Réquiem para Gabo

Pocas veces se había expresado culto a las letras como en la ocasión luctuosa que propició el adiós de Gabriel García Márquez, quien con su arte creador las puso en el trono de la gloria. Uno de los homenajes tuvo como eje sonoro a la Orquesta Sinfónica de Bogotá con sede en la Catedral primaria.

JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA

Pocas veces se había expresado culto a las letras como en la ocasión luctuosa que propició el adiós de Gabriel García Márquez, quien con su arte creador las puso en el trono de la gloria. Uno de los homenajes tuvo como eje sonoro a la Orquesta Sinfónica de Bogotá con sede en la Catedral primaria.

Ahí fue interpretado con pureza instrumental y coral el himno, que enderezó los ojos de Mozart hacia la eterna concavidad de las alturas. Fue anunciado El réquiem, por tanto resulta inevitable presentirlo en las orejas untadas de piedad e imaginar la música divina con alas para tocar el cielo y pulsar el recuerdo.

El réquiem guarda espacio en la perdurabilidad y de ahí que haya sido puesto como ofrenda para quien se caracterizó y supo escribir sobre la realidad, exprimiendo el linaje genial de la fantasía y la amenidad insinuada por la razón: su mito en lazo con la historia.

Al dejar la vida percibimos al polvo, a la consternación en su lamento “qué solos se quedan los muertos”. Este le puso el límite de cien años a la soledad pero en la Tierra y no en el más allá, donde la soledad por infinita carece de vencimiento. En el templo ya no pudo oír al réquiem, cuyo comienzo es suave y mustio, fulgurando en el desarrollo la alegría espiritual concentrada en el “lux perpetua” y el “kyrie eleison” apasionado en fuga doble.

Conmueve “el lacrimosa”, donde languidece la capacidad broncínea de los metales y fluye melancólico el hilo de las cuerdas. Debió tener la Sinfónica, el ritmo de una procesión ante el silencio de los apologistas.

Más alta la mística dedicatoria: El réquiem de Mozart cuyas bromas musicales, por confesión propia, tanto sedujeron al ilustre escritor.

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