El pasado viernes, durante el discurso en conmemoración del Repliegue, cuya fecha de celebración el orteguismo adelantó una semana, el presidente inconstitucional Daniel Ortega dio indirectamente una respuesta a la solicitud que los obispos de la Conferencia Episcopal de Nicaragua le habían planteado el 21 de mayo de instalar un verdadero diálogo nacional sobre la situación del país.
Aunque Ortega no hizo referencia directa a lo planteado por la Conferencia Episcopal, sí se refirió al diálogo de la manera más despectiva que pudo encontrar, al equipararlo con traición, recordando que Anastasio Somoza García invitó a Augusto Sandino a Managua para “dialogar”, pero lo que hizo fue ordenar su asesinato.
“Promovieron el diálogo, el diálogo para la traición, el diálogo para la muerte y Somoza abraza a Sandino y le dice que era su hermano y el presidente Sacasa le ofrece una cena, aquella última cena (…)”, reportó LA PRENSA el sábado sobre lo que dijo Ortega en el discurso del Repliegue.
Como hasta el viernes no había habido ni una sola referencia concreta del Gobierno a la propuesta de los obispos, las palabras de Ortega pueden interpretarse como la única respuesta que habrá y que claramente es un no.
Aparte de lo mucho que se podría especular sobre la falta de seriedad e incluso falta de entereza del mandatario al no dar una respuesta directa y formal a la Conferencia Episcopal o sobre su estado mental al compararse él mismo con Sandino y a los señores obispos con Somoza García, lo que sí se puede concluir es que el presidente inconstitucional está cayendo de nuevo en su propia trampa, tal y como le sucedió en los años ochenta.
La negativa al diálogo refleja la soberbia del titular del orteguismo. Esa soberbia nace de varias convicciones que pueden tener: 1.- Que el país avanza económicamente gracias a la “política de alianza” que mantienen con el sector privado y los sindicatos. 2.- Que la oposición es inexistente, lo que queda demostrado en las encuestas. 3.- Que la ciudadanía está contenta con este Gobierno, lo que se refleja en los resultados electorales.
El problema es que como el orteguismo silencia cualquier oposición o disidencia con violencia, no hay manera de que sepan si lo que están pensando es la realidad. Su lógica bien puede estar basada sobre premisas como mínimo oscuras.
Es cierto que el país en los últimos años ha crecido a un promedio de un 4.5 por ciento. También es cierto que ese crecimiento no es suficiente para que Nicaragua salga del estado lamentable de pobreza en que está. Claro, Ortega no puede saber esto porque solo habla con sus empleados o con quienes se han beneficiado directamente de la “bonanza”.
Y si la oposición formal es débil, esto no quiere decir que no exista insatisfacción en la población. Eso no se puede saber, porque las mismas encuestadoras han dicho que en Nicaragua es cada vez más difícil encontrar personas que expresen su opinión política libremente.
Y si bien los fraudes electorales le han servido al orteguismo para hacerse con el control de alcaldías, la Asamblea Nacional y la misma Presidencia, al destruir la confianza del nicaragüense en el voto, también ha logrado lo que la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea expresó con toda claridad en 2011: que en realidad no se sabe cuántos votos recibió cada partido.
Así que al cerrar la puerta al diálogo, Ortega está cayendo en su propia trampa, como cayó en 1990, cuando creyó que ganaría fácilmente las elecciones.
Pero esta vez es peor, ya que ha cerrado la válvula de escape electoral y lo único que se puede esperar es que, la insatisfacción ciudadana que existe vaya en aumento.
Ojalá que el Gobierno recapacite y se dé cuenta que el diálogo no es traición, sino entendimiento.
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