En junio de 1932, Oliverio Castañeda se divertía matando perros con estricnina. Su amigo de aventuras de apellido Oviedo, hombre chusco dado a la broma y al barullo lo hacía para sanear las calles de León de canes con rabia. Para Oliverio era un placer. Después de haber envenenado varios dogos incluyendo uno de los galgos del famoso doctor Juan de Dios Darbishire, se afinó a tal punto que asesinó a varias personas de la sociedad leonesa incluyendo a su propia esposa, usando el mismo método, crimen que nunca se le pudo probar. Fue el primer sonado femicidio de la historia de Nicaragua. La mayoría de sus víctimas fueron mujeres.
El tipo era un elegante sicópata de buenas maneras, inteligente y de refinado aspecto burgués.
Toda persona que destruye sin razón o por mera diversión a un ser vivo, sea este una planta o una hormiga es un tipo peligroso que debería de ser vigilado muy de cerca.
La verdad es que en Nicaragua los perros o cualquier otro animal la pasan muy mal.
Basta verlos caminando por las calles flacos, con el rabo entre las piernas, la lengua de fuera, volteando a ver a un lado y otro apurados y medio de lado como cuidándose de una pedrada o de una patada inesperada.
El que vive fuera de Nicaragua lo nota al instante.
Me contaba un turista gringo que lo que más le impresionó de Nicaragua fue ver la cantidad de perros hambrientos, a tal punto que no pudo descansar en su breve estadía, buscando donde comprar alimentos para los numerosos canes que pululaban a su alrededor sin tener tiempo de apreciar las bellezas del país. Esto le dejó una marca indeleble en su cerebro.
No es lo mismo decirle a alguien te tratan como perro en Nicaragua que decírselo en un país del primer mundo.
En Nicaragua es un insulto, en Estados Unidos por ejemplo, es una bendición. En Norteamérica a los perros los tratan tan bien humanizándolos a tal grado que se vuelven peligrosos desde el punto de vista de salud y ofensivos desde el punto de vista social, produciendo otro extremo que no es nada bueno tampoco.
Interesantemente, siempre oí decir de pequeño que a un campesino le podías tocar cualquier cosa menos a su perro. Denotando el amor que nuestros indígenas conservaban por los animales que les eran fieles y el respeto que su cultura les inculcaba.
Recuerdo también que la religión me enseñaba que los animales no tenían alma lo que los hacía diferentes a los humanos, creando subconscientemente en mi cerebro y en el de muchos compatriotas, el concepto equivocado de que la vida de un animal no valía nada y de que estos no sufrían.
En Nicaragua son raros los defensores de animales. Y los pocos que han habido han sido calificados de locos. Uno de ellos fue don Francisco Palma Martínez, hombre culto y de alta sensibilidad social, creo debido a la educación que recibió residiendo muchos años fuera del país y que muchos llamaban don Chico de los perros. Este hombre, no escatimaba en defender a todo animal que era abusado ya fueran estas gallinas guindadas patas para arriba en el mercado, caballos azotados por carretoneros crueles, o bueyes que jalaban carretas pesadas y que eran puyados sin piedad. Situaciones que se siguen dando lamentablemente en la actualidad.
El hecho reciente de perros asesinados con ballestas a creado un clamor inesperado para mí en una sociedad donde todas estas cosas se miraban con cierta naturalidad, significando que existe un avance en la sensibilidad social del país hacia los animales quizás debido al exilio forzado que muchos nicas hemos experimentado.
Probablemente por razones políticas los culpables no serán castigados a como deberían serlo; pero el folclor de nuestro pueblo les dará la lección que se merecen.
Aquellos involucrados quedarán apodados como Oliverios y/o serán punto de referencia. Así, cuando alguien pregunte por una dirección cerca de donde residen, todo buen nica con su sonrisa güegüense les dirá: “De donde los mata perros media al lago y dos abajo”.
Cuídense pues las mujeres que viven con ellos. El autor es médico y cirujano.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A
