A confesión de culpa relevo de pruebas

Hasta estas alturas incontables cuartillas se han desglosado y emborronado por unos que, queriendo hacer el papel brillante del crítico, terminan tristemente desempeñando el oficio garbancero del bonzo o del simple diletante.

Manuel Uribe

Hasta estas alturas incontables cuartillas se han desglosado y emborronado por unos que, queriendo hacer el papel brillante del crítico, terminan tristemente desempeñando el oficio garbancero del bonzo o del simple diletante.

Unas parecieran resultar como una especie de réquiem y están enfocadas en destacar algunos aspectos controversiales de la personalidad de alguien que ha dejado esta existencia, para entrar a un nuevo plano menos denso que este, no así otras encarriladas por analizar la obra literaria que a su muerte y como herencia nos legara Gabriel García Márquez (Gabo).

Por comprender que vivimos en un mundo de grandes diversidades es que soy respetuoso de los criterios ajenos y por lo tanto espero que se respete el mío. Ahora, sumando a esto, déjenme decirles que por haber leído con gran intensidad y avidez la obra de Gabo, es que me asisten los suficientes elementos de juicio y el amplio criterio moral para justipreciara y por ende ubicarla en su más justa dimensión.

A continuación paso a hacer de esta una ligera radiografía.

García Márquez es en síntesis un escritor funambulesco, dueño, eso sí, de una terrible imaginación desbordada para crear únicamente pasajes casi abstractos y surrealistas, sirviendo de fondo escenarios fantasiosos. Y como herramienta muy hábilmente echa mano al idioma con la intención de obnubilarnos y deslumbrar, poniendo al descubierto su monumental y regia magia.

Hay en la obra de Gabo, en sí, esas latentes historias cundidas de mitos y leyendas y que siempre las habrá mientras existamos en este mundo. Aunado a esto hay también en la obra de Gabo algo que es notable, como cuando casi tocado por los dioses logra —poniéndose a tono con las vibraciones y energías vivas del universo— captar de él tanto los colores, olores y ríos volcados de música.

Permítanme decirles que esas cualidades gratificantes que se le abonan merecidamente a Gabriel García Márquez no me hacen perder de vista la poca enseñanza profunda que visualicé en ellas, todo lo contrario de lo que operó cuando incursioné en los adláteres de la narrativa enriquecedora y tonificante tanto de Henry Miller como de Rabindranath Tagore.

Por esto es que al paso del tiempo esas verdades que ellos apuntan en su literatura, yo las he venido descubriendo. Ahora, volviendo con el estudio de la obra de Gabo, pareciera ser como que toda su creación subyace a estar encadenada por un hilo conductor. Es como si estuviera condenada a sufrir la misma singladura cronológica. A decir verdad, siempre hubo ausencia por atreverse a plantearnos otros escenarios y otras formas de novelar, que no fuera el mismo Macondo disfrazado como si lo concretaran tanto Morris West como Erik María Remarque, lo mismo que Oscar Wilde con sus variadas producciones.

Bueno, al fin él fue fiel a su forma y a su estilo de narrar, ese era —como se dice popularmente— su sello y se le respeta.

Y ahora déjenme decirles que Cien años de soledad , que resulta ser su obra cumbre es toda una cosmogonía de una civilización afincada en el continente americano y que se desenvuelve de un pacífico contexto bananero pero que luego pierde esa calma viéndose agitado por cruentas guerras civiles que afectan al resto del país.

Cien años de soledad no es más que el retrato geográfico de su familia y donde el elemento antropomórfico juega un papel vital y determinante.

También déjenme aclararles que Cien años de soledad acusa claramente una nutrida sincronización, donde a la vez sus personajes dan muestras de signos de perturbación y padecimientos de constantes supersticiones pitagóricas. Aunado a estos señalamientos es necesario hacer notar sus ansias y concreciones oníricas, como el silencio de sus amores crepusculares al igual que sus utopías interminables, no así el escape acompañado por una luz inundadora como el mismo revoloteo de sus mariposas amarillas, en búsqueda atávica de sus repetibles delirios dorados, nubes crecidas de nostalgia acechando por doquier y recuerdos que se fugan entre el cristal de los intersticios del tiempo y que duelen indeciblemente en el alma.

Cien años de soledad, hay que reconocer que es una obra fascinante y potencialmente creativa donde cuenta con una afiebrada fantasía, pero darle patente de corso para situarle a la altura de Crimen y Castigo , Fausto , La Divina Comedia , Ulises , Las Metamorfosis , del mismo Don Quijote de la Mancha , de Azul, de Rubén Darío, no es más que una fanfarria y un abultado error de Perogrullo. Es por eso que disentí cuando en una ocasión el mismo Gabo dejó entrever que su obra era superior al Quijote; esto por supuesto surtió en los españoles un inmediato efecto de eclosión para sustituirle por bofetada.

Pongo punto final al presente comentario, pero no sin antes recomendarle al señor Orlando López Selva que no se persigne en altares ajenos, que lea más a Darío, pues —con el perdón de muchos— su obra aún no ha sido comprendida en su totalidad, Al igual quiero aclararle a este señor, quien afirmó sin rubor y de manera tremebunda en su artículo El marqués de la palabra que García Márquez era el creador del realismo mágico, que nada más inexacto y ajeno a la verdad.

Solo para ilustrarle, esta escuela, aunque le suene inverosímil, el primero que la inició fue Julio Verne, luego le proceden Bassermann, Alfonso Duché, James, Rubén Darío, Valle Inclán, Franz Kafka, Thomas Mann.

Por lo tanto, al no haber generación espontánea, don Orlando no puede decir que García Márquez es el creador del realismo mágico y si lo dice él cometería un grave pecado de simonía.

El autor es escritor y parasicólogo

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