María Irlanda Tapia Meneses
Don Simeón era un hombre de mediana estatura, moreno, de complexión fuerte y charlatán que pretendía llegar a ser alguien importante en el mundo de los negocios. Una mañana, como era su costumbre, se levantó directo al baño. Luego se dispuso a desayunar. La nueva empleada era una señora humilde y de poca experiencia en el trabajo de la servidumbre. Nerviosa por ser su primer día de trabajo, le preparó gallo pinto, hirvió leche y puso en un plato todo lo que encontró en el refrigerador: queso, crema, mantequilla y quesillo.
—Solo le hizo falta que me amarrara la vaca a la pata de la mesa —dijo don Simeón al ver toda aquella comida. Y dejó caer el plato sobre la mesa.
Luego salió y se montó en su camioneta, pero como iba enojado por no haber desayunado, arrancó a gran velocidad. En el camino se le cruzó un perro flaco y le pasó encima.
—Ya me ensució las llantas —dijo don Simeón.
Cuando salió a la carretera un viejo amigo le pidió que lo llevara.
—Te llevo, pero te advierto que hoy es un mal día para mí porque no desayuné —le contó a su amigo y agregó— la empleada quiso matarme de colesterol.
No pudo continuar la conversación porque una vaca se le atravesó. Quiso esquivarla, pero fue imposible, don Simeón murió en el choque.
Al llegar la noticia a su casa la empleada soltó el llanto.
—Esa era la vaca que don Simeón dijo que le amarrara a la pata de la mesa —exclamó.
Ver en la versión impresa las páginas: 7 B
