Hoy estamos mejor que ayer. Hemos logrado reducir las distancias entre la intolerancia y la convivencia pero falta mucho que recorrer y de nuestra voluntad depende conducir a este país para que efectivamente sea de todos. Necesitamos entonces que “masacremos el odio”.
Los nicaragüenses de todos lados, con la historia en la mano, no tenemos autoridad moral para lanzar una sola piedra sobre otro connacional, porque todos tenemos un alto grado de responsabilidad en la nación que hoy tenemos y en la que cada quien da una receta distinta para sacarla de donde está.
Los medios de comunicación, cargados de tremendismos y dependiendo de su procedencia ideológica y política, empinan a sus mejores alfiles para escuchar o leer de ellos el verbo de la exclusión o la descalificación solo porque no somos capaces de encontrarnos las virtudes que tenemos.
Hemos dejado que fluya en nuestro pensamiento la premisa de la confrontación, porque la megalomanía nos ha invadido con sus delirios de grandeza, de poder, omnipotencia, narcisismo, obsesión, complejo de superioridad y otras marcas que están en todas partes y en todos nosotros, porque nos creemos más superiores que el otro, porque pensamos que reconocer valores en el contrario es una muestra de debilidad y complacencia, de cobardía o de acomodamiento.
Si viene del Gobierno la idea de hacer algo, no importa lo bueno que sea, hay que denigrarlo, lullir el tema hasta aburrir porque el opositor se quedó sin una propuesta alternativa y como algunas personas se lanzan a la calle, inspiradas en la descalificación o por posiciones políticas, entonces vienen unos motorizados y se lanzan a imponer con la brutalidad del batazo lo que no pueden defender con argumentos o con civismos.
Nicaragua no puede seguir así y debemos hacer una conversión de valores. Si queremos guerra hagámosla contra la pobreza, si queremos venganza lancémonos contra la ignorancia; si queremos paz masacremos el odio; si queremos libertad rompamos con la esclavitud que llevamos por dentro; si queremos democracia construyamos una nación con Dios en nuestros corazones.
Clave para el éxito es saber doblar una página y dejar atrás el pasado. No podemos caminar hacia el futuro cargando circunstancias que no dejaron nada bueno, que no fueron edificantes más allá de las lecciones que debimos aprender de esos fracasos que no queremos dejar ir.
Extraemos de nuestra historia, próxima a marcar en el 2021, el bicentenario de su independencia, las inagotables guerras sangrientas que hemos vivido pero no hemos sido capaces de hacer el menor intento por detenerlas, porque vivimos en permanente refriega como si el dime que te diré fuese un deporte y así cada quien en sus roles de “libertadores” nos niegan a la mayoría el derecho de vivir en paz, de aspirar a la dignidad de sentirnos gentes y no patanes que pretendemos ignorar que el mundo nos sigue viendo como un paisito donde el reino es el odio.
Los problemas no están en el Gobierno, no en nuestra calamitosa “oposición”. Nuestros problemas están en el espejo. Si cada uno de nosotros nos ponemos frente a él encontraremos la causa del mal causado, encontraremos al culpable. Hoy podemos elegir entre cambiar o seguir en lo mismo. Hoy con nuestra decisión podemos hacer de esta nación una patria para todos o un paisito para nadie. Yo tomé la mía y tengo fe que como está profetizado Nicaragua será luz a las naciones.
No tengamos miedo a cambiar. Rompamos las cadenas que esclavizan. Demos valor a lo que realmente lo tiene. Liberémonos del egoísmo y construyamos esta Nicaragua para los que vienen y para que sean ellos quienes la prestigien, pues hasta ahora fracasamos en el intento. El autor es periodista liberal.
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