
Amalia Morales
Después del terremoto de Managua, en 1931, el presidente José María Moncada trasladó su despacho provisionalmente a su quinta Venecia, a orillas de la laguna de Masaya. El palacio morisco presidencial recién construido en la Loma de Tiscapa no aguantó el traqueteo que provocó el sismo de 6 grados que había azotado a la capital a las diez de la mañana del último día de marzo, el Martes Santo. Si bien no se vino al suelo por completo, había que hacerle reparaciones y eso llevaba un tiempo. Así, el general Moncada pudo quedarse en su residencia de la laguna y firmar uno que otro decreto desde allí. Aparte del mandatario, se decidió que ninguna otra instancia gubernamental abriría puertas en otro lugar que no fuera Managua, según explica el escritor y periodista Apolonio Palazio en su libro La catástrofe de Managua , quien describe como la pequeña ciudad de 60 manzanas, que todavía era un pueblón rodeado de haciendas cafetaleras, había quedado en el suelo, no solo por el terremoto sino también por la voracidad del fuego que se desató en seguida y que arrasó con gran parte de las casas y edificios que eran de madera.
A raíz del terremoto de 1931 algunos pensaron que Managua quedaría inhabilitada y propusieron cambiar la capital a otra parte. Masaya, pero sobre todo Granada y León, las ciudades coloniales rivales se relamieron y se sobaron los dedos, pero hasta allí. La idea no prosperó. Un grupo de ciudadanos notables escribió a Moncada solicitando desistir de la idea de mover poderes del Estado a otra parte y también a prestar oídos sordos a esa idea que flotaba en la ciudad en escombros de trasladar la capital a otro sitio más seguro.
“Trasladar la capital a otro lugar es como apuñalear en el corazón a un pueblo que está vitalizándose de su propio infortunio”, reza el acta histórico que envió un puñado de pobladores a Moncada el 20 de abril de 1931, cuando no había transcurrido ni un mes del desastre.
Ahora, 83 años más tarde, cuando la naturaleza ha vuelto a estremecer Managua y sus alrededores, desde el pasado 10 de abril, se saca del baúl la vieja idea de cambiar la capital.
Esta semana, Eddy Kühl, el ingeniero y empresario turístico, propuso mudarla al norte. Algunos expertos se animan y debaten esta polémica pregunta.
ESTELÍ, JINOTEGA… MIRANDO EL NORTE

Quizás fue algo premonitorio que en la recién concluida Semana Santa la gente hizo turismo en el norte. La gente nerviosa por los temblores en lugar de ir a las playas del Pacífico buscó las montañas de Matagalpa, Estelí y Jinotega. Algo inusual. Pero no. El historiador Bayardo Cuadra recuerda que tras el terremoto de 1972, que arrodilló al casi medio millón de habitantes, la gente huyó a ciudades cercanas. La mitad de los managuas se fueron, según documentos de la época.
- “Si esa idea la elevan a discusión social y política, será otro distractor social, igual que la refinería del sueño de Bolívar; la presa hidroeléctrica de Tumarín; el Canal Interoceánico(…) Entre otros temas de mentira, que han sacado de la realidad a los nicaragüenses”.
- Cirilo Otero, sociólogo.
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- “Se debería aprovechar la coyuntura y crear una comisión en la que se discuta qué hacer y cuáles serían las alternativas para que el resto del país no colapse si ocurriera un desastre en Managua”.
- Óscar René Vargas, sociólogo.
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- “Lo que habría que hacer es salir de Managua, no construir aquí más. Nada que no sea mantener lo que ya existe, y, en mi teoría, hay que irse buscando el lado de Granada, la laguna de Apoyo, Sabana Grande y Tipitapa o un poquito más hacia el Este”.
- Dionisio Marenco, declaraciones a El Nuevo Diario el 3 de julio del 2010.
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Cuadra dice que tras el terremoto de 1972 vinieron unos mexicanos que hicieron un estudio amplio sobre los riesgos sísmicos de la capital y se mencionó a Estelí, a 140 kilómetros de Managua, como una alternativa. “Nadie pensó en León. Se habló de Masaya de nuevo, pero más bien para trasladar algunas instancias del poder ejecutivo”, dice Cuadra comparando los escenarios tras el terremoto de 1931 y 1972. “En favor de Estelí estaba lo siguiente: que está bien conectada hacia los puertos principales, hacia la frontera norte por la Panamericana. Había oportunidades desde Ciudad Darío donde hay suficientes terrenos planos y había oportunidad de expandirse”.
Uno de los requisitos básicos para crear una ciudad, según Cuadra, es la posibilidad de construir un aeropuerto. Cuadra cree que tenía más posibilidades la zona de Estelí de lo que ahora tendría Jinotega, donde sería problemático construir un aeropuerto.
“Ya ves los problemas que tiene Tegucigalpa (capital de Honduras) que está rodeada de cerros y hay dificultades con los aterrizajes en el aeropuerto de Toncontín”, señala Cuadra. Justamente, por las características geográficas de Tegucigalpa, en la vecina Honduras se desarrolló San Pedro Sula como polo económico, a 55 kilómetros de Puerto Cortés, el mismo que está a casi 300 kilómetros de la capital hondureña.
Cuadra recuerda que también era favorable el traslado de la capital a Estelí, en esa valoración de los setenta, la abundancia de agua en el sector del valle de Sébaco, una de las zonas arroceras más importantes del país. Sin embargo, tras el terremoto de 1972 se impuso la voracidad del dictador Anastasio Somoza con la ayuda que vino al país y con los terrenos del centro de la capital.
Aunque ni en el 31 ni en el 72 corrió muy largo la idea de mudar la capital, el inconsciente colectivo, cada vez que un nuevo desastre zarandea a Managua, se vuelve a tocar el tema y surge la pregunta ¿por qué no se va la capital para otra parte?.
No hace mucho, el exalcalde de Managua e ingeniero, Dionisio Marenco, dijo que lo mejor era abandonar poco a poco Managua y poblar las zonas de Masaya y Granada. Marenco ha repetido en varias entrevistas que esta capital no puede seguir creciendo, que no cuenta con los suficientes recursos hídricos para abastecer a la población, pero además ha resaltado la propensión no solo a los sismos, sino también a las inundaciones originadas por los despales en la cuenca sur de Managua.
“Su principal vulnerabilidad es geológica, y esa cosa no tiene remedio. La situación puede llegar a ser insostenible para la capital, de continuar la tendencia urbanística que la tiene actualmente, crucificada por urbanizaciones y asentamientos humanos”, dijo Marenco en entrevista a El Nuevo Diario, en julio de 2012.
LA PRENSA intentó consultar al exalcalde por sus impresiones actuales sobre la situación de la capital, pero no atendió las llamadas telefónicas al celular ni a su casa, tampoco atendió los mensajes que se le dejaron a través de redes sociales.
La idea de Marenco de “correr” la capital hacia el Oriente puede ser rebotada por los geólogos y los ingenieros estructurales que, con mapa sísmico en mano, demuestran la alta vulnerabilidad sísmica de todo el Pacífico nicaragüense.
DESCENTRALIZAR ANTES DE TRASLADAR

Al sociólogo Óscar René Vargas no le suena mal la idea de trasladar la capital, y aclara que en ningún momento eso implicaría mover al millón y medio de habitantes que ahora duermen a la orilla del Xolotlán.
A Vargas hasta lo entusiasma la propuesta de Eddy Kühl de trasladarla a Jinotega. Pero cree que esa puede ser una salida a mediano y largo plazo y que lo primero que se debe hacer, antes de llegar a un escenario extremo, es descentralizar. Algunos poderes del Estado podrían funcionar en otras ciudades cercanas a Managua. “Se debería descentralizar el Estado. La Corte Suprema de Justicia se puede trasladar a León, el Consejo Supremo Electoral a Granada, por ejemplo”, dice Vargas.
“Hay que comenzar a descentralizar administrativamente antes que una paralización de la capital implique una paralización del país. No es posible que si pasa algo aquí el Ministerio de Educación deje de funcionar”, apunta Vargas y rescata la fórmula de la descentralización que han aplicado países ricos como Suiza, un estado federal, en el que se han repartido las funciones administrativas en sus principales cantones.
Recuerda que la descentralización y la autonomía fue la apuesta de las alcaldías y de los gobiernos locales años atrás, pero que se truncó con el actual modelo de gobierno.
Sobre el cambio de la capital, el sociólogo destaca casos como el de Brasil, donde se creó a Brasilia para que fuera la nueva capital en lugar de Río de Janeiro, la que se consideraba insegura. Río había tenido un crecimiento poblacional desmedido y desordenado. Brasilia se pensó como solución a ese caos que este año será sede de la Copa mundial de futbol.
Antes de mover la capital, se deben tomar en cuenta algunos aspectos claves como el abastecimiento de agua y la parte estructural de la ciudad. Cree que este es un tema que se debería de debatir más allá de un artículo periodístico. “Se debería aprovechar la coyuntura, la tregua que nos está dando la naturaleza para plantear qué se debe hacer”, dice Vargas quien propone que se cree una comisión para buscar soluciones a este problema.
COSTOS AMBIENTALES Y FINANCIEROS
“Un cambio de sitio/ubicación de la ciudad capital no es una cosa de hacerla a la ligera, tiene costos ambientales, emocionales, culturales, financieros; costos de estudio de la lógica del país y su desarrollo económico local. Es decir, sus costos son muy altos y de mucho tiempo, no es a la ligera”, opina el sociólogo Cirilo Otero.
Otero cree que si se decidiera en todo caso mudarla, el cambio debería ser gradual. “En varios años, al menos en una década. Además, quizás, lo que se haría es convertir a Managua en una ciudad laboral semiindustrial y el nuevo sitio será ciudad dormitorio de las fuerzas de trabajo managüense. Eso es muy complejo. Se requiere preparar sicológicamente a la población joven y adulta”.
Sin embargo, “pensando positivamente sería una gran oportunidad histórica poder diseñar participativamente una ciudad nueva, moderna, coherente y para ciudadanos con derechos y deberes. No una ciudad caótica como es hoy Managua. Pero, eso implica una gran inversión de recursos materiales, financieros, estructurales, de capacidades humanas, de voluntad política, de respeto por la diversidad de opiniones sociales y culturales y de visión de futuro.
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