Gloria Picón Duarte
III Y ÚLTIMA ENTREGA
Hoy rezan los nueve días de Carlos García, exmiembro de la Resistencia Nicaragüense, quien fue asesinado el pasado 26 de julio a unos quinientos metros de su casa, cuando iban a ser las 12:00 del mediodía. María Eugenia Pineda, viuda de García, tiene pocas esperanzas de que se haga justicia, pues la Policía Nacional no ha dicho nada, pero lo que más teme es que los asesinos de su esposo le hagan daño a sus hijos, cuatro niñas y un joven de 20 años.
“Me quiero ir de la casa para capear a los hijos, no es justo que maten a uno de mis hijos”, lamenta Pineda junto a un pequeño altar en la sala de su casa, donde se estaba rezando el novenario.
Lo que más rabia le da a Pineda es que el día en que asesinaron a su esposo, justo cuando lo llevaban para el hospital, encontraron una patrulla con miembros de la Policía a quienes les informaron lo que acababa de suceder y un trabajador de García los iba a acompañar para mostrarles el lugar, pero al llegar a un pequeño río, un kilómetro antes de llegar hasta el sitio, dijeron que no era de su “conveniencia, porque ellos eran de Ayapal y ahí le convenía a Jinotega”.
“Como que era un animal el que había muerto, no vinieron a investigar. Si en ese momento hubieran seguido hubieran rodeado el lugar, los hubieran capturado, como si era en otro país que estaban, si hubieran venido a lo mejor hubieran agarrado a esos perros”, cuenta la viuda, quien luego dice que la Policía llegó hasta por la tarde y luego al siguiente día, pero no ha dado resultados, si es que están investigando.
García vivía en la comarca El Sarayal, a más de cincuenta kilómetros de Jinotega, militaba en el Partido Liberal Independiente (PLI) y su asesinato es calificado por los miembros del PLI y de la Resistencia Nicaragüense como parte de la persecución que están haciendo a los opositores, principalmente después de la masacre del 19 de julio que dejó cinco muertos y 22 heridos.
García se dedicaba al cuido de una pequeña finca en la que cultivaba café. En los últimos días estuvo trabajando en la construcción de una casa para su madre, doña Lidia García.
El día del asesinato, Paulino (no supieron decir el apellido), el marido de una de una prima de García, estaba aserrando un árbol que serviría en la construcción de la casa, cuando García no escuchó el ruido de la motosierra fue a ver qué pasaba y se encontró con una bala que le perforó el corazón.
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La niña mayor, quien tiene 15 años, vive aterrorizada, pues ella escuchó el disparo que le quitó la vida a su padre, puesto que el asesinato fue a unos 500 o 600 metros de su casa.
La familia asegura que sienten como si los están persiguiendo, ya que por las noches los perros ladran y se escucha como si alguien anda en el cafetal que está prácticamente en el patio de la casa.
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Su hijo, Ricardo García Pineda, escuchó el disparo y fue quien lo encontró, vio que aún respiraba y corrió a buscar el vehículo para llevarlo al hospital. No pudo decirle ni una palabra y tampoco alcanzó a ver a alguien en el lugar.
El único testigo del asesinato es Paulino, a él lo amarraron a un árbol dos hombres con los rostros descubiertos. Los familiares cuentan que uno se quedó cuidándolo y el otro se ubicó en una pequeña pendiente a unos 25 metros del camino donde tenía que pasar García y una vez que le disparó, le dijo al otro hombre que se fueran, que lo “había pegado bien”.
“Si fuera delincuente y asesino y lo matan, pues uno dice por algo fue, pero eso es lo que no me pasa, la gente de la comunidad sabe que era una persona que vivía trabajando”, reclama Pineda.
Intimidan a familiares
La viuda asegura que después del asesinato, por las noches pareciera como que anda gente rondando la casa, “los perros ladran y se escuchan pasos en el cafetal”.
La noche en que García fue sepultado la puerta de la capilla donde realizaron un oficio religioso fue violentada y lanzaron los instrumentos musicales, pero sin robar nada. “Andan molestando, será presión o no sé, yo solo pido que no sigan molestando, no tienen nada que ver con nosotros y menos con el difunto, que ya se lo echaron”, dice Pineda.
Lidia García, madre del asesinado, cuenta que escuchó el disparo, porque fue a unos doscientos metros de su casa, salió a ver, pero no vio nada y tampoco vio a su hijo, quien ya estaba tendido en el suelo. Asegura que “los enemigos que su hijo tenía son los mismos por política”.
El hijo de García también teme por su vida, “como está la situación ahorita es peligroso lo lleguen a matar a uno y sin saber por qué”, expresa el joven que está por graduarse de ingeniero agrónomo.
El joven no tiene confianza en que se haga justicia con el asesinato de su padre, desconsolado dice que al parecer “eso se quedó ahí, en un rincón”.
Sabía que lo seguían
La viuda de García argumenta que ella no sale de la casa porque tiene que atender a los trabajadores de la finca y cuidar a sus hijos, pero días antes del asesinato tres de sus niñas, quienes van a la escuela de la comunidad, encontraron a un desconocido en el camino y les preguntó si su papá estaba en casa y qué camino tomaba cuando salía.
García también le contó a su esposa que había recibido una llamada supuestamente de la Fiscalía de San Fernando, Nueva Segovia, diciéndole que había lesionado a alguien. “A él le sorprendió porque no había ido a ese lugar”, afirma la mujer.
“Ya lo andaban circulado a él al parecer”, dice la viuda, quien no sospecha de nadie en particular. “Como están las cosas ahorita que uno jala para un lado, otro para otro, para tiempo de votaciones le echaron unas personas para que les pegaran, pero él se escapó y la gente que lo siguió se alegró, pero no sé si es de parte de política o por envidia”, declara.
Familiares comentan que García había recibido llamadas en las que lo amenazaban y que incluso en una ocasión le dijeron que había un precio por su cabeza.
Francisco Altamirano es el esposo de una tía de García. Cuenta que 15 días antes del asesinato quemaron una leña como a las 10:00 de la noche. “Suponemos que era una trampa, la gente dice que ahí andaban unos cuatro o cinco armados ahí cerca”.
Sin embargo, tanto Altamirano como Pineda dicen que no han sabido de bandas armadas en el lugar y que lo único que saben es por los medios de comunicación.
Según Altamirano, García había dicho que parecía que lo andaban persiguiendo y dijo que le iba “hacer la casa a mi mamá y me voy, porque sino me van a desaparecer”. Aunque no dijo quién lo perseguía exactamente manifestó que “en el Frente Sandinista hay gente que trabaja secretamente y me mandan a matonear”.
Policía no dice nada
Al testigo (Paulino) la Policía lo citó al día siguiente del asesinato, pero luego le dijeron que regresara el sábado 2 de agosto para mostrarle un álbum para ver si reconocía a alguien; sin embargo cuando llegó le dijeron que no tenían el álbum con las fotos.
LA PRENSA fue a la estación policial de Jinotega, el pasado 30 de julio para preguntar sobre los avances de la investigación, pero dijeron que la comisionada que da información estaba en una reunión y fue imposible localizarla al número que en la misma estación nos facilitaron.
Mientras tanto, el comisionado Bernardo Solís, jefe de Auxilio Judicial en Jinotega, al ser consultado vía telefónica dijo que estaba fuera y no podía dar información.
Para Germán Zeledón, miembro de la Resistencia Nicaragüense en Jinotega, no hay mucho interés en Auxilio Judicial por esclarecer el caso. La viuda, junto con sus hijos, clama justicia, aunque asegura estar clara que el Gobierno actual “no es parejo con todo mundo”.

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