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L a ceremonia de estar solo

Tengo el gusto de reseñar enseguida el poemario La ceremonia de estar solo (2013) de Vladimir Amaya (1985), formado por tres secciones: Carne cruda, Deshabitada ciudad de uno mismo y La coda solitaria.

Ezequiel D’León Masís

Tengo el gusto de reseñar enseguida el poemario La ceremonia de estar solo (2013) de Vladimir Amaya (1985), formado por tres secciones: Carne cruda, Deshabitada ciudad de uno mismo y La coda solitaria.

Esta poesía es ante todo un viaje interior o, más bien, un viaje visceral que se abre a la exploración de la soledad como ruta creativa. La presencia del sí mismo del poeta hace que esta ruta nos aporte pasajes intensos.

Pareciera que la primera estancia es la depresión entendida como pérdida del amor: “Mi corazón es un perro de tres patas enloquecido por el insomnio”, nos dice Amaya. Se animaliza así una víscera sintiente. Se entiende la experiencia amorosa como una trampa al corazón: “Sabe que otros perros-corazones se han orinado sobre él”.

El sujeto que siente esto que se escribe se sabe cambiante en medio de pequeñas muertes cotidianas: “Así de sencillo era parir tantos muertos que fui”. Después del amor nos toca: “Armar de nuevo el rostro, / comprar otra alma en la tienda de guitarras”. El desamor necesariamente es una muerte del yo, el cual tiene que reinventarse para sobrevivir. El alma renace después de esta muerte, se refunda en nuevos ritmos vitales: “Vivo lleno, / tanto de vivos / como tan lleno de muertos… / De mis ojos descienden cangrejos de mármol”.

La escritura poética es para Amaya el intento fallido de una búsqueda de liberación emocional: “Sabe que su poema es una pequeña estupidez en un mar de corazones”. En otro poema se lee: “Para cuando termines tu gran poema, nada habrá que te salve la vida”. El niño interior dictamina su soledad perpetua: “Y yo aún estaré escribiendo esto / sentado sobre mi viudez de niño huérfano / viviendo mi soledad por centurias”.

Constantemente en esta poesía se alude a la ciudad, a la casa y a la madre, imágenes que superpuestas nos reflejan una energía receptiva, nutritiva. El útero es la casa. La casa es el hogar al que se regresa. La madre es la personificación de esta energía: “Un aroma, único sonido reconocible: / la voz de la madre, único aroma”. Este aroma asimismo se plantea en lejanías: “Debes saber / que nacimos lejos de nuestra madre el día en que venimos al mundo. Lejos de todo, somos. Por eso no entendemos la música del arpa ni el silencio de los grillos”.

De raíz existencialista, hay muchos argumentos sobre los que merodea esta poesía: “¿Hay algo más doloroso que no estar muerto?” Retomando el mundo emocional pero con tono de parodia, también hay declaraciones estrepitosas como ésta: “Las cucarachas / tienen el corazón más grande / que Dios puso sobre la tierra”.

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