El viento a favor que tanto favoreció a América Latina en los últimos diez años se ha transformado en turbulencias que comprometen la economía de la región. La Comisión Económica para América Latina (Cepal) acaba de corregir, por segunda vez, los pronósticos de crecimiento en AL para este año, el que a fines del 2013 previó en un 4.5 por ciento, luego rebajó al 2.7 por ciento y ahora reubica en un 2.2 por ciento.
El motivo, el más visible, es la baja de los precios de las materias primas. Caen los precios de los “comodities” y se acaba el milagro que llevó a que muchos presidentes, ministros de hacienda y “líderes” se sintieran catedráticos en economía, sin mucho más credenciales que su “gran suerte” para estar en el momento oportuno.
En esto no hay magia. Por ejemplo, en el caso de algunos productos como hidrocarburos y carbón, que no han caído tanto, el efecto (caso Colombia y Bolivia —Venezuela es caso aparte—) es menor. Y como consecuencia de la baja de precios se desacelera el consumo y merma la inversión, como señala la Cepal.
Pero incluso este último pronóstico de la comisión, en el que inciden mucho los retrocesos de tres grandes como Argentina, Brasil y Venezuela, puede ser aún demasiado optimista. En el caso argentino, con un ritmo inflacionario del 32.2 por ciento en este año y previsiones de crecimiento que van de un magro 0.2 por ciento a una caída del 0.7 por ciento, los análisis fueron realizados antes del “cese de pago” o default selectivo, que sin duda suma nuevos efectos negativos. Con Brasil pasa parecido: los números se escapan. La inflación prevista del 4.8 por ciento puede llegar, sino superar, el tope admisible según el Banco Central del 6.5 por ciento y el crecimiento que el Gobierno fijaba en un 2.6 por ciento y que luego bajó al 1.8 por ciento, la Cepal lo estima en el 1.4 por ciento y hay agencias que creen que será menor (1.2 por ciento). Añádase a esto el polémico informe del Banco de Santander —siempre tan prudente con los gobiernos de turno— que ve que una reelección de Dilma Rousseff (la que es casi segura) podría incidir negativamente en la marcha económica. Y de Venezuela ni qué hablar: la inflación para este año se calcula en el orden del 63 al 65 por ciento; las previsiones para el PBI se sitúan entre el -0.5 (Cepal) al -1.8 por ciento (Focus Economics), mientras los datos que se conocen dicen que en el primer cuatrimestre el PBI bajó el 4.5 por ciento, las exportaciones petroleras marcan un veinte por ciento menos que el 2013 y la producción automotriz cayó el 86 por ciento, en tanto que el bolívar se ha devaluado respecto al dólar en un 229.8 por ciento en diecinueve meses.
Y no solo es eso: hay otros elementos para estimaciones más pesimistas. Más allá de ciertas dudas sobre seguridad jurídica respecto a Argentina y Venezuela, los gastos electorales que distorsionan presupuestos y equilibrios fiscales y económicos (Brasil tiene elecciones en octubre y Argentina el próximo año) y los costos, que ahora habrá que comenzar a enfrentar, que generó el jolgorio demagógico y populista viabilizado por la plata dulce y los precios altos, también incidirán fuertemente en la situación económica y social. El “reparto” a través de bonos y ayudas sociales a las clases necesitadas — que además de mejorar transitoriamente las cifras sobre pobreza asegura una buena base electoral— más la creación de decenas de miles de cargos públicos (que mejora las cifras de empleo), tienen un costo cada vez más alto y más difícil de pagar. Sobre todo si se acaba el viento a favor de los precios altos. Son situaciones latentes que están ahí cuyo precio, para que no desborden socialmente, puede ser muy caro: ya sea en popularidad y paz social (si se pretenden reducir) o en castigo para los sectores económicos efectivamente activos y productivos. Y eso sí que afecta y frena el consumo interno y alerta y asusta a los inversores. El autor es periodista uruguayo, fue presidente de la Sociedad Interamericana.
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