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José A. Peraza C.

Don Emilio y los valores nicaragüenses

La tesis central de don Emilio Álvarez sobre el atraso de Nicaragua es simple: los nicaragüenses poseemos valores atrasados para casi todas las áreas de la vida, especialmente para la política. Según él, cuatro son los valores fundamentales de la cultura nicaragüense: heteronomía (el destino del hombre fuera de él), desconfianza, exclusión, y sentido mágico de la vida. Para él estos valores culturales son negativos y de allí derivan todas las desgracias de Nicaragua.

En su libro sobre cultura política describe cómo estos antivalores se han manifestado en la historia política del país. De ellos derivan los antivalores específicamente políticos: personalismo, familismo, patrimonialismo (corrupción), cortoplacismo, trascendentalismo, y finalmente violencia política.

Max Weber fue el primer investigador que expuso la disyuntiva entre ciencia (problema, método y círculo de conocedores) y valores (decisiones humanas). Para él, la ciencia no puede decir nada sobre la superioridad o inferioridad de sostener un valor u otro. Lo que sí puede determinar la ciencia son las consecuencias prácticas, de sostener este o aquel valor. No hay duda, que si aplicamos este razonamiento de don Emilio, él no se cuestionó cuál valor era mejor o peor. Él decidió que los valores sostenidos por la sociedad nicaragüense son atrasados y han acarreado consecuencias prácticas que se plasman en nuestra historia. Por tanto, para cambiar Nicaragua tiene que haber una mutación cultural y no puede ser de otra forma.

Él evita la discusión ontológica y metodológica de qué es primero, la cultura o el desarrollo. Para él esa discusión es irrelevante, y tajantemente dice: “Ya no es acertado decir que la cultura es un subproducto del desarrollo de un país, sino al revés, que es la cultura la que condiciona el desenvolvimiento socioeconómico de aquella nación y, por ende, la calidad de su régimen político”.

Don Emilio recurre a una hipótesis descriptiva y superficial para sostener que los valores atrasados son los que condicionan el desarrollo económico, social, pero fundamentalmente político de Nicaragua. A mí no me cabe la menor duda que las descripciones hechas por don Emilio están presentes en toda la historia de Nicaragua. Pero ¿cuál fue su método para comprobar sus afirmaciones? En un primer momento, describir cómo sus conceptos explicativos (antivalores) se manifiestan en nuestra historia. Posteriormente, interpretar este desarrollo histórico a la luz de los antivalores definidos.

Este es un gran logro porque se atrevió a mostrarnos cuáles son los errores más visibles y recurrentes de nuestra atribulada historia. Sin embargo, estas descripciones no son explicativas. No van a las causas de por qué somos así. No me explican por qué somos cortoplacistas, por qué somos desconfiados o por qué tenemos un sentido mágico de la vida.

Necesitamos datos más sofisticados y más concretos para responder a las interrogantes que nos abrió don Emilio. Se tienen que hacer comprobaciones empíricas de todas esas manifestaciones culturales, que él con gran sensibilidad intuitiva percibió en nuestra historia. Cuáles son las herramientas que normalmente utilizan los politólogos para profundizar en esas verdades tentativas: encuestas y datos estadísticos. Datos más concretos para penetrar en ese marasmo de falta de autoestima, resentimiento, deseos de venganza, clasismo y racismo que derivan en exclusión. Situaciones que no nos permiten superar las fracturas de nuestra historia y encontrarnos a nosotros mismos.

El trabajo pionero de don Emilio mostró el camino. No obstante, hay que ver los problemas del desarrollo, del poder y de la convivencia desde otras perspectivas. Tenemos que atrevernos a repensar el país. Recoger datos objetivos que nos muestren la realidad en que vivimos: pobreza, desempleo, nivel educativo, desarrollo tecnológico, etc. Sin embargo, la solución de estos problemas no vendrá de los datos, sino de la creatividad de cómo usar e interpretar esos datos para crear nuevas realidades. Solo así se comprende y se domina un fenómeno, cuando lo imaginamos desde formas y perspectivas diferentes.

Decía Pablo Antonio Cuadra que el nica ante tanta destrucción crea con la palabra. No obstante, yo siempre me he preguntado si la poesía es un lastre para el desarrollo. De lo que sí estoy seguro es que si los nicaragüenses pudiésemos trasladar un pequeño porcentaje de esa creatividad literaria a repensar el país tendríamos muchísimos éxitos. El autor es politólogo.

 

Ver en la versión impresa las páginas: 11 A

COMENTARIOS

  1. SI DE LEJOS PARECE.... DE CERCA NO QUEDAN DUDAS
    Hace 7 años

    Estás medianamente en la cierto; las inferencias del doctor Emilio Álvarez M., tocan el asunto por en la epidermis, pero, por dentro, la cosa está más descompuesta. El nicaragüense es una alforja de lastres, y de eso encontré algo más interesante, sobre la personalidad de nuestros conciudadanos, está en la Web, con el título: ANTIGUA Y NUEVA SEMBLANZA DEL NICA. Ese dedo en la llaga hasta que duele…

  2. GUICAG
    Hace 7 años

    Es insuficiente la percepción de don Emilio Álvarez Montalván para concluir que su opinión sobre el nicaragüense es acertada. Me parecen falaces las disquisiciones del Sr. Peraza (politólogo con pose de pensador). No cabe “esperar” peras del olmo. Las ciencias sociales han resultado frustrantes para educar al hombre en valores tan cambiantes. Los biocientíficos ya piensan modificar la genética humana para evitar que la religión o la filosofía fracasen otra vez con el predador human

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