JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
Los últimos días de febrero, fueron testigos de la exclusión en el escenario del flamenco universal de Paco de Lucía. Acaso su deceso estuvo impregnado del silencio que nunca tuvo el género transformado e insolente en el cual el español se desenvolvió.
No tuvo la repercusión mundial merecida por los milagros digitales que hizo con la guitarra en eje con las tablas mecidas por pasos alentados por la mezcla sonora de acompañamientos y de solos.
Lo vi en el salón de los estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid en una visita concordante con la especialidad en periodismo científico que ilustraba el maestro Manolo Calvo Hernando. Se abrieron las puertas del ocio solícito con la prédica incisiva de la Jacaranda.
Pero lo que más llamaba la atención era que Paco de Lucía redondeaba la impresión de tener dentro de la concha desnuda de su instrumento a una orquesta sinfónica.
No había formado el célebre “Paco de Lucía Sextet”, conjunto que tuvo expansión de veinte años en el flamenco en los cuales lució en todo el planeta, un sello cincelado para estar siempre presente en el jolgorio de la rotunda y llamativa gravedad, como el cajón peruano convertido en gozo para la inteligencia española.
Beethoven no escapaba en su repertorio, pero un Beethoven distante de la tendencia seriosa en el contraste de acomodarlo en los ámbitos del romanticismo.
La crítica española dijo de él al morir “que era un talento tímido, anárquico y sencillo”, apreciación que retrataba la pluralidad de su temperamento.
Era un clásico y de ello da cuenta la feliz idealización que hizo de Albeniz, Falla y Rodrigo. Durante cuatro décadas desfiló por el mundo con la luz de un gracejo excepcional. Solo el último suspiro pudo haber atado la maravilla de sus manos.
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