tiene mayor edad es Noel Antonio Sánchez, nombre oficial de quien en La Virgen es conocido por el mote de “Machete”, un apodo que le cae a la medida por esa su franqueza de decir las cosas de manera directa y sin rodeos.

—Todo se acaba en la vida amigo, hasta uno mismo— dice este hombre de 68 años, mientras en calzoncillo y playera blanca arrastra hasta la orilla un saco de donde extrae dos redes, chinchorros que extendidos miden aproximadamente cuarenta varas el más grande y unas veinte el más chico.

Sobre la cuerda superior de las redes hay atadas pequeñas pelotas de corcho color naranja y sobre las cuerdas inferiores van colgadas bolitas de plomo. Los extremos de las cuerdas se atan con rocas grades que evitan que las corrientes arrastren a la orilla las redes.

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  • 750,000 es el total de la población nicaragüense asentada en las costas del lago Cocibolca, según el estudio del Banco Mundial, Prioridades de políticas e inversión para reducir la degradación ambiental de la cuenca del lago de Nicaragua (2013).

[/doap_box][doap_box title=» Aquellas grandes especies» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]

“¡Qué animales salían de este lago!”, exclama Enrique Jiménez, nombre legal del popular “Chirrico”, un veterano personaje de La Virgen, Rivas, un pescador y hacelo-todo, que conoció aquellos años de abundancia del lago Cocibolca y que hoy puede dar fe con resignación de un hecho: los peces grandes que él conoció de niño y luego pescó de adulto, ahora se han ido quién sabe adónde. Guapotes, sábalo real, gaspar, pez sierra, róbalo, tiburones… algunos llegaban a pesar más de setenta libras y eran bravos y fuertes como terneros. Solía ser común atraparlos

[/doap_box][doap_box title=»El lago y sus amenazas» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]

El lago Cocibolca, con 8,187 kilómetros cuadrados, ocupa casi el 15 por ciento del territorio nacional.

750,000 personas residen en sus límites y viven en relación al cuerpo de agua.

Contaminación bacteriológica y química por vertido de aguas residuales, domésticas e industriales, fugas de plaguicidas y fertilizantes, afectan al lago.

El crecimiento descontrolado de algas verdeazuladas, fenómeno en crecimiento en los últimos años, intoxican y contaminan las aguas con toxinas que ponen en riesgo de futuro, el consumo del agua para fines domésticos.

La deforestación de las cuencas del lago, aumenta la caída de sedimentos al cuerpo de agua, reduciendo su profundidad, arrastrando contaminantes químicos de crecientes hectáreas de ganadería extensiva en fincas alrededores del lago y sus afluentes.

Destrucción de humedales, fenómenos del cambio climático y crianza sin controles de seguridad de especies invasoras y depredadoras como tilapias y otras especies que han llegado al lago mediante inundaciones y otras vías artificiales.

Crecimiento natural de la población humana alrededor del lago.

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La misión de desenrollar las redes, extenderlas sobre el agua y atarlas en un lugar que, a criterio de “Machete” es idóneo para la pesca, se ve fácil antes de entrar al lago. Ya adentro, el suelo rocoso y las olas incesantes, hacen difícil la labor.

Dos o tres veces, el pescador es golpeado por olas que lo empujan hacia las rocas de una esquina de la playa en forma de herradura. Con el agua al cuello, trata de subirse a una rocas para atar el extremo del chinchorro y las olas lo empujan otra vez, se sumerge y sale unos metros atrás.

La costa está a unos doscientos metros a nuestras espaldas. “Machete” logra subirse a una roca y sentarse, con sus manos extrae una roca, la ata a los cordeles del chinchorro y lo deja fijo, luego se va nadando a lo largo de la red extendida, comprobando con las manos y zambullidas, que las olas no han enredado la red y al llegar al otro extremo, se sumerge, busca otra piedra, dos veces hace lo mismo, y finalmente, el chinchorro queda fijo y solo se observan los corchos naranja flotando sobre la superficie del lago.

Luego, vuelta a la costa a esperar la “cosecha”. Deberían caer unas treinta mojarras por cada red y con suerte, un guapote o un roncador. Porque los otros, los grandes peces como el sábalo real, el gaspar y el pez sierra, “son como fantasmas, solo la historia les quedó”.

AQUELLOS DÍAS DE ABUNDANCIA

Una vez, cuando era adolescente, “Cayo” sacó él solo alrededor de 75 roncadores y algunas docenas de guapotes. Tuvo que dejar ir las mojarras o regalarlas porque le hacían mucha carga y el valor de la piña de este pez, que hoy se cotiza en unos cuarenta o cincuenta córdobas, antes valía cinco córdobas.

“Ni las vendíamos las mojarras, esas las regálabamos o las comíamos ahí nomás, las usábamos para carnadas, pero los guapotes, laguneros pues, y los roncadores sí tienen su precio y ahí sacaba uno sus chambulines, ahora es milagro sacar un guapote o un roncador que pese tres libras, pero todavía caen, todavía hay lugares donde salen”, dice Denis Antonio Padilla, o “Cayo”, como se le conoce en La Virgen.

Con 40 y tantos años encima, “Cayo”, puede dar testimonio que en estas aguas surcaban tiburones y peces sierras enormes. Y también puede dar fe que antes, para pescar, bastaba arrimarse a la orilla, caminar unos metros agua adentro y tirar el anzuelo o extender el chinchorro.

Ahora “Cayo” se ata a un neumático y se mete aguas adentro del lago. Carga una cuerda al extremo de la cual ata una botella plástica, en su cintura guarda una bolsa llena de carnadas y flotando sobre el lago, a unos trescientos metros de la costa, se le ve a lo lejos arrojando y jalando la cuerda con el anzuelo.

RECUERDO DE LOS GIGANTES

Salvador Montenegro Guillén tiene un referente muy peculiar para expresar su nostalgia por los grandes peces que, confirma categóricamente, se han ido del lago Cocibolca.

Recuerda que de niño solía ver en los mercados, para la temporada de Semana Santa, enormes esqueletos de pescados secos y salados, extendidos sobre canastos de palma o colgados en ganchos metálicos del alero de los tramos.

“Eran esqueletos de gaspar, esos animales podían medir dos metros de largo y pesar hasta cien libras”, dice este científico que lleva toda una vida estudiando las fuentes de agua del país y sus recursos, y que ahora, como director del Centro de Investigaciones de Recursos Acuáticos (CIRA-UNAN), confirma categóricamente que las historias de los pescadores de todos los municipios costeros del Gran Lago, son ciertas: “Los grandes peces se están extinguiendo”.

¿A qué se debe el fenómeno? A muchos factores, responde Montenegro.

Explica, desde la lógica ambiental, que el lago es un cuerpo de agua con altos niveles de contaminación, que los niveles de depredación humana por crecimiento poblacional han acabado con los grandes peces; que la sedimentación, producto de la deforestación de la cuenca del lago, ha afectado la calidad de las aguas y transtornado el equilibrio biológico… Y un sinnúmero de explicaciones más.

Por ejemplo, cuenta que en la boca del río Colorado, en Costa Rica, por décadas se celebró sin control bajo la figura de “pesca deportiva” la caza tiburones y otros grandes especies, pero que tras ella existía un negocio de venta de aletas de tiburón a empresas asiáticas.

Los tiburones que intentaban entrar al caudal de agua dulce para remontar el río, hasta alcanzar las aguas del río San Juan y proseguir rumbo a los raudales de El Castillo y luego hasta el lago, quedaban atrapados en esa desembocadura. Los grandes peces que lograban escapar eran atrapados sobre la ruta del río San Juan y en la desembocadura de San Carlos, con iguales fines comerciales.

“La ausencia de grandes depredadores naturales en el lago causó un desequilibrio ambiental, al no existir depredadores naturales que controlaran las poblaciones del lago, surgieron otros depredadores no naturales del lago, que han acabado con los peces medianos de mayor valor comercial”, dice Montenegro, acusando de ello, entre otros animales, a las tilapias.

Estos peces fueron reproducidos en estanques dentro del lago, por errores y fallos, salieron de sus jaulas e ingresaron al lago. Tienen una gran capacidad de reproducción, son devoradores naturales de huevos y hábitat de otras especies autóctonas del lago y poco a poco, han ido mermando las otras poblaciones.

Otros factores son la alta presencia de contaminantes químicos por plantaciones agrícolas de Costa Rica, principalmente, y nicaragüenses.

A eso se le suma el aumento de la población que habita alrededor del lago, la contaminación por aguas residuales de algunos poblados costeros, la deforestación de las cuencas del lago, que arrojan miles de toneladas de sedimento al cuerpo de agua, disminuyendo su profundidad y soterrando fuentes de alimentos y escondites naturales de los peces.

REDES VACÍAS

“Chirrico” no quiso meterse a sacar los chinchorros. Desde el tronco en que estaba sentado, veía las condiciones del día y daba por hecho que de las redes no saldría “ni mierda”.

“Hay mucho viento, el sol está muy jodido y es muy temprano sacarlo ahorita. Si lo dejás unas horas más, tal vez sacás tus cuatro mojarras”, le dice a Noel.

“Machete” lo regañó por haragán y lo mandó a buscar qué hacer. “Chirrico” se fue a buscar cangrejos y a la hora volvió con las manos vacías. “Machete” se metió nuevamente al agua a pelear contra las olas, pidió ayuda para revisar los chinchorros y se zambulló otra vez a revisar las redes.

A la una de la tarde, con el sol perpendicular y el brillo tiñendo de metálico las aguas, el viento igual de bravo que en la mañana, se hace difícil escudriñar las redes. Para risa de “Machete”, las predicciones de “Chirrico” eran certeras: no había “ni mierda” en las redes.

No quedó de otra que jalar las cuerdas y enrollar las redes en la costa. “Antes, fácil-fácil, me sacaba unas trescientas mojarras y unos diez guapotes”, cuenta “Machete”, riendo, haciendo broma de la pesca fallida.

UN MAL DÍA DE PESCA

A lo lejos, agua adentro, solo se ve un punto blanco que se mueve al vaivén de las olas. “Chirrico” hace gala de su buena vista y alerta: “Le está yendo bien a ‘Cayo’”.

“Machete” enfoca bien los lentes y fija su vista hacia donde “Chirrico” ha estirado el dedo. Repite: “Ve hombre, parece que ese sí va a sacar algo”.

En silencio se quedan viendo los movimientos del pescador, lo ven moverse de derecha a izquierda unos minutos y lo ven acercándose, poco a poco, a la costa, flotando sobre el neumático. Antes de llegar, “Cayo” alza la mano en señal de victoria y en la costa, los pescadores se celebran.

Cuando “Cayo” llegó a la costa, cuatro horas después de haberse metido al agua, traía atada al neumático una cuerda donde había engarzado 12 chulines pequeños, 22 mojarras y un pequeño roncador plateado de unos treinta centímetros. “Hoy estuvo mala la pesca, dice asoleado, mientras deposita su carga sobre una roca a orilla del lago.

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