Zayda quería ser enfermera

Zayda Guzmán era una amante del café percolado y los vestidos. Le gustaba el color rosado y comer ensaladas de mango celeque, sardinas enlatadas y huevos fritos con más cebolla que huevo. Era muy bajita y colochona y tuvo una vida demasiado breve. Estaba a dos meses de cumplir 18 años cuando fue asesinada por el hombre que había sido su compañero.

Zayda Jeaneth Guzmán Mátuz, 17 años (q.e.p.d.).

Por Amalia del Cid

Zayda Guzmán era una amante del café percolado y los vestidos. Le gustaba el color rosado y comer ensaladas de mango celeque, sardinas enlatadas y huevos fritos con más cebolla que huevo. Era muy bajita y colochona y tuvo una vida demasiado breve. Estaba a dos meses de cumplir 18 años cuando fue asesinada por el hombre que había sido su compañero.

Nació en el hospital de Matagalpa el 26 de marzo de 1994 a las 11:00 de la mañana y por esa hora de venir al mundo su mamá, doña Carmen Mátuz, pensó: “Ojalá que no me salga haragana”. Como si el cielo hubiera escuchado ese deseo, la niña fue siempre hacendosa. Se levantaba temprano para arreglar la casita de taquezal y a los 13 años empezó a trabajar cortando granos de café en fincas cercanas a Los Vásquez, el brumoso caserío donde habitaba la familia, 8.5 kilómetros al norte de la ciudad de Matagalpa y a unos 400 metros de la carretera que conduce a Jinotega.

Cuando andaba entre las matas de café se colocaba los audífonos de su celular y sintonizaba la Estéreo Libre, de Jinotega, o la Radio La Chúcara, de Matagalpa, para escuchar a todo volumen canciones sentimentaloides o gruperas. “Uno le hablaba y ni escuchaba”, recuerda su hermano Michael, tres años mayor que ella. Sonríe cuando habla de Zayda. Iban juntos a los cortes, cuenta, y en la finca ella llevaba su abundante cabello recogido en una moña, “vestidos cortos con licra, porque casi nunca usaba pantalones” y sus zapatos de colegiala. El año que la mataron iba a terminar la secundaria y empezaría a estudiar Enfermería.

Un mes antes del crimen obtuvo una beca en el Instituto Técnico de Administración y Economía (Intae) de Matagalpa. Quería ser enfermera porque la cautivó la delicadeza con que atendieron a su hija cuando, a los cinco meses de edad, enfermó de neumonía. Además, dice Michael, a ella siempre le gustó estudiar; por eso fue la mejor alumna de la escuelita de la comunidad y durante cuatro años seguidos estuvo en el cuadro de honor en el colegio de La Dalia, donde cursó la secundaria.

Cuando no estaba cortando café ni absorta en novelas o quehaceres domésticos, Zayda jugaba con su hija. La niña ni siquiera había empezado a hablar, pero ella ya le leía un libro de primer grado y le enseñaba cómo se hacen cuentas con las bolitas de un ábaco. “Será una niña bien educada. No malcriada. Cuando empiece a dominarse bien, la voy a mandar a la escuela”, le comentaba a Michael, cuando al caer la tarde sacaban sillas al patio para platicar.

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En febrero de 2013, Omar Antonio Aráuz Martínez, entonces de 19 años, fue sentenciado a 34 años y seis meses de prisión por los delitos de violación y femicidio en perjuicio de Zayda Jeaneth Guzmán Mátuz. Cumple la condena en el Sistema Penitenciario Regional de Waswalí y su pena expirará hasta el 4 de febrero de 2043.

La juez también ordenó que fuera valorado por un psicólogo y recibiera “seguimiento psicoterapéutico”. Además, cuando salga de la cárcel tendrá prohibido acercarse a 200 metros a la redonda de la casa o lugar donde laboren o se encuentren los padres de su víctima.

La hija de Zayda Guzmán tiene 3 años y vive con su abuela, doña Carmen Mátuz.

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La niña fue el fruto de su breve relación con un joven de Matagalpa que conoció en los cafetales. “Lo dejó porque un día la quiso golpear”, afirma Michael. Meses más tarde, ya como madre soltera, conoció en La Dalia a Omar Aráuz Martínez, un año mayor que ella. Estuvieron juntos durante ocho meses, hasta quince días antes del horrible crimen que “casi vuelve loca” a doña Carmen.

La tragedia

El sábado 26 de enero de 2013, Zayda se levantó muy temprano porque debía viajar a La Dalia para retirar la provisión que su padre le daba en cada cierre de mes. Estaba inclinada sobre la cama, cambiando de ropa a su niña cuando Michael entró al cuarto. “Esperame para que nos vayamos juntos”, le dijo, porque él también tenía que salir a la carretera para tomar el bus de Matagalpa. Pero ahí nomás cambió de opinión: “No, andate mejor. Tengo que lavar ropa y te voy a atrasar”. Eran las 8:00 de la mañana, recuerda Michael, cuando vio a su hermana por última vez.

Ese día Omar esperó a Zayda en el camino, la golpeó con un palo, la arrastró a un barranco montoso, la violó y la sepultó. Más tarde relataría ante la Policía que la muchacha todavía “estaba viva” cuando la enterró y ante los medios explicaría que la mató porque ella “andaba con otro maje”. Horas después de cometer el crimen llegó a la casa de su suegra como si nada había pasado y ahí siguió viviendo y comiendo durante ocho días más, mientras doña Carmen buscaba desesperadamente a su hija.

Zayda había decidido dejar a Omar y estaban durmiendo en cuartos separados, pero su madre supo el verdadero motivo de esta separación hasta después de la muerte de la joven. “Él era agresivo, le jalaba el pelo e intentó pegarle”, cuenta Michael.

Un mes después del crimen doña Carmen se fue a vivir a El Tuma – La Dalia y hasta allá la persiguieron los recuerdos de su hija. “Era mi mano derecha. Me dieron donde más me dolía”, dice, con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando su hija vivía, ella también cortaba café, pero ahora ya no le quedan fuerzas ni ánimo. En cada temporada trabajaba con Zayda en los terrenos de la finca Santa María. La muchacha cocinaba en la mañana para llevar la comida al cafetal y preparaba un termo con café “dulzudo, dulzudo”. Se bebía cuatro o cinco tazas por día.

Le encantaban los dulces y buscaba cajetas siempre que visitaba Matagalpa, cuenta Michael. En esas ocasiones salía de casa con chinelas para no arruinar sus sandalias de tacón en las piedras y el lodo del camino. Después se las quitaba y las dejaba escondidas en el monte. “Una vez se las robaron unos chavalos vagos”, ríe el hermano, porque todavía le divierte ese inocente secreto de Zayda.

Aún la piensa, todos los días y en las noches en que se despierta sobresaltado por la idea de que su hermana está muerta. En todos lados hay recuerdos de Zayda. Por ejemplo, el fogón donde hacía su comida, porque no le gustaba el sabor que deja la cocina de gas y la mesa donde palmeaba las tortillas, un pedazo de tabla que en el abandono ya empieza a agarrar vegetación.

En el caso de doña Carmen es como si un pedazo de ella también hubiera muerto ese 26 de enero. “No tengo ganas de estar aquí ni en ninguna parte”, confiesa. Algo se le quiebra por dentro cuando piensa en el asesino de su hija. Y con el rostro mojado por las lágrimas, solloza: “Dicen que en la cárcel hasta se ha puesto gordo, pero, ¿mi hija? Mi hija está bajo tierra”.

A la derecha, doña Carmen  Mátuz en su casa en El Tuma-  La Dalia. Arriba, Michael Guzmán frente a la casa de Los Vásquez,  donde Zayda vivió.
A la derecha, doña Carmen 
Mátuz en su casa en El Tuma- 
La Dalia. Arriba, Michael Guzmán frente a la casa de Los Vásquez,  donde Zayda vivió.