La “voz” de los sordos

De Rosa Rodríguez no se oye ni un “mu”, pero es la que aparece en un recuadro en la pantalla de televisión durante los principales noticieros del Canal 6.

“Intérprete” es la palabra que dice con señas Ortiz. Cada vez hay más personas que aprenden señas, pero para interpretarlo se requiere al menos seis años de estudio. LA PRENSA/ A. MORALES

Amalia Morales

De Rosa Rodríguez no se oye ni un “mu”, pero es la que aparece en un recuadro en la pantalla de televisión durante los principales noticieros del Canal 6.

Sus manos vuelan haciendo señas en la medida en que se oyen las palabras. El trabajo de Rodríguez es ese: traducir, lo que oye, en lenguaje de señas para enterar a la comunidad sorda de lo que pasa en el país.

Muchas veces Rodríguez no ha terminado de llegar a la casa de la Asociación Nacional de Sordos de Nicaragua (Asnic), donde cumple con otras tareas, cuando le llueven chats de muchos sordos al celular, que le comentan el contenido de las noticias, o simplemente le dicen que se miraba muy bonita en la tele.

Rodríguez es una de las intérpretes asociadas que trabajan a la par de las necesidades de los sordos. Por eso, desde algún tiempo, se les ve interpretando maratónicas sesiones en la Asamblea Nacional, en actos del Gobierno —por ejemplo el pasado 19 de julio cuatro de ellas se turnaron para traducir la celebración en la plaza—, en telenoticieros, en juicios, en iglesias, o en aulas de clases de colegios y universidades a la par del docente traduciendo las clases para los alumnos que no oyen ni hablan.

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Algunos oyentes se han acercado al lenguaje de señas porque tienen algún pariente sordo. La hermana mayor de Rosa Rodríguez, intérprete de señas, es sorda y en su casa se comunicaban por señas caseras. Sin embargo, era poco lo que se podían decir. Faltaba vocabulario de señas. Sus papás, al principio, tenían esperanzas de sacar a la hija sorda del país y operarla para que recuperara el habla.

Tiempo después la llevaron a la Asociación Nacional de Sordos de Nicaragua (Asnic), y allí no solo ella aprendió el idioma de señas, sino también su familia, entre ellos Rosa, quien ahora interpreta este idioma en diferentes espacios.

“Las primeras intérpretes son familiares de sordos”, dice María López, hermana de Javier López. Ella es presidenta de la Asociación Nicaragüense de Intérpretes y él de Asnic. López dice que ella creía que hablaba con su hermano porque él leía sus labios, pero cuando aprendió el lenguaje de señas y tuvo por primera vez una extensa conversación con su hermano sordo, supo que durante muchos años él apenas entendía lo que ella le decía, aunque siempre le decía sí con la cabeza. “Cuando un sordo te dice sí sí sí, es porque no te ha entendido”, dice López.

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EN LA UNIVERSIDAD

Todos los sábados, Rodríguez se encuentra con un sordo, estudiante de tercer año de Informática en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) para traducirle las clases. De cierta forma está cursando otra carrera además de la psicología que estudia los domingos.

Muchos sordos acuden a los intérpretes para una cita médica o para una reunión laboral en la que necesitan entender y explicarle algo al empleador, según explica Perla García, una de las intérpretes fundadoras de la Asociación, quien incursionó en el mundo de las señas por amistad con varios sordos.

Acostumbraba acompañar a varios de ellos a sus eventos deportivos en el Parque Luis Alfonso, y allí “volaba mano” con ellos todo el rato. “Me fascinaba, me gustaba estar volando mano”, dice García, quien más tarde aprendió en serio el lenguaje de señas y comenzó a dedicarse profesionalmente a la interpretación.

“El lenguaje de señas tiene gramática, estructura, conjugación de verbos”, advierte Perla, y su colega Amy Ortiz resalta que tiene su ética.

Una regla básica del intérprete es que no debe hablar si el sordo no lo hace con señas. Si el traductor habla con los oyentes delante del sordo, este puede interpretar que está faltando a la confidencialidad y a la confianza, explican las intérpretes.

Algunos las critican de sobreproteger o de practicar un “maternalismo” con los sordos, pero Perla dice que no es así, que ellos están ocupando cada vez más espacios, y aunque en algunos casos se pueden dar a entender escribiendo en palabras, nunca es igual que hablar con señas. El vocabulario “viso-gestual-espacial” que han desarrollado es mucho más rico para ellos, según explican las intérpretes que a veces hablan más en señas que oralmente.

Algunas de las traductoras tienen salarios de maestras, pero otras sobreviven gracias al apoyo que les brinda la organización de sordos. En la mayoría de las instituciones no les pagan por el trabajo que desempeñan.

MÁS POR SEÑAS

Algunas han interiorizado tanto el lenguaje de señas, que en situaciones difíciles antes que las palabras les brotan las señas. Ortiz recuerda, por ejemplo, que durante el parto de su segunda hija se vio bastante mal, y que el médico le preguntaba cómo se sentía y ella le respondía con señas que mal, sin articular palabra.

Ortiz cuenta la anécdota entre risas y recuerda que también en este mundo de señas, a veces se dicen mal las señas. Recuerda que una vez ella les estaba explicando sobre las carreras en las que participan los sordos, y en lugar de juntar y mover las manos en el mismo sentido, las colocó en sentido contrario y dijo otra cosa: que los sordos iban a la guerra.

“Uno se equivoca a veces”, dice Ortiz, quien se acercó a este mundo hace unos veinte años cuando era docente del colegio especial Melania Morales. De esa experiencia, recuerda que “usábamos el método oral”, se pretendía que los niños sordos aprendieran a hablar… No había un aprendizaje efectivo”, recuerda.

Una de las tareas más duras para algunas intérpretes es acompañar a los muchachos a juicios cuando tienen que testimoniar alguna tragedia. “Tenés que tener fortaleza para no quebrarte”, dice García, quien aclara que el único que puede enseñar el lenguaje de señas es el sordo, ellas solo están para conectarlos con los oyentes, y al revés, para que los oyentes entiendan mejor el mundo “directo” y sincero de los sordos, que según las intérpretes no se andan con medias tintas.

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