Conocí y saludé en ocasión de celebrarse el Congreso Iberoamericano de Periodismo Científico —marzo 1987— a Felipe VI en el Palacio de la Zarzuela. Las fotografías que guardo del evento muestran a un muchacho alto y jovial. Todavía no estaba listo para el amor según lo confesó a las damas para quienes la satisfacción de ese fisgoneo era trascendente. Cuando se le formulaba esa pregunta respondía que no estaba listo para esos cultos. No tenía tiempo para oficiar en el templo del amor por cuanto su responsabilidad obligatoria era ser súbdito del trabajo y del estudio, actividades para las cuales bastaba el diagrama cronométrico de la obligación.
Esa es la razón por la cual está listo para ser el jefe del Estado, aunque en la realidad eso sea parte de la pomposidad teórica en la pulimentada monarquía.
No puede olvidarse la ruta que se toma para llegar al escenario de La Z
arzuela en mutis donde debía empinarse el vino de protocolo. No puede olvidarse el extenso preludio terrenal que se toma para estar en el objetivo. “El verde que te quiero verde” satisface a los ojos puestos en el aire por la soberanía vegetal: trinos, silbidos, nimbos de golondrinas, disonancias desde las tablas colgantes de cada árbol. Desfile de alcaravanes.
El ahora rey estaba listo para recibir a las delegaciones de periodistas de varios países iberoamericanos. Presidía el consagrado catedrático español Manolo Calvo Hernando. Con la venia protocolar se produjo el saludo no en inclinación veneranda, con “los pies en la tierra” y la nuca erguida, sin posibilidad de hundirse en la superficie felpuda, no ante su majestad sino ante un joven dotado de aspiraciones y confeso en la realidad de estar lejos de las metas.
El profesor Eduardo N. Matus (q.e.p.d.) se encargó de poner el sabor de la palabra campechana diciendo en nombre de las delegaciones: “Príncipe, antes llegaron ustedes, ahora venimos nosotros”. Y así con esa introducción arreció el instinto de retroceder a los siglos de la colonización, de saltar murallas, de recordar episodios que fueron —y serán— sustento de la polémica. Y se puso en la balanza a los “conquistadores” para valorar hacia donde se inclinaban más, si al bien o al mal. La alocución fue contestada por el anfitrión con conceptos que pronto hicieron percepción de su cultura en torno a la historia, y saltaron a la vista las heredades invocadas del idioma, las costumbres, los arpegios de una nueva civilización.
Aterrizar en el presente es lo real, es el cetro envuelto en el lino de la reflexión. Ahora ya es rey. Y lo cierto es que España no podrá renunciar “de sopetón” al sistema de la monarquía. El sistema será el mismo, solo cambia la efigie humana, el nombre del ungido. Sigo sosteniendo como leal enamorado de la república que las coronas son en estos tiempos, anacrónicas, excluyentes. Solo se acomoda a la razón de heredar, de poner en ambiente predilecto a una familia cubierta de una irreal “sangre azul”. Mantener al adorno es lacerante para las economías y más para la española. Empero aún echándole un vistazo a la historia, tampoco es hora de poner en marcha, ya, procedimientos que acaso no concuerden con las circunstancias actuales, algo que puede darse mejor con el grado evolutivo de la experiencia y la conducta inteligente del nuevo rey.
El autor es periodista.
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