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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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Diana Saballos

El país del futbol se quedó sin futbol

Los días en los que jugaba Brasil eran festivos en todo el país. En las ciudades grandes como Río de Janeiro no solo el Fifa Fan Fest se ponía alegrísimo con su gran pantalla para que todos los turistas y fanáticos pudieran ver el partido confortablemente en las arenas de Copacabana, sino también todos los bares, restaurantes y los barrios populares, en donde los vecinos cerraban una calle, la adornaban y ponían una gran pantalla para que todos pudieran ver el juego mientras se tomaban su cervecita y hacían bulla con las vuvuzelas. Y a cada gol y al final del partido se escuchaba el estruendo de los cohetes conmemorando la victoria. Después del juego era pura fiesta, conjuntos tocando tambores y panderos sacando una samba.

En Viçosa, una ciudad pequeña del estado de Minas Gerais, en la que vivo, la reunión callejera para ver el juego no era diferente a la de las grandes ciudades, pero el martes 8 de julio, como en todo el país, la fiesta hizo una pausa. Quedé de ver el partido en la avenida Santa Rita con unos amigos colombianos. Iba tarde. Cuando llegué todo mundo estaba en suspenso. Todo estaba callado, diferente de todos los demás juegos. Avancé entre la gente que estaba parada como estatua sin despegar el ojo de la pantalla, para encontrar a mis amigos. Era un clima extraño, de mal agüero. Cuando encontré a mis amigos ellos me dijeron que a Brasil le acababan de meter el primer gol. Comencé a entender ese clima tenso. De repente Brasil tomó otro gol y otro y otro… cinco goles uno atrás del otro, sin parar… ino me lo podía creer! La verdad es que nadie. Miré a mi alrededor y nadie se movía, estaban todos paralizados a excepción de mis amigos colombianos que, secretamente, celebraban esa goleada por toda la confusión del juego pasado y bajito murmuraban: “Justicia divina”.

No puedo olvidar la mirada de una muchacha que estaba a mi lado, ella miraba fijamente la pantalla, inerte, con lágrimas en los ojos, el maquillaje corriéndosele despacito y la frente fruncida, era una mirada de profunda tristeza y de incredulidad. Algunos comenzaron a reaccionar y a irse, dijeron que no aguantaban ver más eso. Todos los que apoyamos a la selección de Brasil nos sentíamos humillados. De repente unos muchachos nos comenzaron a ver mal y por eso decidimos irnos, el clima se estaba poniendo demasiado pesado. En ese momento en que los ánimos estaban exaltados, que alguien decidiera desquitarse con cualquiera que no fuera brasileño o mejor, que fuera colombiano, era fácil.

Resolvimos continuar viendo el juego en un lugar más seguro. Nos fuimos al barcito de la gasolinera, ahí los ánimos estaban un poco más tranquilos. Cada mesa tenía una reacción diferente. Unas muchachas que estaban sentadas al frente se reían de la propia desgracia. Lo cual para mí, es lo mejor a hacer. En otra mesa el ambiente era tenso, uno de los muchachos estaba visiblemente bravo, se fue antes para evitar causar problemas. En otra mesa, una muchacha lloraba a moco tendido. Me encontré con ella después del partido en la fila para el baño, me dijo que ella era atleta, que sabía cuánto costaba prepararse para un evento de esos y que no le dolía tanto la derrota, pero si haber perdido tan deshonrosamente, que le iba a tomar mucho tiempo para recuperarse.

Creo que ese sentimiento personal de derrota es lo que embargó a muchos brasileños, al final el Brasil se autodenomina el país del futbol y como muchos dijeron: “¿qué le queda al país del futbol sin futbol?” Al fin del partido, con ese desastroso resultado de 7 a 1, muchos ironizaban, otros continuaban en shock y muchos otros lloraban. Vi a varios al teléfono atacados en llanto. En Facebook hablaban de esa humillación, de tener pena de ser brasileños, otros defendían el apoyo a la selección aun en la derrota —en mi opinión la mejor actitud, pues hay que saber perder y no limitar el patriotismo a un juego de futbol—, otros volvieron a abordar asuntos olvidados mientras Brasil aún estaba clasificado: los temas de la protesta “No habrá Copa”, y otros comentaban la ejemplar actitud del jugador David Luiz, quien mantuvo una actitud de humildad durante todos los juegos y demostró su loor a Dios cuando oró al finalizar el del martes.

En el ambiente se escucharon cohetes, me dijeron que era para quemarlos ya que ya los habían comprado. Dicen que en la favela hubo tiroteo de pura rabia, no me consta, me contaron. Pero reacciones muy violentas fueron reportadas desde Río y São Paulo, donde se quemaron buses y se saquearon tiendas. En el estadio Mineirão, en Belo Horizonte, la mitad de la barra brasileña ya se había ido antes de que terminara el primer tiempo, y al final del partido a la barra alemana la sacaron con escolta policial para prevenir cualquier acto de violencia contra ellos. Actos que no se limitan a los estadios ni a este juego, aquí en Viçosa, ciudad universitaria, algunos amigos colombianos, por apoyar a su equipo, fueron agredidos antes y después del juego Brasil x Colombia. Incluso, una señora brasileña alertó a uno de ellos para que no usara la camisa de Colombia en estos días, por su propia seguridad. Sí, Brasil es el país del futbol, con esto constaté que este deporte es tomado demasiado en serio por aquí, lo que irónicamente, lo hace perder el espíritu deportivo.

Pero después de todas las diferentes reacciones ante la humillante derrota, por lo menos en Viçosa, la fiesta continuó hasta las cinco de la mañana. De esta vez no hubo samba en la calle, pero igual la gente decidió mejor ser alegre que ser triste, a como es característico de los brasileños. La autora es nicaragüense, graduada en Comunicación y Arte por la Universidad Federal de Viçosa, Minas Gerais, Brasil.

COMENTARIOS

  1. Roger
    Hace 7 años

    Diana você é uma garota muito bonita!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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